BLOG PERPETRADO POR

FRANCISCO LEQUERICA

21.1.14

Soneto vallenato



Soy hijo de tremendas profecías
y artífice soy de mi propia sed,
así que no me sirva hipocresías
cuando me esté tratando su merced.

Hay algo que de niño ya sabía
y ahora yo le comunico a usted
para que no falle su puntería
ni vaya a dar derecho a la pared;

si fuera más juicioso admitiría
que quiso usted sangrarme hasta la encía
pero va en cuerda floja sin la red

y se le va a caer la mercancía
al demostrarse que su altanería
es plana como una pantalla led. 

15.1.14

De lo que mató a Jattin



flaco desesperanzador
de las cáscaras de estrella en la retina
ensartado en nubes sobrevives
mugiendo entre bichos bruscos
ramificando sin referencias
al umbral de una catarsis

moraleja entre tantos
muchacho frágil que huyes
de costra en costra arrancando
la pintura de las paredes
para depositarla en el lienzo
de tu escogencia

hay síntomas preclaros de la tormenta
pero siempre buscas alguien más
para apaciguarte
alguien que no te conozca
que no haya sufrido albas contigo
ni le importe si sucumbes al sol

prefiero el misterio ¿sabes?
pero aquel que maravilla
al que hace fruncir ceños
aquel que duerme caballos
al que acaba un comején
en un arrebato de madera

si quieres jugar juguemos
más no como juegas tú
porque eso es anticonstitucional
y mató a Jattin y paró de contar
bajo un palmeral
hediondo

14.1.14

Esbozo de una filosofía del teclado



El teclado es una forma de acceder a. El sonido siempre surge detrás de. Lo importante es el cuerpo sonoro y no el acceso a este. Mientras la definición de dicho acceso ha sido objeto de convención, la producción del sonido no, puesto que su exactitud científica no admite debate humano, solo comprensión y adaptación. El sonido existe sin oyentes, sin humanos; el sonido existe, es matemáticamente eterno. Para un instrumento de teclado, el problema ya no radica en la afinación – como para los demás instrumentos que sí tienen contacto con el cuerpo sonoro y cuyos intérpretes los afinan directamente – pero sigue siendo un problema de producción de sonido, aunque quizás es aún mayor en el caso del teclado porque es más restringido el abanico de posibilidades para el control de ese acceso. En efecto, el problema de la afinación en el teclado se ha convertido en una solución teórica de largo alcance histórico y que va mucho más allá que un obstáculo de instrumentista como lo es en otros instrumentos.

El teclado surge como un compromiso mecanizado y es responsable de un progreso musical subyugado a los enigmas fundamentales de su concepción y factura, los cuales son a su vez la adaptación estilizada de un comportamiento natural del cuerpo humano. La aparición del teclado implica siglos de deducciones cumulativas que cambiaron el curso de la música y propulsaron a la herramienta al primer plano por encima de la materia. De la reflexión sobre el teclado surgen las escuelas de la armonía temperada y del contrapunto, las cuales aparecen naturalmente ligadas al ritmo por el carácter percusivo del teclado. De ahí que a menudo se reagrupe erróneamente al instrumento como perteneciente a ambas familias – cuerda y percusión; y es este error fundamental precisamente el que, a la hora del aprendizaje del piano y ligado al empleo incorrecto del peso natural, genera tantos bloqueos para acceder al instrumento, ya que los cuerpos humano y sonoro se deben equivaler.

Una de las principales consecuencias de la abstracción es la teoría, y a menudo esta última es sinónimo de distanciación y de aplanamiento de la materia. La teoría es una perspectiva de la intuición ligada a la experiencia. Examinando esta noción de distanciamiento aparecen pruebas de ella en la propia naturaleza de los instrumentos de teclado, por ejemplo: la fuerza del piano es tal, tan grande la tensión en sus cuerdas que, a la fuerza, la distancia se impuso; los humanos históricamente siempre han buscado estar cada vez más lejos de su objeto, desde la edad de piedra hasta el botón de la bomba nuclear. Lo mismo ocurre con el órgano, gigantesca herramienta de música de viento con teclado – su tamaño es tal que la distancia desde el origen del sonido ha de ser inmensa por necesidad absoluta, como solo se puede apreciar la integralidad de un cuadro dando algunos pasos atrás. Hasta en un acordeón la columna de aire queda sin contacto directo con el intérprete, encerrado en una caja hermética que se controla solamente con teclados exteriores a la caja. Así, la distanciación tanto de la acción como de la percepción sonora con respecto al origen del sonido ha requerido la intervención de un intermediario que es, justamente, el teclado como objeto de acceso.

La definición misma de instrumento como herramienta describe perfectamente la aplicación del teclado como componente activo mas no describe el piano como entidad completa ni valida su función musical. El contacto entre intérprete y cuerda, como es el caso con membrana, golpe o columna de aire, está absolutamente fracturado en el caso único de los instrumentos de teclado y especialmente el del piano, instrumento cuya dicotomía unificó precisamente los parámetros conocidos de la música y sirvió como pretexto para la conquista del timbre. Así es que hoy la música es mayormente concebida por separado del sonido, ya que estamos en una era de grabación y redifusión, de amplificación, de manipulación y de gestión del sonido, lo cual es, con demasiada frecuencia, uno de los tristes síntomas de nuestro alejamiento de la naturaleza como civilización.

