BLOG PERPETRADO POR

FRANCISCO LEQUERICA

29.9.16

Vote SI, así sin tilde
















A estas alturas, resulta impensable votar por el NO en el plebiscito colombiano del próximo 2 de octubre. Tan bajo han caído los defensores del NO, tal es el prontuario de los que representan esta acción, que así el SÍ cojee en algunos puntos, siempre resultará más sensato. Y es que no hay paz perfecta. Y debe quedar claro que esta paz pactada no está motivada por principios espirituales: es una oportunidad para dejar de matarnos a largo plazo, así de sencillo. La paz espiritual es la responsabilidad de cada quien y no corresponde traer esas diferencias a la arena política, sino encontrar la paz interior individualmente para poder aportar positivamente esa paz a la sociedad civil. La lucha ha de ser por esa libertad del método en que cada quien encuentre su paz, sin imponer la suya al prójimo y encontrando el progreso en el diálogo respetuoso de todos los ladrillos que componen el edificio de la sociedad.

Uribe entregándole el país a Dios (aunque no especificó cuál de los cinco millares que tienen su culto en la tierra); el exprocurador prejuicioso, recientemente destituido, que quemaba libros cuando era gobernador, ajustándose los tirantes e iniciando su campaña presidencial; un futbolista, que cree ser el equivalente criollo del Francois Piennaar de los Springboks, criticando el acuerdo porque éste no está centrado en Jesucristo; varios grupos cristianos radicales afirmando que dejarán la Biblia y tomarán las armas de llegar a perder el NO (para abatir a quienes acusan de haber hecho lo mismo); panfletos amenazantes con pésima redacción en Barrancabermeja y el sur de Bolívar en contra de quienes voten SÍ; videos en redes sociales con amenazas a quien “desobedezca la palabra de Dios”; un pastor que no sabe contar hasta seis, confundiendo la estrella de David con un rito satánico; un polémico concejal que clama que el acuerdo transformará a Colombia en una “dictadura homosexual” y “ateo-marxista”; la lista es interminable…

Cuando se acaban los argumentos, empiezan los aspavientos. El mejor ejemplo de esta falta de raciocinio ha sido un afiche, exhibido en taxis y vehículos particulares, que reza: “Yo voto NO al plebiscito, porque me da la gana”, relegando el ejercicio democrático a una práctica egotista, es decir, una lista de derechos privados, en lugar de verlo como una oportunidad para la participación responsable (hecha de responsabilidades) del individuo en sociedad. Precisamente, por no haber sabido construir esos mecanismos, es que hemos pasado tantas guerras civiles desde la Independencia: son casi 30 conflictos de impacto nacional o regional, sólo en el siglo XIX, a los que se suman los del siglo XX del que somos hijos. Es imperativo encontrar formas de comunicación entre nosotros, y los que defienden el NO, no ofrecen solución alguna sino que se especializan en crear y denunciar problemas. ¿Para qué quedarse en el problema?

El SÍ, con su torpeza endémica del primíparo, es un precedente de solución. Haber encontrado el diálogo debería ser la verdadera bendición de un Dios, y esto ya se ha logrado, a menos que el 2 de octubre gane el cinismo recalcitrante de esa vieja Colombia que acumula conflictos mientras se desnuda ante el capital extranjero.

Efectivamente, este acuerdo sirve para vender mejor el país pero también capacita a la gente en el ejercicio democrático (por primera vez la paz se somete a plebiscito popular), por lo que el pueblo podrá defender sus derechos ante esta fuga de recursos físicos como humanos que presenciamos. A la vez, diversificándose el interés de otras sociedades en la nuestra, podremos escoger las interacciones que mejor nos convengan y más preserven y tonifiquen nuestra cultura y nuestros recursos naturales. Las irresponsables declaraciones del presidente de Eco-Petrol, implicando que las zonas del país que liberó la guerrilla podrán ser explotadas más fácilmente tras el acuerdo, son las que le pueden costar el éxito al SÍ en el plebiscito, ya que son las que desvelan las verdaderas intenciones de este acuerdo y explican su apoyo internacional. Aun así, conviene no quedarse en un pasado sangriento, ya que en este siglo las guerras serán virtuales (hasta Uribe tiene Twitter).

Por eso, en este plebiscito DEMENTIA UNIVERSALIS invita a votar SI (así sin tilde), ya no la afirmación, sino lo que la Real Academía de la Lengua Española define como:

Si (Del lat. Si)

1. conj. Denota condición o suposición en virtud de la cual un concepto depende de otro u otros.
2. conj. Denota aseveración terminante.
3. conj. U. para introducir oraciones interrogativas indirectas, a veces con matiz de duda.  
4. conj. Denota ponderación o encarecimiento.
5. conj. U. a principio de frase, da énfasis o energía a las expresiones de duda o aseveración.
6. conj. U. para introducir oraciones desiderativas.
7. conj. U. con valor distributivo cuando se emplea repetida para contraponer, con elipsis de verbo o no, una cláusula a otra.
8. conj. U. tras el adverbio como o la conjunción que, se emplea en conceptos comparativos.
9. conj. pero ( para contraponer un concepto a otro).
10. conj. desus. Era u. por la conjunción adversativa sino.

