BLOG PERPETRADO POR

FRANCISCO LEQUERICA

24.7.11

Han Pasado

(Photo:thefreeonline.wordpress.com)

Van entrando en Sol. Han pasado. De Galicia, de León, de Asturias y Salamanca, de Valladolid, al parque del Oeste; de Zaragoza y Barcelona, por Torrejón; de Murcia, de Valencia, de Alicante, por Vallecas; por Móstoles, los extremeños…

Sudan los monos amarillos, los que llevan semanas protegiendo sus vidas por las carreteras y los caminos de España. Hace un día espléndido en Madrid. Las seis columnas pasan por la Moncloa, abuchean a los indignos, circulan por la capital, alegres de haber llegado tras un mes de marcha. Son los indignados. Algo se cuece en ellos que ningún partido político puede comprar, por más que en ello se empeñe Jiménez Losantos.

En Sol les esperan aplausos y abrazos.

Ya los medios no les cubren con tanta pasión: la indignación no es ninguna novedad. El espectáculo debe continuar, dirán los periodistas, y se abrevarán de cualquier teta espectacular, de cualquier diva muerta. La manera que han tenido los medios de presentar a los indignados ha pasado por varios colores, como una uña golpeada, y ahora se va pareciendo cada vez más a un Gran Hermano: hay que asegurarse que el mensaje no sea, una vez más, recuperado por alguno de los tentáculos del sistema. Todo esto se está convirtiendo en un juego de rol en vivo por los Campos de Castilla: espadas de gomaespuma y molinos, muchos molinos.

Entre 200 y 250 ejecuciones diarias (según Galeazzo Ciano, fascista italiano) – así fue Madrid después de que otros pasaran. Con el 75º aniversario del comienzo de la guerra civil coincidiendo con estas fechas, la nueva entrada en Madrid se presta al paralelo simbólico. Concretamente, un 23 de julio, Franco creó su gobierno en Burgos; 75 años más tarde, el pueblo crea su gobierno en Madrid. Se asemeja a una revancha tardía, pero al menos ésta no es de sangre, ésta corresponde a una nueva posibilidad – que un nuevo siglo de oro español emerja del desastre, esta vez sin las torturas, sin los dogmas, sin las cruces. Sin el odio.

Un padre y su hijo de diez años son entrevistados por la Sexta, doce kilómetros antes de entrar triunfalmente en la Puerta del Sol. El niño es el integrante más joven de la marcha. Ya veo a muchos conservadores arqueando cejas ante lo que pueden ellos considerar una catástrofe pedagógica. Pero no, no es eso. Este niño seguramente va a ser consciente de la historia, va a responsabilizarse de su historia, y no se va a convertir en ningún cani, enemigo de la verdad con superficial excusa. El padre es un buen padre, sabe que el ejemplo es lo más importante que le puede legar a su hijo en este momento, y explica así la nobleza de su presencia:

La necesidad la tenía yo por él, porque yo vengo...porque yo no tengo presente... por supuesto, voy a luchar por el futuro de mi hijo.

Lo que prima en las columnas es el buen humor, la determinación. No se hacen seiscientos kilómetros a pie en vano, se vuelve a restablecer en la balanza lo que es importante. Las banalidades que nos inundan se ponen súbitamente en perspectiva por acto de magia. Esta gente no se va a marchar a sus casas hasta que no cambie España, hasta que sus vidas no dejen de estar secuestradas por un sistema absolutamente inverosímil, y que va matando a la imaginación por ahí, y sí, dejándola en cunetas.

Los indignados representan buena parte de los españoles; pero hay que sumar, a los indignados, dos venas más en España: los indignantes (indignos u oportunistas), y los indiferentes. Unos aún están y los otros no están. Los indignados vienen ahora: nuevo tercer poder, como en la revolución francesa. Rectifican la historia con sus pies maltrechos, se acabaron los héroes y las estatuas. Vienen a intentar salvar España con el equilibrio – lo que no se ha intentado nunca. Y es que si no, esto se cae. Y otra vez habrá que cavar cunetas.

Entre ellos, aprenden. Solo un hipócrita podría menospreciar la labor de los indignados en lo que concierne su capacidad de diálogo: ¡cuántas nuevas amistades habrán nacido! En una era virtual, donde las relaciones humanas reales desaparecen, donde deliberadamente sustituimos nuestra esencia humana por valores nocivos hasta para el planeta – los indignados han escogido hablarse entre sí, hablar a los demás, salir a la calle, desconectarse del tubo para conectarse a la vida. ¿Y qué mejor arma que la palabra, en un mundo que olvida su significado?