BLOG PERPETRADO POR

FRANCISCO LEQUERICA

24.12.14

El auge de los lobos:
teleología experimental del terrorismo en solitario


Con inquietante definición, se ha empezado a introducir una nueva amenaza a escala mundial: aquella del desequilibrado, un desconocido que actúa solo y comete un acto de desesperación que resulta arbitrariamente nocivo para la población. El esquema admite ciertas variaciones: se le añade un cómplice, se le troca el arsenal, se le modifica el historial delictivo – pero las numerosas similitudes entre los casos saltan a la vista. A menudo hay influencia del islamismo radical, frecuentemente tratándose de un occidental converso, pero también se registran otras tendencias: ataques a policías o a estructuras gubernamentales, uso de vehículos como armas y previas declaraciones incendiarias en las redes sociales. En todos los casos, reciben un gran porcentaje de tiempo de antena, muy denso, para después desaparecer inmediatamente tras nuevas noticias. Los llaman los lobos solitarios.

Casi invariablemente, estos ataques acaban con el suicidio del desequilibrado o con su ejecución in situ por las fuerzas del orden; en menor proporción, los incidentes concluyen con el arresto del susodicho. Es como si los adolescentes asesinos de las secundarias estadounidenses hubiesen crecido y no se contentasen ya con masacrar la escuela. Es una epidemia. El fin de semana pasado, ha habido dos incidentes en EE UU y tres en Francia; los arrestos preventivos se multiplican en varias naciones. De repente, los policías de muchos países se han puesto a temer por sus vidas y, en el caso reciente de Nueva York, algunos sindicatos han atacado a los poderes civiles, llegando a culpar públicamente al Presidente. Pero tanto policías como legisladores son peones del poder, un poder convulso y en gran parte invisible que proyecta su sombra globalizada sobre nuestra historia presente. Algo se está cocinando, ¿pero qué?

Incluso en lo más turbio de este conflicto, surgen indicios de que buena parte de estos ataques en solitario son lo que aparentan; no parece haber ningún maquillaje ni operación secreta ya que los mismos poderes se empiezan a preocupar por la tendencia en niveles extraoficiales, concretamente a nivel académico. El Instituto Internacional de Contra-Terrorismo (ICT), un organismo con sede en Israel, co-fundado en 1996 por un ex-director del Mossad, publicaba en 2013 el trabajo Trends and Developments in Lone Wolf Terrorism in the Western World de Sarah Teich, en el que se llega a cinco conclusiones basadas en las observaciones recientes de lo que se denomina el fenómeno del lobo solitario

1.) Mayor número de países considerado objetivo de terroristas solitarios,
2.) Mayor número de muertos y heridos causados por terroristas solitarios,
3.) Mayor tasa de éxito por parte de la fuerzas del orden en EE UU al aprehender a terroristas solitarios antes de que pasasen al acto,
4.) Gran prevalencia y tasa de éxito de terroristas solitarios por encima de otros perfiles de terrorista,
5.) Mayor número de militares considerado objetivo de terroristas solitarios.

Asimismo, Sarah Teich menciona en su trabajo la importancia del internet como catalizador colectivo del acto individual y menciona que en innumerables casos, el desequilibrado tenía problemas como el divorcio, lucha por la custodia de hijos, desempleo, enfermedad mental, abuso y demás – condiciones que, según ella, pudo conducirlo al Islam. En suma, el trabajo presenta un perfil posible de un individuo más susceptible que otros de sucumbir al terrorismo en solitario; toda una tesis mal sustentada sobre discriminación preventiva con tintes islamófobos y subvencionada por sionistas. Pero lo que importa aquí es que nadie dirime de los hechos.

La evidente proliferación de casos de desequilibrados arroja luz sobre la evolución del concepto mismo de locura, como también sobre el incremento y naturaleza sensacionalista de la cobertura mediática de estos casos. La locura, tras haberse emparado de la ciencia que quiso convertirla en estudio hasta sucumbir a ella en su barbarie evolutiva, parece haberse apropiado de la tecnología. Desde la Deep Web hasta el carnicero de Utoya, una multitud de desequilibrados, caricaturescamente malos como en las películas de Hollywood, ha invadido el cotidiano y ha incitado a muchos gobiernos a incrementar los efectivos de seguridad y a militarizar la fuerza pública. La guerra es por la información, y ya mediante las redes sociales mucha gente comparte sus datos voluntariamente, vulnerándose a lo impensable. Se ha formado una sensación de fragilidad imprevisible del orden que justifica, para el común de la población, el recrudecimiento de la vigilancia a la vez que abre la puerta al fin de la intimidad y a un mundo Orwelliano y escalofriante. Es la histeria colectiva convertida en síndrome de Estocolmo.

