BLOG PERPETRADO POR

FRANCISCO LEQUERICA

13.8.14

La última tortilla de Mateo Morral

1


Mateo cree que está predestinado a matar por culpa del parecido de su nombre con aquel verbo, y ahora lo va a hacer con flores, como un esnob. Dinamita ensueños cual tuberculoso y por rabia, como así lo delatan sus cárdenas ojeras, su razón ya se ha llegado a escurrir entre muchas manos. Poco después pensaría, saliendo de un chiringuito de pueblo, con la mano vendada y una tortilla francesa de tres huevos en el vientre: Ich kenne die Europa, I chose to kill the royal family, je n’ai pas peur, assumeixo

Se despide de Ferrer maleta en mano, traje nuevo sin bombín, ya la mirada abierta hasta el feroz despliegue que nadie sospecha. Bajo el techo acristalado de la estación, la luz cae ecuánime sobre todos los que están en el andén, con un velo azulado. Una mirada de más y Ferrer se encoge, sabe que ya no lo verá nunca, se esfuma entre las raíces del gentío. Vapor y naftalina en los vagones, Mateo se sube entre pitidos, con prisa.

2


Quiere un balcón que dé a la calle Mayor, y en Madrid se sienta en los cafés, hurgando entre anuncios de periódicos, sin cruzar la mirada con nadie. Los periódicos abundan de noticias acerca de los preparativos de la boda – algo de qué alimentar las baldas habladurías del pueblo con coqueterías, vestidos, y demás opulencias restregadas en la cara del hambre. Va pasando páginas con visible desdén hacia ellas, soplando el humo de su Ideales por encima de lo que va leyendo. Sus ojos, como dos aerolitos, se posan sobre este anuncio:

Cedo habitación para estas fiestas con o sin. Mayor 88, 4º dcha.

Le parece bien, lo bastante alto, mejor aún si no hay piojos. Paga el café en La Mallorquina y cruza hacia Arenal donde está alojado; quince minutos después ya está de nuevo en la acera, vestido impecablemente. Llegando a la casa en cuestión, se presenta a la señora dando su nombre verdadero y despliega su tarjeta de comerciante barcelonés. Generalmente, a menos que le hablen, y aun en aquel caso con pocas palabras, no se dirige a nadie, porque la mayoría de la gente que le rodea no es de su misma estirpe –  esto se lo ha explicado Nietzsche.

La propietaria de la casa, viéndolo bien ataviado, serio, viajado y de buenos modales, no hesita un solo momento en aceptar el pago de dos semanas de adelanto, y sobre todo cuando Mateo saca un billete de quinientas pesetas para efectuarlo. La señora queda cegada por un leve destello de ojos del nuevo inquilino, quien vocaliza hacia su dirección con rostro impasible:
– Llegaré el miércoles antes del almuerzo, no se olvide.
– No me olvidaré.   

3


En la farmacia de la calle Toledo, al pretextar una enfermedad que afirma no querer revelar por pudor, le venden capsulas de sándalo y sales de permanganato por cinco pesetas. Después compra un paraguas, tres postales, para enviarlas a su novia en Barcelona, y dos cajas de caudales de tamaños progresivos. Divisa en la calle a hordas de insulsos agitando sus banderines que se funden en vivas al rey y, viendo con anticipación que se va a cruzar con ellos, toma el primer desvío para evitarlos.

Ya instalado en su cuarto de la calle Mayor, Mateo desempeña una silenciosa rutina que, sin levantar sospechas, le evita pasar desapercibido. Es su pose sombría la que desconcierta al pueblo que lo ve en estos días de júbilo nupcial, en sus idas y venidas cotidianas.  Cuando solicita substancias fuera de lo usual en la farmacia, y vuelve tarde al cuarto con paquetes cerrados y comida bajo el brazo, los que lo ven o le hablan no pueden evitar fijarse en él.

