BLOG PERPETRADO POR

FRANCISCO LEQUERICA

7.2.12

Final feliz


Repatriados desde el alba azarosa, los pinceles del sol lucen nuevas lumbres y se desvanecen los preceptos insubstanciales de la razón en el rostro del planeta. Magullado, el cielo se hincha, estira el cuello una vez más en un pasmo de heridas bellas. Con exactitud, los rizos de la corriente estrellan las olas contra la cantera y las rocas mugen de sibilancia, estáticas y extáticas. La táctica del océano se asimila a la de las horas chocando contra vidas. Las crestas de espuma se erizan en un último intento, midiendo distancias, cuestionando cuánto les pueda quedar hasta la rotura. Levantarse, ungir, zurcir las trabas amovibles del deseo, inconsistencias del electromagnetismo, resollando en tierra firme con la certeza del final feliz. El valor mágico del espectáculo que se repite a escalas inconcebibles, como este amanecer rosáceo y sus eventualidades predeterminadas, no se puede apreciar con la pobre herramienta de la existencia y sus sentidos. Hay que salir de ella, plano, bidimensional, aplastado por el tiempo propio a sí mismo, para cobrar inconsciencia al vuelo, amamantarse lejos de la sed y del hambre. ¡Qué trivial es el beso del cuerpo comparado con este proceso! ¡Qué pesada resulta toda reflexión frente al monumento plebeyo del magma celeste! Un milenio, que parece estirarse, en realidad se escurre entre radiaciones estelares. Un soplo transcurrido del universo que da la impresión de la dulzura eterna no es más que la ínfima fracción de su magnificencia, un lastre diminuto de aquella eternidad. Lo que no se alcanza a ver, lo que en la percepción perdura, se desmorona más allá de aquella percepción. Todo se acaba estrellando contra las rocas, y estas se acaban moliendo en arena fina, para que los pies del mundo caminen, engañados, un instante sobre ella. Para que se vislumbre el final, se debe ver el principio; y siempre se acude a un espectáculo que ya ha comenzado. El proceso no basta y sobran sus facetas, sus fachadas. Así este cielo azul del que se ha drenado el carmesí matinal y la caída fulgurante de la noche, feliz final.