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17.4.15

Sombras y migajas:
mitos de paz y patriarcado en Colombia



Hay que admitir que, al momento de escribir estas líneas, Colombia no está preparada para la paz. Y la prueba surge con las imágenes de la masacre que tantos compartieron ayer por los medios sociales. En Colombia, se han visto sangre y vísceras todo el día, como de costumbre. Hasta un gran amigo, que jamás ha compartido esta clase de videos dignos de Estado Islámico, sucumbió a la fiebre y me confesó que verlo le había aumentado la agresividad en su día.

Sí, es indignante y no cabe duda. Son indignantes tanto la masacre y la impunidad de las FARC como la hipocresía del gobierno con su mesa de diálogos de paz en La Habana. Es indignante que se hayan cumplido recientemente 67 años desde el homicidio de Gaitán, momento desde el cual se agrava una guerra civil ya vieja y recalcitrante, post-colonial, que La Haya y los periódicos se limitan todavía a designar “conflicto armado”; un eufemismo fallido, en todo caso.

En esta parte del globo terráqueo, en que es fértil el negocio del pasquín de sucesos, nos hemos especializado en formas particularmente básicas del pensamiento binario: un ser o no ser llevado a sus últimas consecuencias, y en perfecto desconocimiento de Hamlet, por supuesto. Aquí se es o no se es mamerto, se es o no se es marica, se es o no se es farcsante [sic], se es o no se es castrochavista [sic], se es o no se es estrato seis, se es o no se es una plétora de clasificaciones en blanco y negro, heredadas de una cultura del despojo iniciada por un genocidio selectivo.

En la presente dicotomía social chibchombiana, se distinguen pocas líneas de pensamiento, de las cuales casi ninguna es original. ¿Qué va a saber decir ese pobre hombre al que le mataron al hijo más que pedir que Uribe lo acompañe al sepelio? ¿Qué van a saber hacer los medios más que difundir sangre? ¿Qué harán las redes sino compartirla? Pero pocos distinguen las aterradoras similitudes de todos los grupos armados del país (ejército, policía, guerrilla, paramilitares, narcotraficantes, delincuentes comunes…): todos son hombres armados y uniformados.

El país observa la guerra como un partido de fútbol, porque no hay que pedirle peras al olmo ni esperar mayor análisis ni perspicacia de un pueblo que compra masivamente el Q’hubo y el Al Día o idolatra a James desconociendo la existencia del Dr. Llinás. Recordemos que este es el país que vende su voto por una botella de Old Parr y olvida con facilidad que el gobierno de Uribe jamás se levantó de la mesa de negociaciones del Ralito en circunstancias muy comparables a la actual.

Ya se ven en todas partes homenajes bananeros y demagógicos a los héroes, pero nadie dice quiénes son esos muchachos verdaderamente: los que caen en las batidas ilegales del ejército, los que ejecutan a falsos positivos, los que cayeron porque de arriba vino la orden de no defenderlos para crear este escándalo… Cuando caen guerrilleros se muestran también hombres armados muertos, ensangrentados, pero entonces es el regocijo. Salen a flote los comentarios sanguinarios de vikingos en las redes sociales y en los foros, defendiendo ese vaporoso concepto que es la patria.

Y este es el punto: son lo mismo. Unos y otros, otros y unos, tanto monta, monta tanto. Y si Isabel es sanguinaria e hijueputa, Fernando es sanguinario e hijueputa. Y si Fernando hace telenovelas en Cuba, Isabel hace telenovelas en Cuba. Y si uno pone oleoductos y deteriora el medio ambiente, el otro los vuela y lo empeora. Parece mentira, pobre naturaleza, pobres indígenas: lo que es indignante es lo que les hemos hecho a ellos, y la poca dignidad que tenemos al ignorar nuestras propias raíces. No hay más que pensar que hasta hoy día, la palabra indio es insulto en Colombia… Y se nota, porque Colombia está muy contaminada.

Todos los días mueren fanáticos machistas armados e uniformados en todos los frentes de esta guerra. Unos llevan un uniforme y otros, otro. No hay más diferencia que aquella: cada uno busca ejercer la hegemonía de su patriarcado, y en derredor los animalitos se entretienen con sombras y migajas. Qué hermoso fue ver a aquellos indígenas en Caldas (si no estoy mal) sacar por los pelos a los guerrilleros con una mano y a los soldaditos con la otra. Y cuando me regocijé en la cantina en que estaba almorzando al ver la noticia (pues no tengo TV desde el siglo pasado), todos se voltearon a ojearme la pinta. Malparidos, sé que me matarían, luego ¿qué paz? ¿qué otro argumento necesito para estar en contra de esa débil idea?

Y después existe esta imagen hippie de la paz, ese discursito trillado, new-age, lo que Coelho se copió de Gibran y se comparte en meme mal ortografiado por ahí – esa izquierda escandalizable y núbil que ya es izmierda, como dicen en los infiernos de los foros. Hay una pizca de peligrosa ingenuidad en esa gente que cree que porque ellos estén en paz, los demás mágicamente alinearán sus chakras. Y con cada documental de NatGeo que veneran, la violencia de la naturaleza les resbala; en su narcisismo humano, creen que están por encima del animal, donde un aura caritativa les envuelve.

