BLOG PERPETRADO POR

FRANCISCO LEQUERICA

13.8.11

Letra para letrinas


Mi pasión no se puede encuadernar. Un arrebato astral, un talento como el mío, no se pueden desperdiciar en una vida recta, en banales pulcritudes. Cuando llego, genero miradas a lo inaudito, órbitas resquebrajadas como un cante jondo al ver al extraterrestre. Todos cotorreáis, se ve que queréis defenderos del hombre nuevo que os acosa por su sencilla presencia, porque le tenéis miedo al futuro, porque sois unos ignorantes, os conformáis con vuestros sentidos, dais pena. Ya hace bastante tiempo que lo vais siendo, remilgados y flojitos, miedosos y pálidos, ya hacen siglos, gentuza de profesorado, de élite artística, de institución de olor a pedo encerrado. Es muy fácil hacer clic y mandarme a cagar. No os imagináis mis superpoderes históricos, traidores, ni los de los otros eternos. Se os va a caer el pelo, de tanta osadía, arrogancia y mala sangre. Me acordaré, putos poetas cabrones. No os pongáis así, que a mí me vais a oír de todas maneras, por las siglas de los siglos, por las glosas y los grises, por los niños de las hojas, por las niñas de los ojos, por los ojales de las niñas, por allí por donde nace el percance. Que yo quepo y quedo, que se sepa. Yo seré el que os rompa, os lo juro. Y sin bombas ni premios Nobel. Sin muertos ni heridos. Aunque si a alguno de estos mequetrefes le pasa algo chungo, os advierto que nadie conseguirá censurar mi alegría. Cuanto más me censuren, más me entiendo, más me alimento de luz. Soy hombre nuevo y estoy en el encierro de la razón, para que no se me perjudique el canto. Llevo apuntalado el muro de las lamentaciones con la espalda de Sísifo. Y a cada uno, joven o viejo, que me haya querido arrebatar un ápice de chispa, todo el tejado histórico se le desplomará encima con suma violencia. La que se sufre ahora ni siquiera es censura política, ni religiosa – es la censura de los idiotas con un teléfono último modelo, la censura de las redes sociales, el filtro de estupidez y el volumen espeluznante de la podredumbre y de la hez en la letrina humana. Y es porque ahora – sin magia – se puede ser poeta, músico, pintor, turista, dictador, anarquista, y hasta amante fugaz. No hace falta tener arte, conocimientos generales rudimentarios, duende, criterio, ganas ni sentido del ridículo para emocionar a los tontos, para encandilar a los más bobos con proezas inútiles e incomprensibles. Tales son nuestros poetas y nuestros artistas, nuestros políticos y nuestros representantes oficiales: responden al mandato neoliberal de no tener ideología, de vaciar el corazón antes de que se rompa. Nos recuerda que Dick Cheney ni siquiera tiene un pulso. El que sea, ahora puede serlo todo, pero si se le quita la tarima de maquinitas, de ordenadores, de chips y de muletillas digitales, se viene abajo. ¿Y cómo ser alguien contra estos, sin estos, por estos? Con el empacho de imágenes y datos que el ser humano se trae de medio siglo a esta parte, y con la banalización exponencial de los mismos, es imposible abrirle camino a la obra única, eterna, aquella que respeta las balizas del tiempo y que las balizas del tiempo respetarán. Esas obras no serán juzgadas por los valores de estos tiempos, pues solo representarían para ellas hostilidad e incomprensión. Lo apócrifo, lo malo, lo peor, se vende como pan caliente, porque es mierda y el pueblo, por lo general, siempre ha gustado de ella. Se vende como pan caliente porque aún es legal tener la sensibilidad atrofiada, así como existe el derecho de parir hijos con la sensibilidad atrofiada. Casi que se leía más cuando no se sabía leer, cuando el pueblo era analfabeto. Ahora el pueblo es analfabeto porque le da la gana: ¡abajo el pueblo, y abajo la élite farsante! ¡Ni lucha de clases ni hostia, muerte a la incultura! (¿Pero por qué he de ser tan soez? No, porque me despersonalizo. Yo lo que veo son países muertos de este lado del Atlántico, así que os propongo una paga en el siglo de después.) ¡Cómo deseo el mal profundo del que me censura, el mal existencial, reflexivo, y no físico, que menos sería; pero a la vez, cómo me emociona que se tomen tantas molestias por ocultarme y rechazarme, por escupirme y alejarme de ellos! ¡Que feos son, que pusilánimes, y que mal escriben! ¡Si hasta yo, que es mi tercera lengua, escribo mejor que ellos! ¡No se merecen ni mi úlcera, insectos, por monopolizar la mediocridad! ¡Que aura de grandeza me otorgan, pedazo de pedestal con pompa, cómo me elogian hirviendo con su saliva en mi cara, pues no daré la otra mejilla, solo daré el otro puño! ¡Que estrepitoso honor, que dolor por celebrar, que me odien por molestar, por manifestar malestar ante el vergonzoso andar que les anima!

¡A LAS ÉLITES DEL QUEBEC: QUE OS HAGAN UN FRANCÉS!