BLOG PERPETRADO POR

FRANCISCO LEQUERICA

3.12.14

Carta abierta a Dionisio Vélez Trujillo



Electo y barbado Dionisio, hijo de Zeus y Sémele, nieto de Harmonía y bisnieto de Afrodita – te voy a hablar de tú porque soy yo, el bisnieto de un alcalde de Cartagena y el primo del que te precedió, de quienes me disocio a posteriori y quienes asimismo válenme huevo como viceversa. Y aunque ese poder, esa estirpe y sus voluptuosidades, que hieden a reinado corrupto, me serán siempre elusivas por motivo de desplantes como el que estás leyendo así como por mi total desinterés por su ineluctable naturaleza, me permito esta aristocrática osadía porque, a pesar de tu populismo, me atrevo a pensar que solo escucharías lo que te voy a decir de boca de alguien con un apellido que reconozcas. Cumpliendo con los requisitos reglamentarios, me adelanto en la delectable faena. Nótese que uso adjetivos, muchos adjetivos y adverbios. Sí, es sorna. Pillaste.

Eres de embarrarla con candidez. De las corridas de toros a los desplomes de caballos, de la placa que pusiste en honor a los piratas ingleses hasta la amenaza de perder la designación de patrimonio de la UNESCO por falta de planeación, de escudos coloniales a imponer tu retrato en las escuelas de la ciudad – eres el reflejo más perfecto de esa Cartagena que me desespera y aleja. Creo que eres el alcalde más desgarradoramente honesto que hemos tenido, el que mejor nos representa, la María Niño de la administración municipal [sic]. El tormento nuestro eres tú. No tiene límite tu capacidad de exponer, mediantes tus actos oficiales y/o tu inacción oficial, nuestras falencias, nuestra ignorancia, nuestra mentalidad colonial, atrasada, retrasada, consanguínea, nuestra comodidad en el error, nuestro regocijo en el esperpento, nuestra propensión al estereotipo, nuestra atracción al lucro fácil, nuestra consecuente ineptitud administrativa, nuestra falta de imaginación…

En el fondo, sería incluso conveniente que la UNESCO nos privase de la denominación histórica; sería un avance; sería un gesto de liderazgo comprometido con el futuro.

Y es que… ¿cuál patrimonio? ¿El de unas piedras apiladas en las que se dejaron la piel y la vida miles y miles de esclavos, y que además están rotas, vendidas y hieden a orín? ¿Qué clase de patrimonio es aquel que nos recuerda la explotación, la discriminación, la tortura y el genocidio? ¿Y que aprendemos de él, si no es a atraer al turismo más morboso y depravado posible y a rendirse a sus pies, dándoselas de vivo mientras nos matamos entre nosotros? ¿Qué tipo de orgullo puede significar que Cartagena de Indias se haya convertido en la capital mundial del turismo infantil o que en ella se vean los contrastes de recursos más pronunciados y las cifras del crimen más alarmantes de todo el país? Pero la UNESCO seguramente se baja en el Santa Clara, todo pago – y tras la cena y los tragos de honor se les ofrece un paseo en coche nocturno…

- A la derecha, la Escuela [sic] de Bellas Artes…

Más abajo, cerca de la muralla, el caballo se desploma. Se forma el bololó. A los que defienden al animal, los cocheros les han sacado cuchillo y machete por protestar. Y la policía no ha hecho nada. Nada. Después, a los animalistas (que así los llaman), los amenazan, los hostigan, los tratan de abusadores en las redes sociales – de abusadores de cocheros; sí. Cocheros que son hijos del vicio y de esa marea del mal que sumerge al centro histórico. Cocheros que se creen ley y trabajan para los mismos blancos de siempre. Como tú y como yo, Dionisio. Los blancos de mierda, nos dicen. Yo solo puedo asentir. Aunque esos cocheros son unas lacras. A ti te hacen la venia, pero yo – como no se la hago a casi nadie – no soy nadie y tengo el privilegio de verlos bajo su luz real. A uno lo llaman Carnicero, o algo así; creo que mata un caballo al mes en promedio. Sus dientes brillan como un cuchillo.

