BLOG PERPETRADO POR

FRANCISCO LEQUERICA

2.7.12

Indio/sincrasia



La actividad del córtex cerebral en Colombia está regida principalmente por el televisor; pocos se aventuran más allá del umbral de sus transmisiones y quienes lo hacen se exponen a ser señalados por una sociedad profundamente atrasada. El problema de la pasividad televisiva es mundial, pero en una colonia históricamente desfasada como lo es Colombia, las consecuencias son devastadoras para su progreso. La pequeña vida de este país es puro vallenato y ron, plomo y hembras, urbanismo defectuoso, corrupción y criminalidad, conversaciones que se suicidan de tienda en tienda bajo la estéril luz de una educación limitada. Y es el pueblo quien se machaca a si mismo con tanta segregación interna: discriminación económica, sexual, racial y de toda índole imaginable. ¿Cómo se puede esperar otra cosa de un pueblo que siempre está a la orden, cometiendo sin cesar semejante jerarquización socio-lexical?

En el nombre de un folclor completamente adquirido y artificial, en Colombia se logran tolerar todo tipo de transgresiones y de barbaries. La más profunda se llama hipocresía religiosa: aquí se ve muy mal al que se declare ateo, pero se actúa sin Dios desde la primera oportunidad. ¿Cómo un país tan creyente puede olvidar tan cotidianamente las enseñanzas éticas de su doctrina? Plegarias y mandamientos no logran impedir que la muerte sea ciudadana colombiana, que el abuso haga parte integrante de ese folclor al que tantos se han adaptado tan bien. Sencillamente, ese mismo folclor se ha inmiscuido en las vidas de muchos que han preferido abdicar frente al dilema: es mejor desconectarse y conectar la televisión, dejar que ella opine por nosotros, permitir que se nos violen las ideas y los derechos para que no duela tanto. Otros se aprovechan de ese vacío: son los oportunistas, ricos como pobres, congresistas como fleteros, directores de programación como gamines inmundos.

Y así perdura la ignorancia, sin tregua posible. La maldad, que se ha vuelto genética, fue instigada por los horrores de la conquista, por las masacres, los genocidios, los castigos, las violaciones, por la mezcla de miedos traídos de tres continentes. Ahora, apenas se sobrevive en un país con 10% de la biodiversidad del planeta, uno de los más ricos del mundo, de donde se saca todo para el bien de los que no viven aquí. Pobre Bolívar: la independencia solo sirvió para sacar himno y bandera, el resto es dependencia in. ¿Cómo en un país tan rico se puede morir la gente de hambre? Así está la cosa, y es que muchos no quieren avanzar ni aprender, ni quieren saber nada – les gusta ese folclor al que tan traumáticamente se han acostumbrado. Se quedan con su flow hediondo, con su cucaracha en la pared y con su banderita gringa en la mano cuando viene Obama, porque ven a los ricos tan intolerantes e ignorantes que nadie quiere parecerse a ellos.

Aquí nadie quiere trabajar; y se entiende, porque ¿para quién trabajamos? ¿Para un puñado de empresas multinacionales que nos roban los recursos y nos dejan tres pesos y un montón de basura a cambio? Los colombianos hemos aprendido a respetarnos tan poco como se nos ha respetado, a tratarnos tan mal como se nos ha tratado, a despreciarnos los unos a los otros como se nos desprecia a todos. Así se bota la basura al suelo, se escupe dentro del carro o de la casa, se irrespetan las normas de la seguridad vial, se agrede a las mujeres, se mata… Los extranjeros lo llevan haciendo en nuestro paraíso desde Cristóbal Colon hasta el Plan Colombia, pasando por el Bogotazo, por Escobar, por las bananeras, así que verdaderamente no hemos aprendido otra cosa. Mientras falten los recursos educativos perdurarán las excusas del que no quiere cambiar y, mientras la televisión siga difundiendo esa pasividad que tanto daña la curiosidad humana y desinforma a la vez, faltaran esos recursos; es un círculo vicioso perfecto, de diseño gringo y perfeccionado en Colombia.

Así será siempre que nos aferremos a nuestra indiosincrasia, neologismo con el que este auctor se permite describir el vacío que nosotros mismos creamos en torno a nuestras infinitas posibilidades. Siempre que se diga que esto es Colombia, que Colombia no cambia, siempre que se continúe aceptando el pésimo nivel de vida que nos brindamos, siendo posible todo lo contrario, accedemos al patético estado que describe este neologismo. Es una resignación casi festiva, porque a la vez nos libera del esfuerzo de lograr la colectividad positiva que es necesaria para sacar al país del hueco en que está metido. Para el flojo, la indiosincrasia justifica la farra que le sigue a la balacera, y como Dios es todo perdón, supuestamente, no ha pasado nada y tabula rasa. Para el que sí quiere cambiar, sin embargo, la indiosincrasia propugna su marcha del país, generalmente sin intenciones de volver, lo cual no ayuda en nada a la causa. Y es que, si todos los que quieren cambiar se van, ¿quién queda?