BLOG PERPETRADO POR

FRANCISCO LEQUERICA

18.2.12

El que poco abarca mucho aprieta


Nace del costao, de tez amarga. No entender el flamenco es un pecado mortal y sufre amordazado aquel que lo desprecia. En cambio, aquello que Freud nombró sublimación es el duendecillo que pasó antes de que uno se diera cuenta. Que se cierren los libros: ya se fue. Solo un imbécil no comprende que Purcell y Camarón son la misma cosa, con eso se enterca en lo peorcito – reggaetón y pastel, easy listening. Marin Marais también sufre, con su viola da gamba sublimada entre las piernas. Los que vivimos enterrados en cal viva, como Jesucristo somos dichosos de la señal que nos marca y que nos designa únicos y verdaderos. Estropeados funcionamos mejor, tras las palizas de los prescindibles. La vida es para gastarla, para usarla ferozmente. Los que yacen entre mármoles predilectos no saben del mundo, aunque lo crean con firmeza. La vida apenas les ha olisqueado el ano como un perro que va de paso y que pierde el interés. Nosotros estamos en celo, de cielo en cielo. Dejaremos flores y nos pudriremos. Quizás alguien nos traiga flores que pudrirán, cuando hayamos podrido. Quizás no – no importa.

Somos las espinas en las carnes tiernas, con nuestra puya nos enternecemos. Dolemos y somos dolidos. Nos duelen. Se nos duele. Y no hay peso en sus vidas, las de los presos comunes de la rutina perfecta como arena del desierto. Incendiados, se los llevará el viento como ceniza alborotada, como plumas sueltas, separadas del ala tractora. Tras sus ceses, tras sus decesos – vendrá el olvido. Es la vergüenza de la vida balsa, de la balsa en el estanque sin azar. Azarosos somos, nos vendremos abajo entre bocanadas de dulzura que nos recordarán la insensatez de los sensatos, la palidez embriagada de los necios, los que dejan atrás torturas y mueren rectos, como una tabla rígida que se parte por la mitad. Regidos por el tiempo, por el beso suculento, por el sueño, nuestra vida cobra inocencia por la certeza de su plusvalía, por su elasticidad empedernida. Nuestro trabajo será reconocido. Los que tiñen de mentiras nuestra suerte no son más que peones ennegrecidos, que destiñen su destino. El que poco abarca mucho aprieta.

Los que no abracen el sufrimiento humano como la fuente más pulcra de la belleza, serán feos. No podrán con el estiércol acuestas, con su ética de pacotilla. Todo el mundo reirá tarde o temprano del discurso enjuto de estos humanos sin pan. Y es que somos profetas como la aurora misma señala el día, con nuestra soledad en una urna de uranio, intocable. Nadie podrá arrebatar la nobleza del que se cansa por los demás, del que discurre por el universo con un amasijo de tripas hirvientes para ofrecérselas a los gitanos de este mundo. Ver a un leprechaun entre tañeres desdichados – he aquí la dicha verdadera. Los que no la conocen, disminuyen y serán disminuidos. Su fuego se irá apaciguando como un insulto distante, proferido por la borda de un buque, cada vez más y más lejos. Hasta que no se escuche más y desaparezca sin que nadie note su pérdida. Qué triste es la tristeza de aquellos; qué fácil su castigo en el silencio.