BLOG PERPETRADO POR

FRANCISCO LEQUERICA

13.9.10

Sexus inconnexus (El Escorial, 1998)

Se crean vacíos de futilidad en torno a ti.
El tiempo se detiene, los árboles dejan de mecerse,
los sentidos se iluminan en armonía.
Por ti, todo lo demás ha perdido la importancia.


Mercurio subiendo: rubor de cielo infantil e incandescente, estampado sobre un paisaje ya conocido, ya variante, bañado en un silencio etéreo y espumoso – éxtasis de inminencia e indiscreción. Nubes titilantes, borrachas de rojo, atraviesan lontananza sinceras y directas: no se avergüenzan ni un momento de su naturalidad, de su sincronía con el reloj inhumano – aquel que los hombres no ven ni han sabido ver. Azul, rojo a la vuelta de la esquina: el tiempo quiere morir desangrado. Es un instante mágico, preñado de variabilidad y de ingenuidad: por un momento la naturaleza se ha transformado en un genio que ni si quiera sospecha la calidad de sus actos inconscientes. Y al tejado mohoso de esta casa le van saliendo sarpullidos de luz mientras mis tobillos se atolondran, casi se duermen de la quietud del sol que se alza neutral y ecuánime, victorioso sobre los sentidos. El calor que ciega, la nube que se evapora, el pensamiento que me atraviesa. Y lentamente se amaina la brisa y se levanta el bochorno fresco y agudo, que es sobre el aire como un barniz y para los huesos como una descarga constante de corriente eléctrica. Según me caldea el ambiente busco con mi mano ancha en el bolsillo prieto e incómodo y pronto protruyen el papel y el hachís – en el papel hay escrito en lápiz borroso y nervioso un nombre, solo y sin condimentar, casi un pecado por su banalidad pero también por su hermosura y su equilibrio interno. Y me encandila, de recuerdos de tristeza y de frustración, de ataques de amor epiléptico y enfermo, socialmente inmaduro. Y lo miro con el furor de cien ríos arrastrando rocas tras kilómetros mientras que mi respiración altera la columna de humo. Hachís subiendo. Una mano oprime viciosamente mi cerebro, un puño me asfixia la garganta al tiempo que baja el nivel de humedad de manera vertiginosa. El nombre y el hachís, juntos, me hacen soñar y llorar. Es cuando encuentro la mañana nuevamente en aquel edificio, el momento en que todas las cosas parecen encontrar su lugar en mi mente: tras el cigarrillo inquieto y metódico que me he conseguido fumar entre dos masas horarias de responsabilidades. Sí, a media mañana ha traspasado el sol mis cortinas sensoriales y en un momento de lucidez intensa ha aparecido él. Ha aparecido mi futuro inmediato a largo plazo. Los mundos sin atmósfera se morirían inmediatamente, asfixiados, agazapados y hechos polvo ; las gentes olvidarían las plegarias y los rezos y se tenderían sencillamente a morir sin aire. También quise hacerlo, acostarme para presenciar el final – porque me percaté de que no merecía la pena mucho más tras ese momento de tensión inherente. Se liberaron dos mil millones de leucocitos, se desprendieron para acudir raudamente al cerebro, y allí se amontonaron hasta convertirse en una piedra de sangre que me dolía, que me hacía torcer la mirada y me amenazaba con desvanecerme.