En su segunda acepción, votar por el SI significa hacerlo por el séptimo grado de la escala musical, por el modo locrio, aquel que los griegos consideraban salvaje y que los monjes evitaron por su exotismo progresista.

Votar por el SI es infinitamente creativo, es un cuestionamiento del mismo acuerdo, unas ganas de meter cuchara en ese acuerdo, de removerlo, de hacer tertulias sobre ruedas en el transporte público, de organizar cabildos, de participar en la democracia, de señalar los errores y de perdonar después, de avisar, de desear un buen día, de sujetar la puerta, de ceder el asiento, de respetar a los que votan NO, de no amenazar sus vidas ni sus pobres anos aburridos, de estar a la altura de una Colombia moderna y diferente, que rompa con ese pasado. Esta no es la paz, esta es la invitación a que todos la construyamos juntos, cada uno poniendo su granito de arena, sin pelearse. Si usted no quiere eso, usted quiere la guerra; usted es un sanguinario criticando a sanguinarios, lo cual es un sinsentido.

Votar por el NO no significa nada más. Votar por el NO es infinitamente más pobre que votar por el SI. Si (sí, ese si) piensa votar NO, por favor mejor NO vote.

27.8.16

Nodo y laberinto
















Bohemia acción tiene, que no recuesta
y deja entre otras manos la funesta
guarida de los morros con antena
(guardándola, la radio ya no suena)

pero en la coyuntura del aumento
(¿dónde vas tú, oh mísero esperpento?)
sin duda acobardado hasta las cejas
se muda de Bohemia a moraleja.

Quizás podría haberse dado antes
que, sordos a los cuentos del imperio,
no protagonizásemos desplantes

ni fuésemos a dar con improperios
(porque nos tratarían de arrogantes)
así que mira, loco, ponte serio. 

10.8.16

Inserte su prejuicio

Como colombiano o colombiana de bien, escoja cualquier palabra de entre las siguientes y rellene con ella los espacios en el texto más abajo. Cuando haya finalizado, escoja o imagine otra palabra y vuelva a empezar. Las palabras son: 

negro/ feminista/ pelirrojo/ gay/ sordo/ castrochavista/ tatuado/ trans/ atlético/ autista/ violista/ musulmán/ Rh negativo

    
Sigue el texto:

“No es que yo sea prejuicioso, pero es que no me gustaría que mis hijos se volvieran ______ al contacto con otros ______, porque en los colegios siempre hay alguno que otro en las clases. Ojo, yo no tengo nada en contra de los ______, sólo que la cultura de ellos es muy invasiva y uno no les puede decir nada porque en seguida se forma un problema. En el último colegio eso fue lo que nos pasó, y además el colegio defendió a los ______. Entonces puse a mis hijos en un colegio sin ______, para poder educarlos bajo los mismos preceptos en los que fui educado. Las cosas iban bien hasta que llegó la ministra, que además es ­­­______, imponiendo al país su nueva cartilla de convivencia escolar contra el prejuicio. No pude quedarme de brazos cruzados ante tan tremenda aberración y al protestar me reprendieron: ahí fue donde me di cuenta del gran poder del que dispone el lobby de los ______ en este país, de su peso político, del eco que tiene en los medios, infiltrados como lo están de ______. Ya no hay derecho a pensar diferente, se está discriminando mi derecho a discriminar, porque la democracia significa mi libertad de proteger a mis hijos de los ______ que los quieren adoctrinar con todo el apoyo del estado. Estamos viviendo el inicio de una dictadura de ______ en este país, sin lugar a dudas, porque castigan cualquier disensión de su norma que pretenden normal y apropiada. Por eso propongo que alcemos todos nuestras voces por el derecho de salvaguardar los valores del pasado (aunque con la tecnología de hoy), así tengamos que ir presos por ofender a los ______ al usar nuestro derecho a la libre expresión. Retomemos las riendas de este país, dejémosle claro a los ______ que su existencia ni nos place ni nos complace, que sólo existen porque los demás, los que sí somos normales, los toleramos.”

Ahora podrá construir libremente los argumentos prejuiciosos de su predilección, de acuerdo con su época. Si aún no ha comprendido lo que está pasando aquí, repita el ejercicio hasta que sienta subir en usted el sentido del ridículo como leche hirviendo. Gracias y buenas carcajadas.

