BLOG PERPETRADO POR

FRANCISCO LEQUERICA

21.1.13

Veneno para uno



Extraño la muerte. He vencido a la ridícula levedad de la vida con punciones de paraco en un costado. Mi cabreo lo justifica todo, todo. Realmente ante la dádiva ni me inmuto. Por no vivir en la locura de un ventarrón que despeine ilusiones, soy capaz de hundirme en la belleza tóxica de lo improbable y de lo dudoso. Ya ni siquiera es pelear por un mundo mejor, sino convertir la hazaña en un cuadro borroso donde no se puedan apreciar las imperfecciones técnicas. El destrozo se hará al alba, con el sol acariciando las pestañas del desastre. Estudio como ser el ombligo de los siniestros más despampanantes del universo, el ladrón de la iridiscencia, la correa de transmisión de la embriaguez. Soy sicario cultural del apolillamiento, víctima por el placer de infundir desprecio y apóstata de la ilusión. Sé que he venido por algo que no puedo decidir, encasillado entre juventudes huecas y aprehensión. Se me ha hecho dulce el asco mientras se pudre mi lengua que expulsa, a modo de baba, una tímida conjetura de la exégesis. Pido que se me niegue el vaso de agua y que se me den océanos. Solo en ellos sabré ahogarme. Es así como el desperdicio de mi bondad comenzará a afectar a los que la mutilaron. La verdad no puede ganar, de otro modo el mundo se desmorona – es la lucha hacia ella la que lo anima, su razón de ser. Sé que perderé, viajando hacia un presente imperfecto. No hay Nirvana posible, no hay lavado de cerebro eficaz contra la lucidez y, aun así, esta no es más que una alucinación muy poco intimidante. Por eso empuño mi alma como un arma elegiaca, agraciada con los rubores de la sangre. Al ser banal, al que gana siempre, despistando la evolución, no es suficiente hacerle una pedorreta. Hay que ensañarse para que otros sepan, mucho tiempo después, cuando mi sien esté presa de gusanos oportunistas, que alguien quiso romper el orden con el filo de su llanto. No habrá un después. No habrá poder de convicción contra estas teorías ignotas. Solo se verterá al vacío la vertebralidad de la especie, su ademán nupcial encadenado, su ocio indispensable y estertóreo, el lento avasallamiento de sus transgresiones. Siempre habrá luz y oscuridad, acción e inacción, un arriba y un abajo: las leyes de la física nos han aprisionado. Y molesta tanta vida, molesta que las criaturas se expresen tanto en el callejón estrecho de sus sentidos. La existencia es brutalmente ruidosa e inconsecuente, llena de accidentes previsibles. Si tan solo se pudiese vivir sin que se supiera. En el nombre de la percepción, nos declaro no natos