Y es que una luz negra le habita, como un estigma sin descripción posible, un duende mate y denso, que se escurre esquelético por las callejuelas del viejo Madrid, a lo suyo. Como anduvo en Europa, con las encías limpias para morder mejor, a lo suyo. Demasiado a lo suyo, porque ahora las cabezas se desatornillan a su paso por el aura que arbola:
– Mira ese, ¿quién se ha creído que es, el rey…?

No escogió a su familia, y porque lo contrario también es cierto, su padre le dio diez mil pesetas para que se marchara de casa. Estudió, viajó, conoció a Ferrer, arquitecto de la pedagogía libre, quien le dio un empleo fijo en su biblioteca, leyendo y traduciendo los grandes avances sociales de su siglo; Ferrer, que aún cree en él, más que en nadie. Está armado – y lo sabe – de mucho más que nitrobencina, fulminato de mercurio, permanganato, un Browning y un ramito de violetas.

Se ha traído libros al apartamento, por pasión y para que no cambie su rumbo, para que no se tambaleen sus convicciones con miedos propios de su madre. Se ha traído algo de Kropotkin, Godwin, Byron y unos recortes de periódico que guarda de Azorín de cuando escribía en El Progreso de Lerroux, antes de que este se encariñara con Maura y se pusiese a escribir en el ABC. Los hojea, los conoce, los recita. Cada noche, se acuerda de los preceptos y enseñanzas de Ferrer antes de que le venza el sueño.

4


Cuando llega el día, es casi un sol de Argelia, de estos existenciales, que le rocía de luz. Mateo no logra entender que tanta gente pueda interesarse por la boda de un tirano, desenfundar tanta histeria por la boca ante la felicidad del que abusa de ellos, sin que se pueda oír un solo reproche por el hambre de sus hijos. Nada se puede esperar de un pueblo sin educación – concluye Mateo desde el balcón, espiando legañoso tras una cortina –,  se hace con él lo que se quiera.

Y los sindicalistas, con su afán de huelga, de repolitización de la lucha por los cauces del compromiso, ni siquiera se han opuesto a este circo. La llamarada pura que habían demostrado tener Angiolillo, Bresci, Caserio, Pallás o Czolgosz está amainando, perdiendo fuerza de convicción. Van ganando en las filas los que aún creen en la competencia espiritual de los trabajadores, aquellos que aceptan que la correa, fuere distendida, permanezca alrededor de sus cuellos.

Suenan marchas, salvas, saetas y alborotos. Mateo se lava la cara pero prepara las violetas con los ojos secos. Cientos de flores trazan trayectorias hacia la carroza real, estruendo de color; el sol revolotea en un alocamiento de pañuelos. El labio superior de Mateo se comprime duramente y muestra los dientes, los ojos clavados en el bigote de Alfonso XIII, tan escaso como el suyo, que se acerca con parsimonia. Entre centelleos, le importuna un zumbido blanco de insecto revoloteador, atraído por el ramo; sin más, y sobre todo sin plegarias, Mateo apunta y lanza.

5


Tras la ayuda de un periodista amigo de Ferrer, va camino del norte, pero comprende que está acorralado. Han pasado dos días y todo el país lo busca aunque no haya matado al rey. Pasando un ventorro en el camino de Torrejón, se le envalentona el estómago y se le pone a cantar la Carmañola; quedándole algo del dinero de Ferrer, se decide a pedir algo para comer. Sabe con certeza que de parar aquí, los lugareños le reconocerán, pero al menos morirá con el vientre satisfecho.

El tiempo variable de los últimos días se ha transformado casi en clima desértico desde el día exacto de la boda, y hasta en el descampado en que se encuentra Mateo, frente el caserío, parece que ha encallado el siglo entre los matorrales, que a las espigas les salen tentáculos. Sospecha que el olor del romero seco, la estrechez de los caminos y los ritmos inteligentes de los fragores de los grillos son presagios claros. El descampado debe de ser limítrofe de la muerte, y en ese ventorro se encuentra su última voluntad: un plato caliente y un vaso de vino.