Si Colombia se atreviese a votar en blanco, otro gallo nos cantaría – pero eso también resulta tan utópico como querer que alguien se preocupe por las demás masacres que nadie comparte: las de mujeres y niños en sus cristianas familias, las de homosexuales y lesbianas, las de transexuales, en cualquier lugar de este país, las de cualquiera que demuestre ser o pensar de manera diferente o que no entre dentro de ninguno de los esquemas previamente asignados por esta estrecha sociedad. Quien difiera, quien dirima, es la víctima en Colombia. Y será víctima en nombre del Dios de los colonizadores, cabe decirlo.

1.4.15

Le boomerang de François Blais
















– J'ai dit au peuple ceci : vous avez les moyens d'agir. Prenez des mesures, des sanctions...ne serait-ce que deux ou trois fonctionnaires publics par jour qui vont beaucoup trop loin, qui exagèrent, etcétéra….
– C’est quoi les sanctions, monsieur, que vous préconisez? Carrément l’exclusion? Quand tu fais du trouble, t’es dehors. Le gouvernement c’est pas compliqué, là…
– Il y a des règlements disciplinaires, effectivement ça peut aller jusqu’à l’expulsion. Ils peuvent le faire; s’ils le faisaient pour deux ou trois personnes par jour, ça refroidirait, je pense, les ardeurs de certains. Sans mettre donc de l’huile sur le feu, ah? C’est des endroits où il y a beaucoup de personnes, dans une province il y a plusieurs millions de personnes, souvent dans les grandes provinces…
– Mais j’aime ça votre recette, monsieur. C’est comme an apple a day keeps the doctor away, là. Deux, trois fonctionnaires qui font de l’ingérence, dehors, par jour, ça envoie un bon signal.  
– Ça va faire réfléchir les autres, c’est clair.
– C’est bon…
– On fait ça avec les enfants…
(rires)
– … quand on veut corriger son comportement, on n’dit pas du jour au lendemain : va dans ta chambre, t’auras pas de souper. On commence par leur dire : écoute, il va avoir une sanction pour ce que t’as dit à ta mère, etcétéra, et on s’assure qu’on pose ce geste-là. 

30.3.15

AGMEN:
Musique pour un coup d'état














À la toute fin du siècle dernier, j’étais un jeune compositeur avide de trouver la clef pour une musique utile. Je m’intéressais de près au contexte réel de son interprétation et à ses possibilités d’influencer positivement la société et de défendre son époque dans l’histoire. Au cours des manifestations anticapitalistes que je fréquentais, je rencontrais des mondes sonores qui me paraissaient vivants; à la fois, je tentais de brouiller la ligne entre le théâtre et la réalité, inspiré par des personnages comme Orson Welles ou Jodorowsky.

Dans mes méditations artistiques, j’allais trouver le concept du Terrorisme Artistique, bien avant 2001, pour réfléchir à ses possibilités. Plus tard j’ai connu le travail du compositeur russe Georgy Dorokhov (1984-2013) et j’ai été profondément saisi par l’efficacité de son message. Stockhausen lui-même, avec la polémique collée aux fesses, avait dû se rétracter quand il avait affirmé au sujet des attentats de New York en 2001 qu’ils étaient « la plus grosse œuvre d’Art au cosmos ».

J’ai fini par comprendre une chose: les partitions de musique, ce sont des ordres très strictes et détaillées. On pouvait avoir été audacieux, comme Haydn, d’écrire une symphonie où les musiciens tiraient un par un leur révérence; après tout, ce fut pour des raisons politiques, et Haydn a eu gain de cause. J’ai donc décidé de mener cela aux conséquences de mon temps, risquant mon métier comme Haydn a risqué le sien.

Ma 1Symphonie « Résistance », op. 10 (2001-02) a commencé à être ébauchée sous les gaz lacrymogènes lancés aux Plaines d’Abraham, à Québec. C’était le Sommet des Amériques et j’étais allé manifester avec ma clarinette. J’ai voulu aussi rendre Art cette esthétique vitriolée des lacrymos et de ces nuages toxiques qui se propageaient dans l’air, de la terreur qu’on nous a fait éprouver. Ma symphonie finissait par deux coups de balle à blanc, après avoir décrit des scènes du Sommet. Elle ne fut jamais jouée. 

Ma musique est devenu violente dans son expression, dans son ton et dans son message; mais d’une violence utile et de la sublimation des violences subies. Des Cabarets Lacrymogènes du Café Ludik jusqu’au début en insulte gueulé de mon trio Sanatorium, op. 29 (2007), en passant par le collectif musical Concorde Crash que j’ai cofondé en 2001 et par les brisures de vitre et les sirènes distantes de ma 2e Symphonie « De Profundis », op. 33 (2008-09), l’expérience du Sommet a laissé des traces indélébiles dans ma production.

L’imposante Symphonie du Millénaire, conçue par Walter Boudreau en collaboration avec d’autres compositeurs québécois, à laquelle j’avais assisté en 2000, et la Symphonie des Éléments du Groupe de Sisses, dont faisait partie mon professeur Michel Gonneville, m’avaient inspiré des idées au sujet du paramètre de la spatialisation : le déplacement des musiciens sur une scène. En 2005, j’écrivais Le Parcours de Naunet, op. 21 et le faisais représenter dans une église à Montréal, expérimentant avec la spatialisation.  

Dans une manifestation au Marché Jean-Talon, j’ai dirigé un groupe de 10 musiciens pour la première de ma Musique pour une Grève Étudiante, op. 19a (2005). La manifestation protestait contre la mise sous cadenas des ordures du marché; dans ces ordures, beaucoup de nourriture est encore emballée et en bon état. Des groupes volontaires s’occupaient de la distribuer gratuitement à ceux et celles dans le besoin or, les ordures cadenassées, cela devenait impossible.

