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21.4.16

Embalse de tinta



Un fantasma he sido en tu cultura y en la mía por la vía pública y por la rectal y por todo lo que tú quieras. Un inalcanzable escalofrío me prometes cuando rescatas tu apolíneo culo de su eclipse tras un asiento y me muestras el portento que a sacudidas hiere. No ha pasado ni un momento y ya te siento en el desenlace, jugando a las muñecas con un catálogo de ropa entre los dientes blanquitos. Sólo te fijas en la ropa, se nota. Arañas sin saber, como los gatos malucos cuando les queda conociendo el agua. Es un enigma si tras el pecho obtuso que se bombea tan a menudo haya un alma traviesa o una travesía. Tienes la inquietud a bordo, y ella te imprime ritmos aleatorios en los zapatos, en las rodillas estratégicamente desnudas entre los rotos del pantalón. Cuando entornas los ojitos como diciendo que sólo sabes follar rápido y sin memoria, allí está inscrito tu miedo. No sé quién eres, pero me obstruye siempre el silencio de pensar ya haberte conocido. No sabes quién eres, pero cuando me escrutas de pigmeo a explorador, aborreces en secreto todo lo que podrías ser, ocultando tu labio prieto tras los dientes que muestras como un escudo de calcio. La estatua que me abalanzas encima, el calor acorazado con que irradias adolescencia, los rituales inconscientes que perpetuas al borde de una silla marcando tu glúteo lácteo, en malabarismos de colágeno, todo eso desalinea la genética espantosa con la que lidio. Me acuerdo cuando te acercaste, y tú no, probablemente. Ahora sabes, te dijeron. Se han desgarrado las telas de todos los calzoncillos de esta ciudad, nuestra ciudad, donde aúllan los animales y las piedras. Allí me esconderé, huiré, porque no creo en transfusiones. Mi tráquea de plata, henchida de salivas ajenas, intenta no añorarte porque ni te ha conocido, pero hay decisiones en que el raciocinio se aleja cuanto más se busque aplicar. Espero que mi embalse de tinta esté bien construido y no desborde, y quede como la Guajira, seco y chamuscado, estéril de todo rumbo. Sé que no valorarías un sacrificio, que no lo creerías, que sería un juguete más, que creerías tener razón en ponerle becuadro a la sensible. Seguiré siendo ese fantasma, a tumba cerrada, con el don amargo de abstraerme en alguna amistad peripatética o perniciosa mientras no me rescaten del útero, mientras nos sirva. La oscuridad se disculpará conmigo y me traerá sed y algunas nueces para los días huecos, así me sentiré más dichoso porque humano. Pero no has de preocuparte, ya que de ser así no habrás aprendido nada, y por eso llámase mayéutica.

16.4.16

Apsidal mulatto


bloodless shear
as sure as the humming north
I’d pluck you blind
when you be ripe for hissing
lest I should settle

and it will grow
my eyebrows like sparrows
shall signal the evening
when you will grow ashamed
of your outpourings

you will come to me then
and I shall sever you hollowly
the brisk sea of salt vowels
grinding through your teeth
as you mumble in black and white

and I crave to see your visage
greek-clad and impassioned
an apsidal mulatto in a daze
breaking into polyphony
against multiple skies

maybe I will wait
even and paired
for I have known of being
incomplete

14.4.16

La posmodernidad de cuajo











ermita de lo insaciable
devengo con palpable alarma
socorro en la punta de los labios
mientras ladean vidas
por el tumulto de gentíos angostos

entre cáscaras y olores cortopunzantes
por el aire de mangle y mierda
arrastro mi labia desparramada y excelsa
que se ha de nutrir de algún vino peleón
o a punta de puñal en los recuerdos

he multiplicado los mensajes a la luna
y en cada uno de ellos
he plegado un deseo oculto
con una solemnidad que merece el pasmo
de compostura ante el vómito inminente

entre guiños de animal
vamos cercenando nuestras posibilidades
siempre por algo que nos parece más tierno
menos preocupante
y menos comprometido con el universo

no quiero tener que sacrificar vacas
para paganizar la entrega de mis llaves
ni echar vino en la tierra ni rechinar rimas
para tener que lograr arrancarme
(carajo) la posmodernidad de cuajo

3.4.16

Búho síncrono


no crees que tambalee
ni que me broten pasmos
porque no ves mis noches
pegado al techo
mis noches asimétricas
y mis días que son sueños
de búho síncrono 
sueños o secretos crecientes

lunas que avanzan
mientras asimilo que es poco
lo que queda mío
porque podrás haber visto
monumentos de mi mano
pero esa también tiembla
y se interroga pálidamente
sobre los sentidos cuesta abajo

así me quedarán impactados
los matices de la luz cuando
me lo anuncies cabizbajo
un poco avergonzado así
tengas al menos la bondad
de no arañarme al asir mis horas
de no destriparme demasiado
de hacer arte con nosotros

9.3.16

Diálogos de una urraca



Es un trasiego más, dice la urraca, pertinente, mientras sacude sus falsas plumas con el endiable de un baile a la puerta de un baño.

¿Pero qué musitas, hombre, si ya ha bajado más la fe que el peso, el agua que el fuego….?

¿Fuego? frunce la urraca, con guiño de labios en gesto lento e imperceptible.

El fuego, porque el tal alto el fuego, es más como estar bajo el fuego.

El Kung Fu ego, lanza la urraca, un ego que rompe con todo… es lo nuevo, entre curitas guerrilleros y las prepago del Laguito, hay de qué armar otro realismo mágico, casi un surrealismo mágico…

Yo lo llamaría subrealismo mágico, por lo del subdesarrollo.