El teclado es también el medio de acceso elegido para el sintetizador, el cual ha transformado el paisaje sonoro exacerbando la dicha distancia a través de la amplificación. Así surgen los llamados teclados mudos, samplers y otros controladores – esencialmente su dicotomía es la misma que para otros instrumentos de teclado, pero en estos casos se ve ilustrada una marcada tendencia hacia la exageración de dicha dicotomía y el agravio de sus consecuencias musicales y culturales. Con este tipo de teclado, el origen del sonido es un módulo externo y el cuerpo sonoro ha sido substituido por emuladores. El acceso es eléctrico y digital y opera fuera de las constantes humanas, substituyendo peso por impulso eléctrico a través de un cable que simboliza la máxima distanciación posible entre los módulos, con el acceso literalmente pendiendo de un hilo – la imagen misma de la precariedad de esta era musical.

El propósito de conocer plenamente el origen y las vicisitudes de la ruptura entre el sonido y su producción es el de sanar las heridas que esta separación ha causado en la historia de la música con el fin de volver a establecer una unidad entre músico e instrumento tanto a nivel interpretativo como a nivel conceptual. La solución consiste en acceder físicamente a la cuerda, en un gesto de reapropiación del contacto con el cuerpo sonoro. Este gesto, cabe resaltar, tiene todas las características de una transgresión por lo menos de la función del teclado; es un gesto de desesperación, como de quien tira de un enchufe al estar molesto con el funcionamiento de una máquina. Si acaso, pretende restablecer el equilibrio mediante la imposición de un nuevo plano dicotómico superpuesto al ya existente en todo instrumento de teclado: al funcionamiento normal del instrumento se le yuxtapone un funcionamiento que va contra su naturaleza, anulando la función y por ende la necesidad del teclado. De esta manera, equilibrados los planos, el instrumentista recupera la plena accesibilidad al instrumento.

El teclado, convirtiéndose en accesorio por la deformación consciente de la praxis relativa a su función, cobra un nuevo sentido desde esta perspectiva. Ya no es quien dicta la jerarquización y la dirección de la música pero se convierte en una opción más, dejando así de ejercer un poder hegemónico sobre la historia de la música y facilitando su ramificación hacia la diversidad, la personalidad, la originalidad y el detalle, los cuales parecen ser parámetros musicales cada vez más cercanos a la extinción. La problemática esencial de la interpretación del piano no puede residir en la mecanización de los gestos, ya que esta es una mera formalidad impuesta a todos, una necesidad como las del cuerpo, sin la cual el instrumento no sería concebible como vehículo de acceso a la música. El teclado, ese invento humano tan genial, debe al menos desaparecer de la mente del músico para que se desarrolle su plena utilidad sin afectar el hecho del sonido.  

11.1.14

Las verrugas de Rimbaud



En nuestra búsqueda de la felicidad todos, sin excepción, somos unos chiflados dignos del peor asesinato. Uno lo que viene haciendo, a pesar del gentío fúnebre que acompaña el tedio cotidiano, es combatir el espectáculo infame de la mediocridad, procurar sembrar en medio de la incertidumbre la estocada del amor certero por el mundo, por los seres y por las cosas. Uno procura ahorrarles los golpes a los jóvenes y ellos lo golpean a uno, lo van subsanando con la excusa del respeto a la edad, con el hálito del séquito horrendo de los palos en la cara. Uno reitera, hendido, que lo que hay que subsanar son los golpes, pero el mundo se aferra a la calaña marmórea y persiste en jugarle a uno al béisbol encima del rostro. Uno se sabe justificado, al infligirse milagros de belleza, a exorcizar lo baldío, lo obvio, lo cansado, lo banal, lo moratorio. Nada se hace más vigente que el peso de la muerte, constantemente instigándonos vida en lujosos racimos que nos esforzamos por despreciar. Uno sabe, perfectamente sobrio, que la locura es un invento de moda, que la pericia consiste en celebrar los destinos inauditos y en construir las coincidencias y los afectos. Uno ha pensado, saboreando algún manjar o presenciando alguna naturaleza ajena, en la elocuencia de los sentidos, en la riqueza de la paciencia constructiva, en la necesidad de domar la intuición sin reparar en las consecuencias. Todavía hay quien se pregunta para qué sirve la vida, como si un relámpago pudiese explicarse solo por la ciencia, como si la polvareda sintiera, al levantarse impiadosa, el peso de su acto. Sin embargo, no hay límites y toda frontera es artificial, toda taxonomía es un ritual estúpido, solo donde hay aire se dicen mentiras. Uno va llevándose acuestas las desgracias de los demás como medallas de guerra, acumulando las intemperies como si fueran refugios, desgranando los misterios como si aguantaran resolución o raciocinio alguno. Uno siente, en su perversidad de ser vivo, que las definiciones ya no son necesarias, que el aclamado bálsamo de la locura es solo un mito, que solo hay gente herida, malherida, maltrecha de pasiones guillotinadas. Y que hay que cuidarlos, que solo quien se sabe en ese punto de la evolución puede aceptar sacrificios, que solo quien es guía de sus prójimos tiene acceso al suplicio verdadero, a sufrir en carne propia todo el peso del hambre ajena. Uno sabe, hoy por hoy, que la juventud es un suicidio, que la vejez es un himno a la vida que nadie entona, cuya letra pocos conocen. Desde luego, entre cimientos, los arquitectos de ese mundo emocional se nutren de lo posible, de lo que aún no parece inevitable, predicen catarsis y crisis y se las van implantando como las verrugas de Rimbaud. Allá afuera los demás ni siquiera sospechan que hay quien filtra su mediocridad para la posteridad, que hay quien purifica el suero vital que nos une comiéndose las basuritas de los demás, que hay quien practica la entropía en contra de toda predicción. El miedo no reinará mientras en él pululen estas almas silenciosas. Uno es satélite de los afligidos, portavoz de los hundidos, salvación de los aburridos, columna de los indecisos y esparadrapo del mundo. Nada nos tumbará.