BLOG PERPETRADO POR

FRANCISCO LEQUERICA

4.2.12

Amar y arena


Miedo de ser o no ser, zángano útil. Quien hereda el pesimismo norteño, quien se pesa a sí mismo, costeño, enhebra y deshebra sus carnes malferidas al triste consuelo del calor. ¿Cómo se va a sentar un indignado, que ofreció vocablos de esquina en esquina, destilados de sudor frio, acá en la patria del hambre, sin consecuencia, un tipo fiel y desdichado, solo como un tornado que avanza, del que se apartan todos al ver la terquedad insigne de su nubarrón? Pero el nubarrón se ve oscuro por el agua que porta en seno y cuando caiga en barrena, bañará en luz el silencio. ¿Quién va a querer amar, quién amar querer a semejante semblanza del quijotesco exilio, de sus múltiples meollos, amargas tertulias, cabreos y malentendidos? ¿Con qué máscaras tendrá que maquillar sus lúgubres maullidos, y quién verá la felicidad pura que yace tras su esfuerzo? Si se deja la vida en ello, nadie llorará en su velorio, ni el fuego que lo incinere caldeará lo suficiente el choque súbito de su voz alzada, folio tras folio. Y es que crecer equivocado, entre carrobombas y enmudecimientos, frente a la ancha maldad del que está vivo, no es fácil hazaña para el honesto, para aquel que combate sin secretos, aquel que tira la piedra y muestra la mano, aquel que desconoce el infierno de la alcurnia y del ganado. ¿Y qué vale su vida, con tanto desperdicio, si solo es envidia la que ve a su lado? En vida celebrará el balbuceado aliento de sus raíces; en otras vidas, en otros cruces, se machacará de bruces por un ardor, entre improperios. ¿Quién va a cambiar el mundo? Nadie y todos, solo él: toda respuesta es buena y con ansias de amar o de arena, repetirá el adiós, mundo cruel. Y todos lo ignorarán (ese man tan negativo, con tiro furtivo, con hiel) por quedarse entre avestruces y desecharán sus aludes y su sabor a alquitrán. Vanidades espantosas, apariencias, masacres del lenguaje – de todas las guerras humanas ha sido testigo, del mugre, de feos marxismos e iglesias, de tartamudeos de necios, de cumbres de la pereza, de infartos, de tragos, de mesas redondas y malolientes que ruedan al descalabro, de arañas y candelabros y hasta de drogas perversas. Todo se ha dicho de él, mas no se atreve a hacer nada cuando ve que la manada se estruje y se ablanda, insultando la piel. Que le escupan – piensa – es mejor, que le abran el último estertor, el cráneo, el bazo, el fervor pero jamás su hojarasca. Que le den lo que se ofrezca, que le nieguen el miedo suyo, que le den un nombre astuto cuyo filo es un favor.