BLOG PERPETRADO POR

FRANCISCO LEQUERICA

19.6.10

CUATRO (1998)


1

Ya no fumes más, me dijo el explorador, plagado de ópio. Es que tengo la carne fría que me está estudiando la anémia, y como no me hace falta ni tensión ni parecer veo un límite estereotípico que me emociona. ¡Qué grande eres! añadió el médico, parece que tuvieses un plato de técnica a tu servicio. No hay de qué, le repuso el aviador, e immediatamente se fragmentó la explosión, que duró (intermitentemente) varios segundos desconectados. Hizo falta un hombre (y medio niño) para poder levantarme de aquel sucio tejado de lujo (que estaba anunciado como si fuese gris, pero que en realidad tenía más tendencia a un sabor parecido al del melon pasado de cuatro semanas) y bajarme al parque, donde estuvimos viendo pasar a viejos con poderosas espadas de imponente hierro. Veo que se te viene el mundo encima, me dijo una atleta horrorosa que por allí pasaba y yo la repuse que jamás me recuperé bien de aquella hemorragia interna que me había salido en una uña del pie, un día caluroso y lluvioso – con olor a sal. Y aún más, quiso besarme y yo la agarré con fuerza del cuello y besé su pesado pene hermafrodita. Después llegó la primavera, y en un abrir y cerrar de ojos, se me fue el sol y me quedé sin aire.


2

Róbatelo todo, si para que llegue a darme epilépsia es necesario que pase toda una generación (cuarta, quinta, sexta llamada al servicio de caballeros) no veo inconveniente en que me lleves a volar, le dije al aviador. Hace tiempo que no vuelo, añadí nervioso, como si fuese aquello una cumbre helada de montaña. Supe también que el aviador tenía hambre y fue por eso que quise serle fiel a sus grandiosidades. Me hacía falta tambien un pensamiento superior (¿me entendéis? de grandes alturas) y por eso subí. El aire tambien faltaba por allí, pero quiso ser tumba de mis dolores porque se interpuso una serpiente de colores que nos persiguió aproximadamente cuatro minutos después del pesado despegue. El aviador no tenía miedo, pero yo temía sus tentáculos hambrientos (porque podían haberme devorado). ¿A donde vamos, aviador? El hombre me repuso sin palabras que visitaríamos al explorador, en un murmullo (muy suyo) de exaltación. La serpiente se perdió a medio paso, vi el parque, la ventana que se abría y cuando llegamos a la nube ya pudimos caminar solos. ¿Ves? me dijo el aviador, ¡ya no nos hace falta el aeroplano! y el peso fue disminuyendo hasta hacerse insoportable. ¡Que belleza, que gritos! ¿Acaso de aquel vértigo infeliz y desapreciado iba yo a hacerle caso a mis pesadillas? Me tumbé con las rodillas al revés y el aviador bajo un brazo y le mordi la nariz al expresivo explorador. ¡Cuantas ganas tenía de verte! me espetó – algunos minutos más tarde ya me había enamorado de él.


3

Escalamos. Tengo un ciprés a mis rodillas, un fruto a la altura del menisco y un tumor de pecho. Me resulta agradable conversar con el viento, porque responde vicioso, en un trabajoso intento de aprender nuestro estúpido idioma (cuatro años antes el viento había aprendido a silbarme pero yo no le comprendía porque el médico siempre me hacía sombra). Después tuve un intento de convertirme en cómodo sillón aéreo pero fallé porque las copas de los árboles son (han sido y serán) extremadamente aparatosas. A dieciseis mil metros chocaron mis colmillos contra rocas y obtuve un dolor a cambio (aunque primero, durante algunos ssegundos, el dolor temió hacerse presente) que el explorador mitigó con pan muy seco. Le prendió fuego y me exhortó que me lo comiera ardiendo. Gritaban las llamas del dolor pero el aviador no estaba atento, y por un descuido se convirtió en su propria antítesis. ¡Cómo me duelen los pulmones! chillé desesperado mientras el explorador quemaba más alimentos. Su respuesta fue tan tranquila que por un momento creí que era el médico. Disfruta del olor del destrozo y la ceniza, cíñete fuerte al estómago. En mi desmayo inminente creo haberme preocupado por el aviador, que siguió escalando para escapar de si mismo. Histérico, se detuvo por encima de nosotros y rotó sobre un eje invisible – fue así como consiguió canalizar la segunda explosión.


4

El despertador me había alistado en la marina hacía cuatro años, pero la muerte instantánea del capitán de navío por hundimiento voluntario solo consiguió su póstuma expulsión de la milícia. Cuando recuperé el conocimiento, hacia las cuatro de la mañana, vi el mundo comenzando su loca carrera suicida y quise ser parte de aquello, pero estábamos ya por entonces muy alejados ; escalábamos en silla de ruedas. La tercera explosión detonó al aviador voilentamente, se movía en convulsiones y llantos mientras se despedazaban sus trozos astillados de madera de aviador. El explorador intentó quemarle pero fue demasiado tarde – su antítesis pudo con él y le dejaron la cara rosada y solitaria, con un sudor frío que emanaba de sus zapátos de deshollinador. La caída comenzó lentamente, y el tiempo se paraba a impulsos retóricos en los cuales nos lamía la sed. Su plegaria, la del explorador, fue la de llegar a la cima – pero éramos pocos y estábamos a punto de implotar de paciencia. El tiempo se detenía cada vez menos paulatinamente, cada vez más oscuro y pronto la realidad fueron latídos absurdos de movimiento seguidos de pausas de tensión retenida y silencios abominables y ensordecedores. A cámara lenta, paso a paso como una semilla enroscada, el explorador se dirigía hacia mi pero no podía hablarme porque el tiempo se detenía y le interrumpía. Se ahogó en rojo de gritarme en silencio y emitía rayos y avisos de peligro en esos instantes de paralización que mis rodillas no podían soportar más. Caí desmoralizado, el explorador cada vez más cerca. (La antítesis del aviador debía de haber alcanzado ya la cima). A saltos, me incendié de dolor, los bolsillos me lloraban: al fin la carne se me consiguió calentar. Comprendí momentos antes del coma que la última explosión me pertenecía. Era ya carnaza caliente y estertórea – mis venas se inflamaron como tubos de alta presión y perdí la visión a 44.4 grados de mi eje posicional. No podía entregar mis ojos – las espadas de los viejos me apuñalaban hacia afuera en estiramientos y encogimientos de multitudinarias fracciones de segundo.

El sonido de la cuarta explosión nunca llegó a mis oídos.