BLOG PERPETRADO POR

FRANCISCO LEQUERICA

3.7.11

Declaración de Hispanidad


El exilado ve al país que se desangra en la distancia y sabe que no puede hacer casi nada por contener su hemorragia, sabe que aquello que vive aún en su memoria tiene los días contados, y se le hinchan las costillas de un aire turbio que no recuerda haber visto enrarecerse. No se puede declarar ileso de la magulladura, pues ya lleva adentro desgarros evidentes, cúpulas de intemperie teñidas de angustia, coplas de helio que vienen y van, al vaivén de las noticias que le llegan. El exilado se sabe caso único, perecedero, y le consta su particularidad en la verdad punzante con la que se desarrollan sus sensaciones, en el atroz maullido de sus tripas cuando – rara eventualidad – oye hablar su idioma con conocida cantilena regional; sabe que el exilio no es perfecto, que nunca lo fue la patria y que su mirada no es fija. El exilado sabe que ningún dictador ha puesto precio a su cabeza, que en casa ni le conocen y que nadie le impide volver, que en su país es un desconocido, que nadie sospecha el sudor ni la sangre que ha derramado para los siglos de su gente.

Aun así, está tan lejos de todo – piensa – y se le acaba el aire queriendo sentir las piedras de la playa de Xàbia arañarle los muslos, queriendo resucitar la apoteosis lunar de Lanzarote, o algún madroño del Retiro con leyenda del beso, vomitándolos a la realidad con los últimos voltios, antes de cerrar los ojos. Siente, sobre todo, vergüenza de que otros maldigan su país, que asesinen en él todo lo que el exiliado había amado, todo lo que aprendió a amar en la distancia. Y es que la ausencia valora, y ahora que está tan lejos de todo – piensa – ha aprendido a valorar. El exilado sabe que no puede volver, aunque ningún dictador haya puesto precio a su cabeza, aunque en casa ni le conozcan y aunque nadie le impida volver, aunque en su país sea un desconocido, aunque nadie sospeche el sudor y la sangre que ha derramado para los siglos de su gente.

El exilado sabe que no puede volver porque el país se desangra en la distancia y que no se puede hacer casi nada por contener su hemorragia. Si volviese ahora, sesgaría todas sus posibilidades de ayudar al país, siendo víctima indisociable del desastre; si no volviese ahora, sesgaría todas sus posibilidades de ayudar al país, siento víctima desastrosa de la disociación. Es por ello que, bajo su proprio juramento, el exilado se presta voluntariamente a una declaración unilateral de hispanidad, antes de que las semánticas extranjeras puedan cometer la osadía de apropiarse su palabra y, más allá de esto, de corromper su memoria, su razón o su legado. Presintiendo su desguace inminente, se sitúa a sí mismo en un cruce imaginario – hispanidad y exilio, hispanidad o exilio.

Y sabe que sus abuelos en las guerras fueron fieles a la docilidad, a la obediencia, y que otros antepasados suyos llevaban la guerrilla en el pecho, que fueron hombres de Bolívar, armados contra el imperio, y que nació él de este mismo exilio, y que sin éste no puede cobrar sentido su cruzada mágica. ¡Contra el ímpetu del destino, cuantas coartadas ha oído en su nombre, y hasta de su boca, y qué poco querer! El exilado tiene la paz oscura del vientre erróneo, allí donde se equivocó la cigüeña, y que por ir al norte no se detuvo, y siguió hasta el hielo con tétrico porte. Nacer del exilio de otros le propugna a uno al exilio – piensa – y se invoca un idioma muerto para expresar el vacío. Y con él lucha, pues le sabe a un brío perpetuo, y se hurga la guerrilla para sacar de sí la miel, para ofrecerla al país en modo de antídoto al destrozo y al olvido. Lo único que puede hacer es volver al idioma, volver a celebrarlo sin florituras, honestamente, como hablan las pestañas.

El exilado sabe que, mediante el idioma, nunca será asimilado completamente por este mundo nuevo, nunca cederá a la amnesia emocional, abrirá senderos para su retorno, mostrará sus alas y sus fervores para los que vengan después, frenará el curso maldito del ayuno. Al hacerlo, concederá el fracaso a las que fueron otrora sus nuevas identidades en el nuevo mundo, renunciará a sus batallas en suelo foráneo, se privará de querer ser otro en otro sistema. Y no es que su entusiasmo sea caduco, ni que la certidumbre del hilo que le une al país le abandone, pero el exilado sabe que sus cartas solo pueden ser barajadas un número determinado de veces, y que pronto agotará sus oportunidades. No tiene miedo del silencio, ni de aquel que le sigue donde vaya, ni de aquel que le seguirá cuando se vaya, pero aún le queda la voluntad de esculpir algún remedio, alguna alquimia preciosa, para los demás, y que en ella se vean reflejados en lo bello, y expurgados del odio y de la barbarie. Y con esa esperanza, el exilado, como un islote amargo, como un iceberg, se va derritiendo, Ícaro picaresco, según se acerca de Sol.