La manifestation finissait par une action au supermarché de la multinationale Loblaws, à côté du métro Parc. L’orchestre a bloqué l’entrée du supermarché en jouant ma musique tandis que – à l’intérieur – des « petits bums », comme le dit Jérôme Landry, vandalisaient les allées du commerce. Quand les policiers ont compris ce qui se passait, il était déjà trop tard et les coupables étaient partis. Il n’y a eu donc aucune arrestation ce jour-là et zéro violence policière – puis on a eu droit à un concert.

Or nulle part ai-je transgressé autant les barrières de ce qui est artistiquement admissible que dans mon projet Agmen: une œuvre gigantesque que j’ai cessé de songer à achever. Après tout, elle n’est qu’un concept. Partant dudit fait qu’une partition est un ensemble d’ordres, et parodiant la croissante excentricité des exigences compositives sur les interprètes, j’ai choisi d’écrire un coup d’état à Montréal comme une immense partition.

La partition devait correspondre à une carte de Montréal avec les annotations pertinentes. Le jour de la première – ou du coup d’état, c’est selon – il y aurait une œuvre nommée Agmen au programme de chaque concert dans chaque salle commençant à la même heure sur l’île de Montréal et ses banlieues. En tout, près de 500 concerts avec un total d’au-delà de 20 000 musiciens commenceraient donc à la fois. 

Dans chaque concert, l’œuvre aurait le même titre mais pour chaque concert, il y aurait des ensembles variés et précis, généralement de grand format – harmonies, orchestres, chœurs et grands ensembles. Le chronomètre partirait à zéro pour tous et s’ensuivait un contrepoint absolument massif et très bien minuté où les musiciens sortaient dans la rue comme des bataillons pour prendre Montréal d'assaut, combinant musique et actions concrètes et brouillant la ligne entre les deux.

L’une des maigres annotations que j’ai faites pour Agmen lit, barbouillée sur un cahier de 2005 :

« LES 16 TUBAS : sortent de derrière la ruelle et vargent sur les policiers avec leur tuba, en frappant en canon sur ce rythme… »

Suivait une cellule rythmique basée sur des rapports de la forme elle-même et sur son minutage. C’était comme une réplique miniaturisée de la forme complète. 

J'avais tout à fait conscience que c’était un travail trop grand, trop fou – je ne pourrais pas le rendre avec tout le détail qu’il méritait dans une vie seule. Dans mon plan, les instrumentistes seraient exonérés par la loi si le plan foirait parce que moi, comme compositeur, je devais assumer l’entière responsabilité. S’ensuivrait un excellent débat sur les vraies frontières de l’Art et de ses applications.

Par contre, j’ai réussi il y a 10 ans à faire jouer une œuvre collective que j’ai nommé Petit Agmen, op. 19b. Ça a été une manifestation pacifique peu couverte par les médias, mais le 30 Mars 2005, les étudiants du Conservatoire de Musique et d’Art Dramatique de Montréal, ceux de l’École Joseph-François Perreault et ceux des facultés de musique de l’UQÀM et de l’Université de Montréal se sont joints à mon initiative. Aucun policier ne nous a bloqué la route.

Je me souviens des préparatifs ahurissants dans un énorme esprit bon enfant de collaboration. La nuit dernière, neuf compositeurs concevions une musique possible chez moi. Chaque compositeur avait un fragment du trajet et la direction se faisait avec d’énormes numéros qu’on affichait en marchant, coordonnant les interventions. Il fallait faire correspondre les numéros affichés avec ceux dans les parties séparées, collées sur de grands cartons coloriés. Nous avons dessiné de grandes plages de son ce jour-là, inondant Montréal de musique contemporaine.

Aujourd’hui, dix ans plus tard, le ton des manifs n’est pas si bon enfant, le Québec et le Canada ne sont plus les mêmes endroits. C’est avec une certaine nostalgie que je relis un certain passage dans mon deuxième roman, Rhétorique de l’incandescence, un récit autobiographique de ces années de lutte que j’ai connues à Montréal. En espérant qu’une solution durable émerge du conflit présent, en 2015, je me souviens aussi des déceptions que j’ai ressenties ensuite avec cette même lutte et des dispositions que j’ai prises dans ma vie comme dans mon Art par la suite et qui sont rapportées ici-même, dans ce blog. 

Je partage donc ledit passage, sans plus:

« Pendant ledit mois de Mars, mois de la plus grosse grève étudiante de l’histoire du Québec à cette date, je m’efforçai de politiser le milieu musical de la façon la plus radicale possible. Il faut souligner que j’habitais sur la rue St-Urbain, angle Laurier – au Black Hat, ancienne demeure du peintre Marc-Aurèle Fortin, presque-commune anarchique et spontanée qui devint un théâtre des rencontres à l’avant-garde de la grève, et souvent trop en avance du corpus étudiant. À travers ces rencontres que je faisais au Conservatoire, j’invitais les gens à discuter chez nous, à réfléchir sur la pédagogie, la situation de l’art et le rôle des artistes, les dangers auxquels on faisait face dans ce monde terrifiant d’ultra-capitalisme et de sauvagerie matérialiste. Il s’est créé une sorte de noyau, une sorte de mouvement solidaire avec la grève qui gagnait en ferveur et en impétuosité. Pendant un mois ça n’a fait que croître. Le 29 Mars je suis arrivé dans une assemblée générale. Je n’étais même pas étudiant du conservatoire, mais bon nombre de gens sur les lieux étaient déjà passées par ces rencontres qui se déroulaient souvent dans le sous-sol humide et spécial du Black Hat. C’est comme s’ils attendaient de se faire piquer par une guêpe pour hurler leur douleur et leur passion. On y a voté une journée de grève : le milieu bourgeois de la musique savante venait de se réveiller à peine. Les préparations qui s’ensuivirent furent d’une incroyable coordination étant donné qu’on n’avait pas vingt-quatre heures avant le départ de la manifestation. J’imaginai la forme de la manifestation d’après mon idée de prise d’une ville par la musique (Agmen), ce qui était en soi un morceau de musique spatialisé, mais à portée illégale et même meurtrière. La manifestation fut donc un compromis de cette forme-là. La compositrice et les huit compositeurs qui écrivîmes pour l’occasion nous réunîmes chez nous pour le faire, et ce fut toute une expérience. Le 30 au matin, tandis qu’on se préparait, une cinquantaine d’élèves de Perrault s’étaient pointés à la porte du Conservatoire (à partir de l’appel d’une ex-élève à une élève, fait à minuit de chez nous) – leur entrée fut applaudie. La marche sur Montréal, du Conservatoire sur Henri-Julien jusqu’à la Place des Arts, était assortie d’un caddy de supermarché avec un amplificateur et une génératrice dessus, connectés à un ordinateur portable, et d’au-dessus de quarante instruments et d’une centaine d’autres marcheurs; l’apogée de cette journée généra une vague – mais à cause de son apparence trop « pacifique » elle passa inaperçue. Six ans avant, quand j’avais imaginé une telle manifestation dans mon un-et-demi à Saint-Léonard, j’avais déjà compris le symbole qu’est la montagne pour les Montréalais-e-s. Le 30 Mars, un immense carré rouge, symbole de grève étudiante cousu déjà à chaque vêtement, couvrait la croix du Mont-Royal. Ce fut le point culminant de la grève, mais aussi le point à partir duquel elle commencerait à se dégonfler jusqu’à s’auto-consommer absurdement.  Il commençait à être le temps de songer à radicaliser la révolte artistique et de faire tomber de l’intérieur le système d’éducation qui montrait ses failles plus que jamais. Par contre les vraies craintes de ces jeunes élites étaient uniquement d’être des élites reconnues, et elles ont refusé de continuer dans cette voie de lutte, de peur que l’adoption d’un comportement moins atténuant dans le rapport de pouvoir avec l’éducateur et la loi qui l’enchaîne, ne déclenche l’abolition de cette reconnaissance. Il était temps d’instaurer un nouveau système de valeurs. »

- Fragment de la section intitulée « La politisation du Conservatoire de Musique » dans le roman « Rhétorique de l’incandescence », signé sous le pseudonyme de Frans Ben Callado (2001-06). 

Sur l'importance de protéger Naomie



Nous vivons des temps désespérés.

Quand un policier anti-émeute juge acceptable de tirer sur une jeune manifestante inoffensive à bout portant sur le visage, c’est désespéré.

Quand un ex-commandant de la police de Montréal réagit sur Twitter que « c’est dommage que ça tire juste un coup à la fois » et « elle l’a bien mérité », c’est désespéré.

Quand, ensuite, s’ouvrent des pans de pages diffamatoires au sujet de la jeune femme sur les réseaux sociaux, incitant au meurtre, au viol, et j’en passe, ce n’est pas que désespéré: c’est une sorte de fin.

Mais Naomie Trudeau-Tremblay, 18 ans, a eu de la chance. Non seulement que le geste répréhensible de #3143 ne l’ait pas blessée davantage: ce n’est pas passé inaperçu.

Beaucoup de gens au Québec avons été victimes non pas seulement de la brutalité policière mais d’une sorte de brutalité nationale qui s’étale de Duhaime à Pegida, étiolant l’espoir.

Jusqu’ici il m’a été très difficile de mettre le doigt sur le problème sans blesser d’autres québécoisES, puisqu’il s’agit de la recrudescence isolée de traits culturels communs à tous.

Or voilà enfin que toutes les composantes du problème se manifestent à la lumière du jour pour que tous puissions voir de près les mécanismes qui les déclenchent – c’est l’opportunité cruciale pour une analyse objective de la dérive québécoise.

Si, comme toujours, le Québec fait l’autruche et prône une tolérance inconditionnelle, la fanaticaille croîtra et dégringolera. Si, par contre, une majorité opte pour l’analyse, le Québec pourra éviter succomber à d’obscurs souhaits.

La tradition comportementale québécoise est fondamentalement un produit colonial, le résultat de colonisations successives et d’un apartheid francophobe qui, parfois, subsiste toujours.

On a tenté de neutraliser le fait québécois par tous les moyens possibles depuis 1759 : ça n’a pas cessé. Mais voilà que, quand on avait enfin la mainmise sur notre autonomie sémantique, le Québec s’est suicidé volontiers à petit feu… ou à petite glace.

Car c’est devenu froid. Autant le Nord fond, on morfond. En parfait contraste avec l’amollissement des glaces, durcissent nos sens. Le Québec était chaleureux, il est rendu chiâleux. Et tandis qu’on nous hypnotise, on est en train de tout démonter derrière la scène.

Qu’un peuple avec tant de ressources puisse constamment faire preuve d’autant d’ignorance est – finalement – l’affaire la plus déplorable au Québec. Qu’on soit rendu à vendre le Nunavut en parle long sur le maigre respect que nous nous vouons à nous-mêmes.

