BLOG PERPETRADO POR

FRANCISCO LEQUERICA

3.6.14

Fuga de fe



Esta noche, han caído aviones. O cosas desde ellos, no se sabe. Hay pactos que se han logrado a voces pero este no recuerda a ninguno de esos. Este es un pacto de calor y de hambre, está un poco amarillento como el polvo en el que se haya de convertir quien lo redacta. Hay una lengua imperfecta de sol alcalino que lame y que lame, que parece orinarse de luz sobre las calles. Es el reinado atroz de los infelices – sus risas se oyen, pulcras, a través de la ciudad. En varios lugares se puede distinguir el sonido de copas finas que se entrechocan sin espíritu. Las fiestas en los palacios que escoltan los bulevares son oscuras y en ellas se apagan todas las velas, una tras otra, en un baile sin escalas. Contra las paredes, en sombras afiladas e inseguras, surgen los predecesores ungiéndose, partidarios del viento y de la noche, y cúpula tras cúpula se pierden en un enigma magno. Hay un momento en que se urgen las pesadillas, en donde cabalgan certeros los amaines y las melodías aladas. Las espigas brotan así como un mal rayo, un rayo encarnado. Tomar el lenguaje, con relámpagos bajo el cuerpo. Y, enraizado al abismo, protruye su bálsamo de entre todos los vuelos fatales. Acá se ha logrado enzarzar la película de luz que se expone al alba y los senderos transparentes se van poblando de sombras que los definen y que nos permiten seguirlos. Todo es por el cansancio y el hito que se desprende de él. Recto y marmóreo es el reptil que nos sigue. La luz ha causado, entre tantos rieles, la deambulación perfecta de los vocablos en una procesión hermética en la que no caben los rostros ni el enigma, donde todo acontece con una lentitud que asombra, distanciándose los planos por encima de otros, acariciando las perspectivas falsas, estropeándolo todo a beneficio de muchos. Si el oprobio es huyente, si hay fuga de fe, allí donde estén listos los zapatazos y los chancletazos y la ley, que se yerga el sentido y que pulule por ahí, a ver qué pasa, a ver cuántos hogares más hay que proteger. Garantiza la prensa anchos y portentosos logros en contra del combate, pero el arma sigilosa ha desplegado su última caricia por los escaparates de la capital, tiñendo de ocre el vacío impune en el estómago, un nudo atroz que no se vence y al que sucede un desespero inútil, un abrir y cerrar de puertas, sobres y ojos.