23.6.16

La mala paz














Hoy es un día histórico, nada más porque lo han decretado los medios. Pareciera que los desnutridos aforismos de Paulo Coelho hubiesen inspirado a más de un colombiano en este día, ya que medios y redes sociales rebosan con verborreas de paz mientras que, visiblemente, el país está más preocupado por un partido de fútbol que por su porvenir colectivo. “La guerra no es una aventura, es una enfermedad como el tifus”, decía Saint-Exupéry, autor de El Principito. Y es menester constatar que ese virus ha dejado más estragos en los colombianos que el Zika o el Chikunguña.

El país que quiera lograr la paz debe educar en pos de la paz, aunque aquí más bien proliferan las novelas que enaltecen a los hampones y, ante cualquier inconformidad, se oye invocar en cualquier estrato a los de la moto como consabida solución de corte casi folclórico. No se puede esperar puerilmente que, tras más de seis décadas de conflicto, las causas de la guerra desaparezcan y que la población altere su forma de percibir y de relacionarse con su entorno: eso es querer contener una hemorragia abierta con esparadrapo.  

Donde impere la guerra, no puede haber paz. Y en Colombia lo que sobra es guerra, y ni siquiera hace falta salir de la vivienda para verse involucrado. Hay que entender que ninguna guerrilla tiene el monopolio de la guerra, sino que es algo inscrito en la historia cumulativa de la conducta nacional: su estrechez de razonamiento, sus prejuicios disfrazados de beatitud, su machismo institucionalizado, la exagerada magnitud de sus desigualdades sociales, la corrupción y el nepotismo, la falta de rigor profesional, y tantas otras manifestaciones de tercermundismo que enquistan nuestro desarrollo común.

La guerra sigue con cada actitud estereotipadamente colombiana que se observa en cada rincón del país: con cada TLC, con cada atraco, con cada abuso de poder, con el nuevo código de policía, con el peor sistema educativo concebible, con cada inconsciente que poluciona, con cada riña entre familias o vecinos, con cada corroncho amanecido molestando a la cuadra toda la madrugada con su repertorio desafinado y gramáticamente falaz, con cada actitud agresiva de cada mototaxista o sparring, con cada ignorante medioambiental que bota el agua sucia a la calle en lugar de usar el desagüe, con cada mediocre mediatizado masivamente, en suma con cada idiotización personal o colectiva, fuese ésta producto de iglesias, medios, gobiernos, o de cualquier otra índole circense…

Santos, el tan vilipendiado, es un perfecto oportunista: sabe que el concepto de la paz, con sus machacados eslóganes, es un negocio redondo. Ya vendió, como lo hicieron sus predecesores, el país y sus innumerables recursos a las multinacionales. Es algo común en estos tiempos – de hecho, muchos países siguen el mismo camino dictados por los gurús de la finanza internacional. Lo pueden llamar neoliberalismo, capitalismo del siglo XXI, o como gusten – sigue siendo lo que es, un feudalismo técnicamente insuperable. Ahora Santos está partiendo la torta con los demás participantes en la estafa, entre ellos todos estos antagonistas ficticios como lo son Uribe y Timochenko.

Todos los actores, las caras conocidas y mediatizadas del poder, han concluido su libreto: Uribe y Santos jamás fueron enemigos, y Maduro sólo sigue órdenes, como Trump. Ninguno de ellos tiene ideología propia; todos sus afectos, gestos, deslices y diatribas están escritos con anterioridad, por aquellos que no son conocidos ni están mediatizados. Estos últimos, que sostienen y mueven los hilos de sus títeres, están fuera del plano (americano), dictando y determinando con exactitud millones de actitudes, opiniones y conductas – sí, estamos controlados. Resultaría peligrosamente inocente pensar que la maquinaria política mundial, que supervisa estos acuerdos en La Habana, tuviera la voluntad de garantizar paz si no es para instaurar una guerra mejor, una guerra del siglo XXI.

Lo que es indiscutible es la obsolescencia del tipo de guerra que se ha manejado en este hemisferio durante siglos: ya no es necesario disparar tanto plomo para controlar el mundo. Ahora hay internet, y las multinacionales regulan a sus anchas las políticas domésticas de una mayoría de estados. Lo que nos quieren decir con tanto hashtag es que se ha acabado con ese tipo de guerra, y que se va a cambiar de táctica. Un país tan minado como Colombia sólo ahuyenta a los inversionistas, así que hubo que cambiar la película para atraerlos. Ahora Colombia podrá ser saqueada sin tanto gasto, sin tanta muerte, sin tanta traba – lo cual es mucho más atractivo para el negociante que no gusta de la sangre sino es a distancia, en la TV de plasma gigante de su salón: plasma para ver plasma.