¿Recuerdan el caso de Lee Harvey Oswald, el que supuestamente asesinó a Kennedy? Cada nuevo lobo solitario podría ser una resurrección de Oswald, cambiando el comunismo de uno por el islamismo radical de otros o por el neofascismo de Brevik que plagió (mal, por cierto) los escritos de Unabomber – todo para justificar lejanas guerras y alianzas. Podría ser, una vez más, una estrategia política para llegar a controlar una población mundial que es exponencialmente más grande y con mayor conocimiento y noción de libertad que en el pasado; se puede estar buscando algo que consiga el control sin tener que recurrir a una confrontación masiva. O podría ser, también, que la locura ha llegado a un límite en el que ha de emanar del inconsciente colectivo por el camino de menor resistencia, como cualquier fluido. Y que ese camino de menor resistencia sea por la mente de estos locos. Es posible que la capacidad del ser humano de continuar la historia se haya agotado y que se esté avecinando un inevitable parón absoluto, incidente del que no habrá escapatoria.

No es sorprendente que ahora Brevik haya querido enviar más de 200 cartas a otros radicales que ni conoce personalmente; se da cuenta de que hay negocio tras la proliferación de lobos solitarios, su narcisismo vuela. Y es que, como cualquier organismo que funcionase en un entorno enfermo, el ser humano ha empezado a dar señales de inadaptación y cada vez se hace más común la anomalía. Si nada se hace, la noción de anomalía desaparecerá a su vez, mientras otras ramas de la sociedad sigan avanzando hacia nuevos excesos. La psiquiatría, como visión esencialmente taxonómica y clínica del ser humano, es en gran parte culpable de la emancipación de tales desgarros de locura en la sociedad. El estudio de la mente se ha ido convirtiendo, cada vez más, en un moderador y programador social obediente a los paradigmas del poder. Al clasificar a grupos de humanos artificialmente, a partir del comportamiento observado y la experiencia de su supresión y condicionamiento, lógicamente aparecen más desequilibrados; aparecen cifras allí donde antes no había nada. Son estrategias en forma de simulacro alarmista que desvelan poca cosa sobre nuestro desgaste real como civilización.  

Luego surge que esos desequilibrados son los más frágiles, aunque el desequilibrio no sea – al fin y al cabo – el de ellos sino el de la civilización. No solo son los lobos, sino el rebaño el que se rebela; las calles del mundo arden precisamente por los desequilibrios existentes, causados en gran medida por las políticas agresivas e invasivas del neoliberalismo. Pero cada vez más, las ideas originales se difuminan, se esfuman para ser reemplazadas por acciones y reacciones primarias, programables. El individualismo social y pasivo promovido por las redes y los medios, serializado en patrones consumistas y dependientes, es tan falso y acartonado que solo puede generar un rechazo eventual que estará por entonces, al menos a este ritmo, vacío de significación y de significado, aunque sobrevivirán signos que quizás algunos pocos puedan descifrar e interpretar.

Los desequilibrados quizás sean anticuerpos kamikazes, más allá de la moral de este – o de otro – tiempo. Ya actúan ellos como humanos futuros: simios sin empatía, encadenados a impulsos y contra-impulsos, incapaces de magia o de reflexión. Así como muere la poesía, rezagada como un gato resignado que sobrevive a la llanta que le parte el cuerpo en el cruce solo para buscar un regazo caliente sobre el cual morir, así morirá la ciencia. Con cada cucharada mediática y transgénica que engullimos, se intronizan los últimos estertores de nuestra catástrofe. Por más que suene a ciencia-ficción, surgirá una raza de humanos genética y tecnológicamente modificada, longeva y erudita, privilegiada y escasa, que nos esclavizará y nos dejará morir – asfixiados por patógenos que desde ya nos turban y alteran nuestro comportamiento – para después abandonar el planeta cuando ya no les sirva.