BLOG PERPETRADO POR

FRANCISCO LEQUERICA

10.3.14

Uribe
o el culto a la decepción




No parece ser posible despolitizar el Arte, pero la política ha pillado a la estética. Todo tiene aires de telenovela bananera. Ya la tienda no es lo mismo, el SAI no es lo mismo, el olor a papaya mezclado al de la gasolina para moto de alta cilindrada no es lo mismo, todo esto en el país que opina que la espiritualidad tiene también forma política y que opina que la opinión importa hasta la muerte. Hemos entronizado al chanchullo, al tramuyo, a la fanfarria de pueblo desafinada por cuartos de tono, al astro potente y tumbaicoteas que nos estremece, ya el mal nos ha pertenecido y hemos pertenecido a él. Este país es un matrimonio perfecto entre la locura y el rigor no escrito, entre la gastronomía y el hambre, entre la playa y la cumbre más alta, entre lo humano y lo animal. No sabe uno si cualquier día no deberá embarcarse por temores inmerecidos o zarpar hacia el tremendismo. Esto funciona desde que no funciona – ha hecho emerger en el ser humano verrugas trans-generacionales que se han amoldado en genéticas chimbas (aunque bonitas), descendencia de esclavos, de desraizados y de presos huyendo de una justicia también apócrifa. No se puede esperar nada de lo que ya iba tan mal, solo ese desgarrado testigo llamado cultura podrá verter en nosotros la necesaria agalla del bien sin sombras ni peros morales. Pero todo se desmonta cuando la cultura está secuestrada por la política: ya es un fenómeno mundial, ya que la nuestra está a su vez amenazada por influencias externas de pseudo-culturas que están tan fabricadas como un genoma artificial o un universo completo de juego de rol. Ya la cultura está inhabilitada para influir, el país está llevado por una mafia y todos lo saben. Reina, pues, el miedo y nada más. Hemos vuelto a tiempos feudales (si es que alguna vez, como bien dice Vallejo, habíamos logrado salir de allí) – y ni los malos han cambiado de apellido ni el del otro ha empezado a importar. El mío, en todo caso, lleva tiempo ya comprometido. Para quien piensa, este país es el matrimonio perfecto entre esperanza y decepción, un equilibrio donde cada día, a cada hora se logra cruzar el umbral en una bipolaridad que refleja sol y luna. Como Europa del Este, como África, como el mismo mundo entero que se dice libre, yacemos cada vez más conscientes de estar bajo yugos con nombre propio; pero algo nos define, algo nos tuerce más allá de lo posible. La ignorancia nos apremia y la soberbia nos viste, vamos mal. ¡Basta ya de tanto mal falsamente necesario, basta ya de tanta interrupción a la creación, basta ya de tanta obstrucción al crecimiento de lo pensado y de lo nutrido, de lo humano, basta ya de tanto ruido! Es que ustedes molestan, con su nación, con todo lo que hay en ella, desde el Senado hasta los picós, del Carnaval hasta la Feria del Libro, desde sus carros estrenando pito hasta el pastor de la iglesia cristiana que hace distorsionar, histérico en una esquina de barrio, el parlantico que alquilan también los domingos para poner reggaetón. ¿Acaso no se puede, en este país, en este mundo, uno tomarse el tiempo sencillamente para SER? ¿Por qué nos importunan con su presencia, por qué nos imponen horarios y producción, nos piden resultados en sus términos, nos hacen ir a votar si en realidad no importa ni cambia nada, si en realidad ya hacen lo que quieren? Despiértenme un día, vecis, despiértenme cuando toda esta vaina esté recuperándose de su pase, porque yo no le doy a eso, estoy buscando concentración para obrar dentro de un Arte puro, sin sus interferencias. Despiértenme un día, vecinitos, si se prende toda está mondá p’a salir de aquí a algún lugar que no desprecie tanto el conocimiento y el progreso artístico, un país que escucha reggaetón o que vota por Uribe (otra vez), “un país de aficionados al fútbol” (Vallejo otra vez), un “país de mierda” (César Londoño y mi mamá).