Para acabar con la guerra, haría falta reeducar drásticamente a casi 50 millones de ciudadanos (que hace sólo un siglo eran poco más de 2 millones) para obligarlos a abandonar su praxis defectuosa en el ejercicio de lo cotidiano. Tantos esclavos voluntarios, incapaces de recibir crítica alguna sin arrojar a su vez un reflujo de hiel, vitriol y violencia, piensan sólo en sus derechos (que ni conocen) y relegan a la amnesia sus responsabilidades civiles. Es imposible que estos elementos también puedan ser partícipes y arquitectos de la paz, en manera alguna.

La paz empieza en casa, allí donde están el picó a todo timbal escupiendo basura sónica y los borrachos armados hablando banalidades acerca del fútbol extranjero, donde están los analfabetos muriéndose de hambre entre dos botellas de Old Parr, donde se es mamá a los catorce y quince años, donde están los que matan por hurtar un celular, donde cualquier amago de conciencia se ve castigado con los peores prejuicios… En esa casa, no aguanta ser homosexual, ni tener ideas políticas, ni ser crítico con la iglesia, ni ser un lector ávido, ni tan siquiera vestirse de modo diferente a los demás. Entonces ¿cuál paz?

Aquí a cualquiera le atrae la discordia porque la lleva en la sangre: la malograda historia del continente es un cuadro interminable de saqueos, genocidios, esclavitud, intolerancia y mestizaje forzoso. Cualquier excusa sirve para crear discordia en este país, desde Dios hasta un mísero balón de fútbol. Por un almuerzo, se mata. Por un pase, se pone el culo. Por un culo, se ponen yates. Y antes de matar, se reza.

El pueblo colombiano le teme profundamente a la diferencia, y cuando le asalta la duda responde con golpes porque es la única herramienta de la cual dispone. Esas sempiternas peleas en los foros de internet entre uribistas y mamertos se asemejan a discordias entre hinchas de fútbol o vulgares pandillas. Y es que ese profundo desarraigo, esa desconexión con la cultura propia, atraen al colombiano promedio hacia algún tipo de sectarismo sin el cual no cree poder enunciarse ni verse definido. Es ésta, en definitiva, la tragedia nacional, y no los años de conflicto armado, que sólo son un síntoma de la guerra que carbura en el subsuelo. Mientras no se subsane esa otra guerra, cualquier conato de paz sólo merecerá ser recibido con el cinismo y la desconfianza que nos caracteriza.

Esencialmente, lo que se hizo hoy fue abonar el terreno para que se consolide la ultraderecha, para que surja una guerra civil aún más sanguinaria y devastadora. Por primera vez, el discurso de algunos de los dinosaurios del país empieza a cobrar sentido – y esto es muy peligroso. Cabe preguntarse: ¿cuándo saldrán a la luz todos los abusos perpetrados por el orden electo, por las gloriosas fuerzas militares, por la policía nacional? ¿Cuándo se acabará de desgranar el prontuario paramilitar, cuándo se resolverán los viejos crímenes causados por La Violencia? ¿Acaso la guerrilla es la única o la peor amenaza al país? Cierto, sus crímenes son indefensibles pero ¿acaso los de los demás no son igual de graves?

Aquí no se puede pretender que haya paz sólo porque dos grupitos de malandros lo digan – entiéndase: gobierno y FARC. Aquí todo el mundo sigue en guerra, los odios y rencores están bien alimentados, más vivos que nunca – no nos queramos engañar por Facebook, que eso lo maneja la CIA que mandó a matar a Gaitán. La paz que se nos propone ahora es un clavo ardiendo, y resulta impensable votar por la guerra pero ¿a qué atenerse si se vota por la paz? ¿Acaso ese voto es por la paz, realmente? ¿Cómo podemos estar seguros cuando hasta el gobierno promete guerra urbana y alzas de impuestos si no se firma el acuerdo?

Ahora viene una guerra peor, que ni quien escribe ni nadie desea realmente: la tecnología de nuestra época justifica una represión popular mucho más coordinada y eficaz que las de antes. Definitivamente, los terrorismos romanticoides del pasado habrán quedado atrás, y darán paso muy pronto a Un Mundo Feliz, parecido al que nos dejó el visionario Aldous Huxley en 1932. La paz ya quedó registrada en la cámara de comercio; que a nadie sorprenda que ahora quieran llevar las supuestas vidas de Santos o de Timochenko a la gran pantalla. Ya decía Confucio, mucho antes de Cristo, que “si no estamos en paz con nosotros mismos, no podemos guiar a otros en la búsqueda de la paz” y creer que Colombia está en paz es hacer como los avestruces, cuando meten la cabeza en un campo minado.