Si la mauvaise éducation va continuer à proliférer de la sorte dans les comportements collectifs, il est fort souhaitable que des représailles intelligentes soient lancées. « Mais par qui donc et contre qui? », lanceront les démocrates…

Juste en guise d’exemple, l’Office de la Langue Française devrait prohiber l’usage de celle-ci à certains individus – cela serait bénéfique non seulement pour la langue mais pour sa sémantique.

Les gens de bien au Québec ont tendance à se taire, à prôner la paix devant toute situation. C’est – peut-être – un résidu gênant de ce temps où il fallait Speak White. Mais dans les circonstances actuelles, le silence est une conduite dangereuse.

Naomie, malgré elle, est arrivée à polariser les gens. Si bien Guy Latulippe a fini par fermer son compte Twitter et que facebook a éliminé certaines de ces pages haineuses, d’autres pages apparaissent et les malfaiteurs demeurent impunis.

Je fais appel publiquement à Anonymous pour que, tout comme ils ont héroïquement attaqué des KKK à Ferguson, ses hackers identifient les éléments qui publient ces pages condamnables sur les réseaux sociaux et leur lancent des cyber-attaques. Je suis certain que, s’ils publient les adresses physiques de ces individus, ceux-ci prendraient la fuite et se tairaient.  

J’ai passé des menaces au SPVM, au SPVQ et à Guy Latulippe personnellement. Par la présente je menace aussi Couillard et son gouvernement: si je rentre au Québec c’est pour vous en sortir de force, et pour en pendre quelques-uns d’entre vous aux lampadaires. Ne me faites pas rentrer!

Certainement, mes menaces leur semblent risibles. C’est car je suis presque seul. J’invite donc les gens de bien à passer à l’action concrète, celle de leur choix. Mais il est préférable de ne pas s’enliser dans la passivité postcoloniale en choisissant son arme.

Collectivement, ces actions déboucheraient à un résultat malléable. La sensation d’impuissance à laquelle ont mené tant d’actions de bien mortes-nées au Québec sera enfin balayée.

Dans les années 80 et 90, les skinheads foutaient le trouble dans les rues de Montréal. Mais les punks se sont battus et ils les ont chassés. Apprenons d’eux : nettoyons le Québec de ce désespoir. Qu’on n’ait plus peur de dire de gros mots.

Appuyons Naomie! Défendons Naomie! C’est nous que nous aiderons!  

29.3.15

Prontuario de derecho experimental

1. Preámbulos a la estética insurreccional





En el mundo, persiste una milenaria sensación de injusticia que provoca irremediablemente el abrupto brotar de nuestros actos. La historia, malentendido heredado y catálogo apócrifo, es un sinfín de reacciones cumulativas que, al ramificarse, va describiendo la esencia del ser humano, según quien escoja observarla. Lo que asombra siempre es el ingenio, la astuta maldad casi hecha arte que practican quienes consiguen predominar. Con este ingenio se ganan guerras, se fundan cultos y se curan males; si el ingenio percibe algo, lo acribilla de originalidad y emerge victorioso.

Entienda quien lee, que mi maldad colgó los guayos, que a mi gemelo malo le faltó oxígeno al nacer y que así he recogido añicos cardíacos en demasía. Precisamente esa uniquidad, la irresolución de mi dicotomía, me torna doblemente sensible al evento observado. Opino que el problema de la libertad es que está mal repartida y mal utilizada. Opino que el lenguaje tiene el poder que le otorgue cada quien y que, en su expresión legal, constituye la mayor herramienta práctica actual para regular la libertad.

Desde el año 1999, senté las bases de algo que llamé Terrorisme Artistique, inspirado sin duda en las acciones de los surrealistas de la época dorada, notablemente las que les infligían a los psiquiatras. Fuimos varios, teníamos veinte años y llegamos a tener algunas ideas propias. André Breton creía que la belleza debía ser violenta, explosante-fixe; creía en el potencial de belleza de la violencia. Aprendí que se pueden crear mejores cosas borrando que escribiendo y comprendí que la fuerza humana era de convertirse en todo lo que veía y el error había sido de convertir todo lo que veía. Preferí tirar la piedra y no esconder la mano. No más. 

Llevo más de diez años estudiando la historia de las micro-naciones y hasta el rey Javier Marías me denegó personalmente la nacionalidad de Redonda en 2007, no por enemistad sino más bien por querer protegerme de una situación legal complicada en la cual ya no poseería nacionalidad real, por lo que no le tengo el más mínimo rencor y solo puedo agradecerle su atenta y cabal respuesta. Probablemente también pensó que soy un demente universal. Pero hoy día me interesa mejor saber cómo puedo poner mi cuerpo upon the gears and upon the wheels, upon the levers, upon all the apparatus, como dijo Mario Savio en el 1964 en la escalinata de la universidad de Berkeley. En castellano: ¿de qué manera puedo joder al sistema?

2. El concepto de territorialidad errante



Concerniendo el derecho territorial y el concepto de propiedad física, propongo la introducción de una noción de territorio móvil, donde la soberanía no está ligada al terreno sino a individuos o pequeñas unidades sociales como una familia. Esto aliviaría la presión sobre el medio ambiente replanteándose el concepto de explotación de recursos lejos de una perspectiva de la propiedad y reduciría notablemente la tensión geopolítica, limitando las relaciones desiguales de poder. También desaparecerían los pasaportes y las fronteras, la xenofobia y quizás el racismo; y desde luego se erradicaría por completo el concepto de la emigración/inmigración.

