BLOG PERPETRADO POR

FRANCISCO LEQUERICA

23.11.11

La pura nieve de los copones


Ayer me encontré con dos madrileños en el metro de Montreal. Me llama siempre la atención oír el acento aquí, y casi siempre intervengo brevemente para saludar. Casi siempre también, se quedan un poco de piedra porque no se esperan ver a un compatriota tan arraigado. Normalmente están de vacaciones, o estudiando empresariales. Estos estaban estudiando empresariales. Saltó, claro está, la pregunta típica:

– ¿Cuánto tiempo llevas aquí?
– Demasiado, contesté como de costumbre.

Y es que, sin darme cuenta (o más bien dándome cuenta, lo que es peor), he cumplido trece años de exilio. La noche misma de esta conversación espontánea en el transporte urbano – zasca (y rasca), el primer nevadón. Esta mañana hasta el gato quiere quedarse adentro. De nuevo nos tocan vivir sendos meses interminables de frío, viento, hielo, nieve, granizo y anocheceres a las cuatro de la tarde. No puedo ocultar que la llegada de esta estación me deprime siempre al máximo. A veces, lloro, y no es por el viento.

Aquí, durante esos meses, cualquier animal con sangre latina queda sumido en una pequeña muerte. Y es que hacen falta varios años de experiencia para saber afrontar con propiedad los rigores del invierno canadiense. Cómo abrigarse, aprender a caminar sobre el hielo negro (aquel en el que todos deslizan y al fin Rousseau tiene razón), a saltar por encima de los charcos congelados, a soportar el crac-crac-crac de la nieve bajo nuestros pasos (peor que uñas rasgando la pizarra), o el raspado de las palas mecánicas apilando la nieve en la madrugada, a prever media hora más en todo desplazamiento – todas estas cuestiones tan poco apasionantes resultan vitales en estas tierras.

Por eso les pregunté a los de Madriz:

– ¿Ya habéis pasado un invierno de los de aquí?
– No…
– Pues os vais a cagar…

Cada invierno, cada primera nevada, lo mismo – voy insultando la nieve por la calle, en español. ¿Qué me importa a mí que me miren como a un loco, todos estos locos que disfrutan de la nieve? Y es que solo he logrado vivir el invierno como un castigo, como un sacrificio impuesto cuya primavera no es más que una redención temporaria. Cada año me juro a mí mismo no pasar un solo invierno más en Canadá. Y cuando, con profunda abnegación, constato que aún estoy aquí, bajo pilas de nieve infranqueables, me prometo al menos que no moriré aquí. Nacer aquí, y durante la peor tormenta del invierno en que vine al mundo, ya es bastante cruz.

Pero no es lo mismo para muchos canadienses que llevan el invierno en la sangre desde hace muchas generaciones. En cuanto nieva, salen a jugar de niños, a esquiar de mayores, y les encanta, y se lo pasan pipa, y no dejan de repetir lo saludable que es el aire frío para los pulmones, para la piel y la circulación sanguínea.

Me parece muy bien, pero por más que me ponga dos pares de guantes, calcetos de lana, gorro de lana, calzoncillos largos, jerseys, unas botas hi-tech, y un anorak concebido para el ártico (no tan lejano), a mí se me hiela la sangre cuando salgo. Los ojos me lloran sin tregua, los mocos se me congelan en las ventanas de la naricilla, que se me pega al interior de la bufanda, y si estoy fuera demasiado tiempo, me toca sufrir unos sabañones épicos, a pesar de todas las precauciones que tomo.

Difícil considerar, entonces, que el invierno no sea un castigo. Siempre hablan del infierno como un lugar ardiente, donde las llamas eternas lo queman a uno. Pero habría que considerar lo contrario, y es que el infierno sea un lugar helado, donde – como aquí – el sol brille sin fuerza alguna, cual un espejismo. Infierno e invierno: tan solo una letra de diferencia, y que, especialmente en una lengua extranjera, puede sonar tan parecida…