Entra. Huele a paprika, a embutidos rancios, y a la lenta fermentación del queso. Le cuenta a la ventera que va para Barcelona; ella le dice lo que tiene y le pregunta lo que quiere:
– Pues una tortilla francesa de tres huevos y un vinillo, por favor.
– Siéntese ahí que ya voy poniendo el fuego y le traigo un vaso.
– Traiga un jarrón, que hay parné.

Pero la ventera desconfía y manda a su marido al pueblo en una mula mientras junta mocos en la garganta para un descomunal gargajo, enriquecido del peor tabaco negro, que procede a escupir ceremoniosamente en la tortilla, estando aún babosa. Cuando, al cabo de la cocción, le trae el plato a Mateo, no es mula sino tres caballos al galope los que vuelven por el camino, montados por guardias civiles.

Mateo reconoce el sonido del galope y sabe que es a por él por lo que han venido. Respira hondo, rompe pan, y sigue comiendo su tortilla con una paz espeluznante. Al tiempo que los múltiples pasos se acercan, arrastrando tierra, al ventorro, Mateo se vuelve hacia la mujer, quien contiene su pavor difícilmente, y le felicita por su cocina, clavándole la mirada con un ardor inmóvil:
– Deliciosa, su tortilla, oiga.
– Gracias, alcanza a decir la ventera con un hilo de voz atragantado.

6


Uno de los guardias, de aspecto limpio y magnánimo, se sienta en la mesa de enfrente de Mateo; sigue una mirada ártica que este último disipa masticando su bocado casi con exageración.
– Muy buenos días, empieza el guardia civil.
– Lo mismo, replica Mateo entre dos tragos de vino, alzando apenas la copa en dirección al guardia.    
– Usted no es de por aquí, ¿no es así?
– No, de Cobeña. Voy para Barcelona.
– Ya…

Y así pasan largos segundos mientras Mateo va saboreando la tortilla que lleva nombre de revolución. El guardia estudia con firmeza los rasgos del que tiene delante y su peculiar garbo, y éste le devuelve la mirada diplomática, pero desafiante. Se huelen, se husmean; al final el guardia no puede más, está seguro de que es él:
– Se lo pregunto porque estamos buscando a alguien que encaja exactamente con su descripción física.
– ¿Ah, sí? ¿Y qué descripción es esa? farolea Mateo, arqueando cejas.
– Veinticinco años, alto, delgado, moreno, tupé negro, herido en una mano…

La ventera suelta un gritito involuntario que ahoga con la manga de su ropa: ve yacer, sobre la mesa, la mano vendada de Mateo. Hay un escalofrío generalizado que estira la habitación hasta el peligro. Todos miran la mano, y Mateo, sin rastro de abnegación, se descubre la herida muy lentamente, revelándose.
– ¿Es esto lo que busca?

Nadie le contesta por un momento, pero la ley piensa rápido:
– En ese caso, es mi deber… Como guardia civil, debo pedirle que me acompañe al cuartelillo de Torrejón inmediatamente, como es menester en estas circunstancias y dado que... dado que...
– Sí, señor, lo acompañaré, contesta Mateo con gesto apacible, casi entrañable, con que al guardia le cuesta comprender que no se trate de ningún sarcasmo.

Y en seguida, Mateo deja caer:
– No obstante, señor, le ruego que me deje acabarme la tortilla sin prisas y después pagar a la ventera lo que le debo.
El guardia se queda con la mente en caída libre y el otro, tenedor en mano, esperando su respuesta:
– Trato hecho, pero le esperaré aquí mismo.  
– Muy bien.

Mateo se acerca el tenedor a la boca, mira por la ventana, calcula e identifica el punto donde – al salir – matará al guardia antes de dispararse en el pecho, pues no podría ser en otro lugar. Resuelto en ello, descubre un bocado único en el que la tortilla sabe mejor, siendo más esponjosa. Todos le esperan. Le parece que la consistencia de este bocado no tiene comparación alguna con los que ha probado hasta ahora de ninguna tortilla, y se lo comunica con inquietante tranquilidad a la ventera, quien le contesta:
– No es necesario que me pague.