BLOG PERPETRADO POR

FRANCISCO LEQUERICA

11.1.14

Las verrugas de Rimbaud



En nuestra búsqueda de la felicidad todos, sin excepción, somos unos chiflados dignos del peor asesinato. Uno lo que viene haciendo, a pesar del gentío fúnebre que acompaña el tedio cotidiano, es combatir el espectáculo infame de la mediocridad, procurar sembrar en medio de la incertidumbre la estocada del amor certero por el mundo, por los seres y por las cosas. Uno procura ahorrarles los golpes a los jóvenes y ellos lo golpean a uno, lo van subsanando con la excusa del respeto a la edad, con el hálito del séquito horrendo de los palos en la cara. Uno reitera, hendido, que lo que hay que subsanar son los golpes, pero el mundo se aferra a la calaña marmórea y persiste en jugarle a uno al béisbol encima del rostro. Uno se sabe justificado, al infligirse milagros de belleza, a exorcizar lo baldío, lo obvio, lo cansado, lo banal, lo moratorio. Nada se hace más vigente que el peso de la muerte, constantemente instigándonos vida en lujosos racimos que nos esforzamos por despreciar. Uno sabe, perfectamente sobrio, que la locura es un invento de moda, que la pericia consiste en celebrar los destinos inauditos y en construir las coincidencias y los afectos. Uno ha pensado, saboreando algún manjar o presenciando alguna naturaleza ajena, en la elocuencia de los sentidos, en la riqueza de la paciencia constructiva, en la necesidad de domar la intuición sin reparar en las consecuencias. Todavía hay quien se pregunta para qué sirve la vida, como si un relámpago pudiese explicarse solo por la ciencia, como si la polvareda sintiera, al levantarse impiadosa, el peso de su acto. Sin embargo, no hay límites y toda frontera es artificial, toda taxonomía es un ritual estúpido, solo donde hay aire se dicen mentiras. Uno va llevándose acuestas las desgracias de los demás como medallas de guerra, acumulando las intemperies como si fueran refugios, desgranando los misterios como si aguantaran resolución o raciocinio alguno. Uno siente, en su perversidad de ser vivo, que las definiciones ya no son necesarias, que el aclamado bálsamo de la locura es solo un mito, que solo hay gente herida, malherida, maltrecha de pasiones guillotinadas. Y que hay que cuidarlos, que solo quien se sabe en ese punto de la evolución puede aceptar sacrificios, que solo quien es guía de sus prójimos tiene acceso al suplicio verdadero, a sufrir en carne propia todo el peso del hambre ajena. Uno sabe, hoy por hoy, que la juventud es un suicidio, que la vejez es un himno a la vida que nadie entona, cuya letra pocos conocen. Desde luego, entre cimientos, los arquitectos de ese mundo emocional se nutren de lo posible, de lo que aún no parece inevitable, predicen catarsis y crisis y se las van implantando como las verrugas de Rimbaud. Allá afuera los demás ni siquiera sospechan que hay quien filtra su mediocridad para la posteridad, que hay quien purifica el suero vital que nos une comiéndose las basuritas de los demás, que hay quien practica la entropía en contra de toda predicción. El miedo no reinará mientras en él pululen estas almas silenciosas. Uno es satélite de los afligidos, portavoz de los hundidos, salvación de los aburridos, columna de los indecisos y esparadrapo del mundo. Nada nos tumbará.