Además, esta noción de territorialidad errante permitiría a los seres humanos encontrar un balance más apropiado entre sus deberes y sus gustos, aumentando la capacidad de una complementariedad más empática y disminuyendo el impulso de competitividad negativa por lo material. Sin duda, para la gran mayoría de los seres humanos, infectados con varios virus – ignorancia, desinformación, fanatismo y demás – es desaconsejable la concesión de semejante grado de autonomía. Sin duda, por eso no son ya libres y quizás no lo sean nunca; pero no podemos detenernos inútilmente a recoger los cadáveres: hay que seguir. 

Cara a la robotización masiva del sistema, a su serialización, a la anestesia que le impone al ciudadano mientras se destruye su futuro, su agua, su planeta, a la creciente articulación de la represión – la individualidad es la mejor arma. Dotarse de uno mismo, armarse de sí, es un paso adelante que implica un gran riesgo; usar la red para poner en jaque y exponer, usar la tierra solo para el sustento y devolver lo recogido: estas son las nuevas cruzadas. Es, pues, el individuo quien da el golpe de estado a la sociedad votante y a la catástrofe de una democracia sin educación, no para imponer su ley sino para que nadie le venga a imponer las leyes de otro.  

Me he propuesto escribir, a modo de ejemplo, una declaración tentativa de autonomía unilateral del estado del que soy ciudadano. Dada mi ignorancia en el hirsuto tema de las leyes humanas (ya que yo no las reconozco sino que soy sometido a ellas, lo cual es muy distinto), desconozco el porte legal de tal acción, aunque lo más probable es que no sea tomada en serio. Sin embargo, existe una lejana posibilidad de que, bajo alguna oscura ley que datase de los primeros años de la independencia, se me pueda encarcelar por sublevación, aunque sospecho que me relegarían más bien a revivir mis episodios de emulación surrealista, insultando psiquiatras.

De todos modos, aquí reproduzco el texto:

1. Yo, Caimán Divino, proclamo solemnemente mi secesión de la República de Colombia y de todo otro país en calidad de entidad política separada. A partir del X de X del XXXX, dicho país, que se denominará Caimania, contará con la plena autonomía política y gozará en todo aspecto del territorio designado como propio. 

2. El territorio de Caimania será conformado al interior de un radio de X metros tomando a mi persona como punto central del perímetro. Lógicamente, este territorio variará según mis desplazamientos. El estado que haya perdido su territorio a Caimania lo volverá a recuperar si me desplazo y será severamente repelido si se opone a mi presencia.

3. Caimania es un estado anarco-monárquico no hereditario, para-constitucional, laico, libertario-individualista y neo-ecologista.

4. Caimania considera que el derecho internacional ha traicionado en repetidas ocasiones los derechos, libertades y voluntades de los pueblos de la tierra, razón por la cual se niega a reconocer autoridad alguna, independientemente de su ámbito, fuera de la propia autonomía.

5. Caimania advierte, a quien pretenda relegarla al rango imaginario o poner en duda o riesgo su autonomía, que las represalias que tomará contra cualquier entidad agresora serán letales y definitivas.

Comuníquese, notifíquese y cúmplase.

¡Viva Caimania!

3. El concepto de propiedad lingüística



Uno de los temas que más se ha tratado en Dementia Universalis es el fenómeno de la usurpación: primero la de la función humana (del lenguaje y su semántica, la farándula haciéndose llamar artistas, el uso de las redes sociales) y después la substitución de todas las funciones que rodean al humano (abuso del medio ambiente, valor y aplicación de la función democrática). Quien usurpa agrede y, a menudo, no comprende por qué se le agrede en represalia. Pero la violencia también es natural y la paz, a menudo, solo representa un compromiso artificial de corto alcance. La violencia también acaba justificándose a fuerza de golpes precisamente. Ya lo decía Wordsworth en su Outrage done to Nature: 

... I grieve, when on the darker side
Of this great change I look; and there behold
Such outrage done to nature as compels
The indignant power to justify herself;
Yea, to avenge her violated rights …

Justificado está, pues, que ante la magnitud del delirio que unos pocos que pretenden imponer a los demás, se actúe.

Sería necesario silenciar a mucho político, a mucho profeta, a mucho artistoide. Sería necesario callar además a los que inundan de faltas de ortografía y de gramática los servidores del planeta, a los que creen que su expresión es útil o pertinente y van embarrando el lenguaje y su poder según se hunden en su fango. Esto sí, yo no me voy a callar, primo, porque esto es Caimania (como en 300).

Me pregunto si se podría – legalmente y por decreto – prohibir el uso de una lengua a un individuo o grupo de individuos. Esto implicaría la intervención de un organismo que sirva de custodio a esa lengua, el cual ya existe para la mayoría de las lenguas usadas en el planeta. Por otra parte, un país que tenga a esa lengua inscrita como idioma oficial en su constitución podría establecer la prohibición del uso de esta a cualquiera de sus ciudadanos.

El concepto subyacente es que un idioma, con sus implicaciones semánticas y las consecuencias culturales de éstas, si es que va a ser maltratado y malinterpretado como lo ha venido siendo, no puede ser un derecho sino un privilegio. De esta manera, se dejaría de secuestrar el lenguaje para fines nocivos o banales. Esto crearía un entorno social más aseado, menos inconsistente y más eficaz a la hora de encontrar soluciones colectivas. Una vez más, sospecho que este proyecto de ley, de presentarse, sería relegado a los anales del ridículo legal, lo cual me aleja progresivamente de mi voluntad de establecer un marco pacífico para mi disensión, ya que la asimetría entre el individuo y el poder ha suprimido toda posibilidad de diálogo. 

