BLOG PERPETRADO POR

FRANCISCO LEQUERICA

12.2.12

Edén sin frutas


Con mis distancias viejas, los caños se ciegan. La angustia está hecha de mí, echado a dormir. En la profunda sensación del hambre se arraigan rabias antiguas, lujosos palcos de moral prieta y ansioso bocado carnal. Temo el apremio civil, la lujuria del famoso, el corsé del profeta embadurnado de saliva ajena. Se hacen roturas en mil tejados pero no en el mío – el mío sueña, perfuma mi sangre de ajiaco y perejil dulce. Los mártires, títeres del destino, se asustan de la tajada fatal, perpetrada por machetes de conciencia. Parezco inmóvil en la entrada de una misa criolla, sujetando el candil. Se mueven las fallas terrestres, sus piedras se escurren hacia un pasado líquido, ya sin oxígeno. Velo, y estoy muy contento con la paz de los ojos, con las imágenes desactivadas. De los pasos sobre la tierra se abren caminos de hartazgo, senderos de arroz y de levadura, sesgos del heno. Se invita a morder un pie al otro, un paso al siguiente, con rotura inevitable del tobillo entre los dientes. Y la luz avanza, se quiera o no. Las dentaduras no son inquebrantables y sus suplicios de esmalte no soportan todos los pesos impuestos por los macabros. A veces se rajan, se averían, se caen del bocado perfecto y dejan su huella en el aire. Sus cierres maxilares se asustan, huyen. Sus pliegues incisivos despuntan de otra faz ensimismada, reconstruyen un Edén sin frutas. Entre papilas fluctuantes, la lengua yace súcuba en su cráneo dental, en su genio cerrado. A veces, los tristes asesinos del azúcar dejan estragos en las venas, las que surten y vierten el tejido, tras el trasiego. En sosiego aguardo el soporte liso de las horas negras, aquellas que embalsaman mi funda de nervios con un mal destilado. Todas mis películas se funden en la noche presencial, en la máquina giratoria del chillido inconsciente. Yergo en brisas fantasmas del mar terráqueo, ex aequo. Se disuelven mil demonios en el ácido de mi pandemonio, en el prisma liminal y en la almohada. Lo que nunca vuelve, portazgo de cargas duras, es el periodo más acaudalado, donde se ocupa el salto útil con su musa y su grial. Aseo cerebral, pesadilla del sol poniente, acariciando la firmeza del engaño, grano alzado del que surgen todas las alquimias, prisma móvil entre volquetas cotidianas. ¡Oh tú, triste grito imperfecto, grasa suerte, cuán te elucubran mis neuronas! Si el mundo fuera aliento al que perdona, práctica del beso ante todo, ensanchamiento del calibre coronario, no harías falta ni te solicitarían estas urnas de carne en su perpetua deambulación. Si el cariño ganase, no se empezarían las mentiras. En el trueque de piel y de pasmo he tragado agua, mucha agua – y mis riñones se cansan. Suena un misticismo en el poniente que solo han escuchado mis huesos, ya recogidos y con difícil marea. El milagro de mis paces se emociona de lumbre, entre alambres y alambiques, con los ojos cerrados. El resto es verdad.