El problema, Dionisio, es que en la Costa los blancos somos más corronchos todavía que los que sí eran de aquí, ya que tremenda fue la podredumbre que se escapó de Europa y que aquí se envició mucho más (como sigue aconteciendo). Es un esquema de poder que, hoy por hoy, ya debe estar inscrito en la genética – y la mayoría prosigue su vida, programados como esclavos, consintiendo el abuso. No es que el rico esté ahí por ser mejor que otro; solo lo dejaron acostumbrarse, quizás ya por flojera. ¿O no se fue de aquí Gabo hace 60 años echando pestes contra todo, diciendo que los cartageneros éramos los cachacos de la Costa?

Somos aburridos, Dionisio. Ni bailamos sabroso ni nada. Da pereza estar en farándula y ser nieto, marido, sobrino, hijo de alguien en Cartagena. Las casas con las paredes blancas vacías y las reproducciones a escala del David de Miguel Ángel; las secciones de farándula en el Universal con las caras llenas de bótox; las camionetas cada vez más tablúas; la maestría en Boston y las compras en Miami… ¿Cuándo se ha visto a un cartagenero blanco promoviendo las Artes, la educación, el trabajo social – al menos sin que se esté aprovechando de algo o sin que lo crucifiquen públicamente en la Plaza San Diego? ¿Cuándo se habrá visto que a un blanco así lo respeten los blancos? ¿Cuándo se ha visto acá a un blanco trabajando en una casa, como criado? Aquí hay que llegar vestido de gringo sin escrúpulos, como el de Buñuel con la verga de oro, para que entonces le extiendan a uno a los pies una embarazosa alfombra roja que se usa tradicionalmente para coronar al tuerto rey.

Decía Frank Zappa: “No soy negro, pero hay un montón de veces en que me gustaría no ser blanco”. Yo solo puedo asentir. Te escribo, Dionisio, porque ya me da pena ajena.

Pues sí (pues no y te bajas), había que darle pico a la placa de los piratas, pero me sorprende que no hayan bajado a mazazos al Don Pedro de Heredia, pirata, violador, genocida y verdadero psicópata que fue condenado por la justicia colonial, por la corona y por la vieja leyenda Zenú que lo acabó matando, ahogado en costas de Cádiz rumbo al cautiverio. Es verdad que en muchas cosas los cartageneros hemos heredado rasgos fundamentales de nuestro fundador y es común que quienes no correspondamos al panorama nos expatriemos, o que nos expatrien. Tal pasado tuvimos, tal astilla no nos podemos arrancar hoy. Pueblo inconsecuente a quien le han metido las manos por los ojos por los siglos de los siglos, amén…

Hasta entiendo, noble edil, que en tu virginal narcisismo – patrocinado por Gillette, presumo – quieras perpetuar, mediante el reparto masivo de tu abrumador e ínclito retrato, el sentimiento colonial e impotente de ser gobernado por blancos que le entra a uno cuando abre un catálogo de ropa o ve una publicidad en este país. Pero creo que ha llegado la hora, amigo. Si no vas a dimitir, por lo menos aféitate; sí, tu barba es un pobre sustituto para ejercer la autoridad que te falta. Pero detrás de esa falta de autoridad está el fracaso de este falso sistema feudal, de su idiosincrasia fallida e impuesta. Ha llegado la hora en que la sociedad se capacite marginalmente, aunque sea un poco, lo suficiente para autogobernarse y no necesitar sostener a una sociedad fósil con ínfulas de virreinato criollo.

Y lo que realmente debe hacerse en Cartagena no lo vas a poder hacer tú ni podré hacerlo yo. Es un pueblo enorme que depende del turismo y que ha crecido maltrecho, sobreviviendo siempre con un mínimo esfuerzo, aprovechado, acostumbrado al favor, endurecido contra todos. Hay que sacar al turismo de Cartagena, tumbar la muralla, reurbanizar, traer a Jacque Fresco, mestizar los estratos. ¿O matarse, qué? La arquitectura cartagenera se dibuja como un embudo de pobreza. Todo está mal hecho, es ejemplar. Hay que empezar de nuevo. Para hacer eso, me temo que no vamos a servir ninguno de los dos. Yo ni me atrevo a presentarme a la alcaldía: me da suma jartera y me esperaría hasta plomo en represalia. Tú, por lo menos, digo, aféitate. Eso está ampliamente dentro de tus capacidades.

Si quieres, yo mismo te presto la prestobarba…