4. Paralegalidad e infralegalidad


Dos conceptos emergen a partir de lo expuesto: el de la paralegalidad define lo que está fuera de un cerco legal y actúa en paralelo, mientras que el de la infralegalidad describe lo que está debajo de la ley, es decir la actividad delictiva común y corriente. Por ejemplo, George Washington y sus compañeros, al fundar su nación, cometieron una acción paralegal puesto que se extirpaban a sí mismos del marco legal ya definido creando uno nuevo en paralelo, mientras que los anhelos de paralegalidad del narcotraficante Pablo Escobar nunca se materializaron, quedando en la infralegalidad.

Evitar el sistema extirpándose de él es correr el riesgo, como le pasó a Thoreau, de que el sistema imponga su visión infralegal sobre un acto esencialmente paralegal. Quien estudia leyes sabe que hay multitud de huecos que se usan cotidianamente para moldear la realidad jurídica de una nación; sería cuestión de comenzar a enfocarlos con urgencia hacia la obtención de una paralegalidad que logre ser legítima ante el sistema y que, por ende, pueda sobrevivir y dar sus frutos. De lo contrario, todo alarmismo se convertirá en realidad. 

27.3.15

L'autre joue du Québec



















(Graffiti anonyme apparu dans une rue de Montréal en février 2015)

C’était quand même pas fou d’avoir choisi l’agneau de la Saint-Jean pour représenter le Québec: c’est comme ça qu’on l’a voulu depuis 1759 – doux au toucher, docile et inoffensif. Or ça aurait pu être plus approprié de désigner comme mascotte nationale un mouton dont on mange la laine sur le dos.

Le Québec est pacifiste par bonne volonté, c’est vrai, mais l’histoire nous prouve que de là à la naïveté désastreuse, il n’y a qu’un seul pas. Qu’on ne soit pas si surpris si, aujourd’hui encore, on voit les rues déborder de nazillons armés jusqu’aux dents et flanqués de bergers prêts à sauter sur n’importe quoi qui bouge : on les a laissé devenir ce qu’ils sont puis agir en conséquence.

Ce qui est le plus absurde est que, malgré l’écrasante inégalité du rapport de forces entre les manifestants et les policiers, ces derniers ne cessent d’infliger des abus répudiables à des gens sans défense et sans mauvaise intention qui manifestent en toute légalité. Ils ne le savent que trop bien – personne ne ripostera à la hauteur.

Ce n’est pas la première fois que ça se passe : c’est une tradition qui se corse davantage depuis quelque temps. La militarisation et l’uniformisation tactique de la police mondiale a eu lieu de façon progressive; comme des homards, nous sommes déjà cuits sans le savoir.

Il faut reconnaitre ici un cycle qui recommence : les gens s’insurgeront de ces abus sur les réseaux sociaux, des citoyens respectables s’adresseront solennellement aux policiers pour leur exiger la paix, peut-être même qu’on aura droit à une nouvelle saga au style matricule 728, en guise de tête-de-turc de la saison… puis tout retournera à un calme troublant.

Rien ne se passera. Tout gain sera superficiel ou un cadeau grec. Même si le gouvernement change, l’éducation ne deviendra pas gratuite et tout le grabuge érable coutera cher aux contribuables. Des kilomètres de manifestations pacifiques chantant à l’unisson n’auront aucun effet sur le néo-liberalisme sauvage et ses politiques. C’est déjà monté, financé, marketé, paqueté, craché...

Il faut avoir la perspicacité de regarder la main apparemment inactive d’un magicien, celle sur laquelle il ne veut pas qu’on se concentre. Tout ceci est un show pour récupérer et neutraliser l’énergie jeune du Québec, ou du moins pour la fatiguer; l’éducation d’elle-même s’occupera de lobotomiser le reste des inconformistes.

Il y a des peuples qui veulent rester dans la boue, d’autres clairement pas. Souvent, je me trouve à penser que le Québec aime bien se noyer dans sa pire sloche. Tout ceci basculerait si le Québec saisissait mieux ses opportunités, et celle-ci en est une bonne pour se souvenir des deux référendums volés par le fédéral.

Pendant trop de temps, le Québec est resté un peuple scandalisable qui s’est accoutumé à résoudre ses moindres conflits en appelant la police. La chrétienté, pourtant majoritairement en extinction parmi les mœurs québécois, a laissé sa trace sur l’autre joue de beaucoup de gens.

Ceci est un peuple où, aussitôt lève-t-on le moindrement le ton de la voix, on compte déjà des apeurés. Par contre, si c’est la police qui fesse, on œuvre dans l’abnégation. Au fil des années, la police a pris ce pouvoir que la culture même, apathique, lui octroyait; aujourd’hui il est déjà trop tard.

La solution est pourtant simple. Il suffit d’observer ces documentaires sur les animaux en nature pour se convaincre enfin que la violence est parfois nécessaire, surtout quand on doit se défendre d’une menace. Indéniablement, l’apologie constante de la paix n’a fait qu’accroitre cette menace, chaque fois plus aisée dans son rôle toléré.

Si les québécois(es) ne prennent pas la responsabilité de mettre fin à ces abus, alors qui le fera? C’est pourquoi il est grand temps qu’il y ait du sang dans cette affaire, que ça escalade, que tombent des têtes. Ça ferait enfin mûrir un pays qui reste encore dans le cocon de sa province.

Dans d’autres pays, et même dans les États-Unis, un policier peut avoir peur. Il sait que le karma peut se retourner contre lui. Pas au Québec : ici, on ne tue pas de policier à bout portant. Il n’y a qu’eux pour tuer. Au Québec, la police n’a peur de rien et ça paraît.