Sagaz, muy sutil, pero deja el desasosiego, pri. Después de todo, en corto oleremos todos a algún subproducto orgánico. Lees a Cioran, y aquí no hay eso, mira, hasta José Asunción Silva era un cobarde.

Sí, sale el pri, no hay que hacer mucho para salir en un billete colombiano: hasta el Garavito que refutó a Einstein se ganó un cupo en la billetera de medio país, porque el otro medio vive con menos que eso, y todo como para probar que el colombiano carga con esa terquedad legendaria como símbolo preciado, esa cara de cachaco azul y atravesado, en fin, se me olvidó lo que iba a decir…

Bueno, ¿y qué me dices de ese morado incestuoso, que es el más valioso? El billete de menor valor, que ya va a desaparecer de la circulación, es el que carga al mejor personaje: Gaitán.

Es como si nos quisieran adiestrar para la torpeza, para lo congénito y atrasado.

Sí, es un hecho, se lamenta la urraca mientras se queda pensativa, apoyada grandiosamente en el aire, y se queda así, así, con la mirada colgando en un andamio emocional. ¡Qué pecado, qué divino, qué regio, qué delicia, qué vaina hom’e…!

Ave María eeeee…..

Hey, ¿y eso qué, pri? exclama la urraca. Si tú no eres paisa….

Ni usted una urraca, ni usted un caballo, ni usted un martillo, ni usted Gaitán, ni usted Cioran.

Pues qué grosera tu constatación, ¿no crees?

Nah, replica el pri, simplemente no ética, adelantada a sus tiempos. Es audacia pura…

La audacia no puede ser carente de empatía, querido pri.

¿Y por qué? de indagar seriamente el pri mientras se tuerce la cachucha.

Porque ninguna regla se rompe sin que al menos otro esté de acuerdo, concluye la urraca. Y alzando el vuelo, probando al pri que se equivocaba al dudar de su naturaleza aviaria, añade, Noxpirín Junior Tabletas. Y así es que se fueron conociendo, despiadadamente.


Cierta otra tarde se me dijo, así como apareciendo mi personaje que se inmiscuye, hey, mira, ábrete de esta mondá y yo invoqué al Cardenal de Richelieu, pero no fue muy efectivo, vale mía. Me crucé por separado con uno como con otro (pero en ningún caso con Richelieu) y me imaginé un arte hecho de botoncitos y licras, para todos.

En cierto escarnio juvenil en que había irrumpido, sin la falacia de lo comúnmente roto, me acuerdo de haberme quedado sin guantes. La urraca, que estuvo por ahí esa noche, me improvisó unos guantes con sus falsas plumas. Me explicó lo de su accidente, las travesuras, el maquillaje, el porqué de tanto detenimiento en el andar, evitando lugares de mucho visaje.

Pero, ¿es un poema? me había preguntado esa vez, mientras nos escapábamos por las escaleras de servicio.

Qué va, le contesté.

Y de una surgió otro valecita: tú no eres de aquí, y tales. La de siempre, me la aplicó con to’a.

¿Ah, sí, y de dónde soy? le matoneaba con los ojos mientras mi lengua articulaba más y más fonemas: ¿Acaso tengo yo la culpa de que los catrehijueputas de mis ancestros maltrataran a los tuyos?

Llegó el camarero: pónganos pargo y guaro.  

Vale.

Vale, señor.

Así será, y se fue a buscar pargo y guaro para nosotros.

En la sobremesa, la urraca se mostró compasiva, simiente de paz. Nunca la había visto así, le acabé preguntando lo que le había ocurrido.

Nada, me contestó, odio vivir todo a encubiertas. Mi novia tiene novio y pretende que no es lesbiana, se hace la mamacita en público.

Le hice saber que habría muchas parejas potenciales capaces de salir del clóset por ella, que quizás valieran más que su pareja del momento; que ella necesitaba a alguien con más madurez, que comprendiera sus necesidades, que el mundo había cambiado bastante, la ciencia había avanzado y el fanatismo religioso, ese riesgo ancestral, había amainado.

¿De verdad crees eso? me interrogó la urraca con los ojos despepitados. Mira ISIS, mira las masacres en Europa, en África, en Asia, en América Latina, mira el cambio geopolítico en Rusia, en Estados Unidos…. ¿de verdad te parece que hemos salido de la oscura edad de las cruzadas, de la Santísima Inquisición, de la KGB y de la CIA?

Bueno, la naturaleza humana constituye un verdadero peligro para ella misma y para el mundo entero, respondí con sinceridad, pero cabizbajo, por alguna razón.

Sí, lo has dicho, los humanos son una amenaza para todo, para el equilibrio natural, pero no podrán izarse eternamente por encima de los demás parámetros, ciclos, especies, y recursos de la naturaleza. Por eso, yo celebro cada muerte humana…

Un sudor frío me traspasó los poros con inmediatez, mientras la última frase que acababa de pronunciar la urraca se repetía y ramificaba abyectamente por mis sinapsis, a ritmo vertiginoso y con consecuencias palpables en mi rostro. Tragué saliva involuntariamente, y como la urraca ya me había visto tragar saliva involuntariamente, y que intuí que ya debía de haberse dado cuenta de lo que me pasaba por la cabeza, decidí agregar la pregunta:

Pero…¿matas a humanos?

Nada, me respondió casualmente el gigantesco córvido, pero cuando los matan no puedo evitar una sensación gratificante. Y bueno, si encuentro un humano muerto le saco los ojos, añadió mientras jugaba con el gordito de su bistec, que había apartado mucho antes de acabar el plato. Mientras yo pedía la cuenta en lenguaje internacional de señas, la urraca agregó, como si no hubiera dicho nada pertubador:

¿Sabías que las urracas inventamos el chachachá?

Nada… respondí, atónito.

Claro, mira: chá, chá, chá, chá, chá…, y allí siguió graznando.