Ici, un flic déchire un drapeau du Québec lors d’une manifestation et rien ne se passe. J’imagine mal un flic américain s’en tirer indemne après avoir déchiré son drapeau dans de pareilles circonstances. Après maintes anecdotes comme celle-là, on croit saisir que le Québec est un peuple mou.

Si demain apparaissaient des cadavres de policiers pendus aux lampadaires, cette situation commencerait à changer. Si tous les Couillard, Labeaume, Coderre et Lafrenière de ce monde, avec ces cliques d’escrocs pour qui ils travaillent tous, se faisaient disparaître, voilà enfin que nous serions plus près d’une paix.

Le pamphlet fasciste C-51 interdit d’encourager de telles actions, mais mentionne qu’il est acceptable de les glorifier dans le contexte de la liberté d’expression, paix à son âme. Pour éviter des malentendus, j’aimerais clarifier que cet article ne glorifie pas la violence contre l’état; plutôt il l’encourage.

Si d’autres ont plus de gonades que moi pour passer à l’action, j’en serai ravi et procéderai dûment à l’étape de la glorification qui – elle – demeure encore légale.

Je dépasse la liberté d’expression : je suis un daltonien légal, où plusieurs voient une loi, moi rien. Je suis désolé, mais je ne concède pas l’existence d’une quelconque autorité sur moi. Si la soi-disant autorité était réellement légitime, nul besoin de la défendre par la force.

Je ne fais que dire ce que tant pensent à voix haute, comme d’habitude. Suis-je un criminel? J’espère que pour eux, oui, car je signe. Mais j’aurai la conscience tranquille, surtout si ça passe à l’action. Ça ne ferait que me rassurer de ma sobriété.

Je n’aurai quand-même pas la désuétude de prétendre avoir raison, comme les fanas religieux, mais ça me divertit de pouvoir choquer, si prévisiblement, tant de mièvres éculés avec leurs compromis conformistes, seulement en transmettant mon point de vue. Et, si ces flics ont peur ne serait-ce qu’un peu, on pourra enfin commencer à se sentir en sécurité.

Qu’on apprenne de la peur d’Ian Lafrenière lorsqu’un graffiti est apparu dans les rues de Montréal affublant sa tête de porc du trou d’une balle qui est, malheureusement, toujours imaginaire. Il en a fait tout un tollé.

Lire dans les journaux comme il décrivait ses craintes et parlait de sa famille, en essayant de se rendre humain aux yeux d’autrui, ça a été pour moi la source d’une intense satisfaction que je désire revivre. Ce printemps, j’aurai peut-être de la chance. 

19.3.15

Servicio de atención al cliente interestelar





















– Servicio de atención al cliente: buenas tardes, ¿en qué puedo servirle?
– Buenas tardes, desearía reservar un asteroide.
– Muy bien. ¿Asteroide rocoso, carbonáceo o metálico?
– ¿Pueden combinarse?
– Por supuesto, señor.
– En ese caso, que sea un asteroide con todo.
– Muy bien, asteroide trifásico para el caballero. ¿Desea usted que se cruce con la órbita terrestre?
– ¿Con la tierra? No, no, por Dios, no… que sea muy lejano, por favor.
– Excelente decisión. Le podemos proponer un asteroide de tipo Amor IV con un perihelio de 1.2 unidades astronómicas, semieje mayor de 3,87 unidades astronómicas, en resonancia 2:1 con Júpiter, de albedo muy bajo y con una excentricidad del 0.71.
– OK, suena bastante alentador, ¿y así más o menos como de qué precios estaríamos hablando?
– Permítame consultar… un momento… a ver, tiene usted suerte, caballero, ya que le tengo una oferta exclusiva de la casa precisamente con la línea Amor IV, nada que pagar antes de 0%, financiación garantizada sin examen médico por solo 13 500 nafkas al mes...
– Hum, 13 500… está como caro, ¿no?
– Considere el caballero que este asteroide de tipo D es muy rico en carbono así como en antimonio, zinc, estaño, plata, plomo, indio, oro y cobre…
– ¿No tiene nada para un bolsillo más humilde?
– Bueno, habría que considerar acercarse a la Tierra en ese caso…
– ¿Cuánto?
– A ver, le podemos proponer un asteroide Atón…
– No, demasiado cerca. Está bien, reservaré el Amor IV.
– Muy buena decisión, señor. No se arrepentirá: el asteroide está garantizado y encontrará incluso su flor vidriada y su cordero. ¿Para qué fecha desea efectuar su reserva?
– Para el 15 Termidor entrante. Quisiera reservarlo dos semanas.
– Muy bien, permítame que compruebe la disponibilidad en nuestro sistema… señor: me temo que hasta Brumario no tengo nada…
– ¿Hasta Brumario? ¿No hay nada, eh?
– Lastimosamente, así es, caballero. Todo está reservado hasta entonces…
– Vaya…
– ¿Desearía reservar para Brumario?
– Si no hay más remedio, pero quiero ese mismo asteroide.
– Por supuesto… bueno, señor, vamos a reservar su asteroide Amor IV del 9 al 23 de Brumario, ¿desea adicionarle hielo?
– ¿Tiene costo adicional?
– Sí, señor, es de 15 nafkas por noche.
– Bien: sí, sí, perfecto, pero no le ponga mucho hielo.
– Muy bien, señor, ahora si es tan amable y me permite sus datos para ingresarlos al sistema…