BLOG PERPETRADO POR

FRANCISCO LEQUERICA

27.11.14

#43

Iguala
igual a tantos
no es igual
es desigual

tiene nombre
el nombre se tiene
y no se detiene

mientras te entretienen
te entrenan adrede a ladrar
a taladrarte su teoría
a trepanarte con trucajes

y te han escupido la noticia
aunque sea una
que sea la única

no metas a
Dios en esto
porque esto
no es de Dios

quien calla otorga
otro gallo le canta
al que oye el gatillo

habrán más masacres
es horrible y real
no es un mal
parido poema

26.11.14

Fue Gol de Diomedes
(breve reflexión sobre la mediatización reciente del anti-colombianismo ancestral)



Sigo victorioso sin delinquir ni edulcorar. Por eso volví. Este es un desafío para los imbéciles como yo. Leo un artículo sobre el anti-colombianismo en el extranjero – lo sé, me río, veo algo que compartir en Facebook para que tengan más pruebas los atónitos estos que no han salido del pueblo. No sé qué piensan, si no han visto lo de Ferguson, si nunca vieron la batalla de Seattle ni la de Quebec. Yo sí. Por eso volví. A privilegiarme de tuerto, dirán. Pero en Europa también me los puedo desayunar. Solo que eso es un desafío horriblemente previsible, vale mía.

Cada vez que digo que se está igual o peor, según, por fuera, me miran con OVNIS por ojos. Solo le otorgan autoridad al discurso que pueden prever; aquel que los desconcierta lo apartan. Pero lo reitero – el autoproclamado primer mundo se está cayendo, el descalabro es descomunal, hay un murmullo histórico que eriza la epidermis del hemisferio. Pero aquí nada más fue gol de Diomedes. El tormento tuyo es tu ignorancia congénita. La monotonía de la injusticia en Colombia es peculiarmente lancinante. Se queda pegada como uno de esos olores a brea de las bahías putrefactas de su costa, deglutiendo semillas.

Un pueblo hipertrofiado, donde la cristiandad fanática no ha conseguido que se prohíban los alimentos transgénicos ni la contaminación medioambiental siquiera con el argumento de que modifican brutalmente la obra de Dios, pero gustosamente clama contra aberraciones que ella misma practica tras un velo de conducta desdibujado. Vivimos proceso tras proceso de encarnizamientos descabellados que el mundo ya ha aprendido a observar con aprehensión. Lo único que le hemos sabido mostrar al mundo: Shakira, James y Pablo. Son héroes de la TV y balizas de la juventud. Decididamente, Colombia es lo que parece. Y tiene el turismo que le corresponde, ya que los extranjeros vienen aquí a delinquir desde los piratas, que hasta placa conmemorativa les ponemos. ¿Y por qué el pueblo se levanta contra eso pero no contra Monsanto?

Como han pasado cortados de la realidad mundial en su momento más crítico y que por ende han dejado que perduren conflictos decimonónicos, casi feudales, se ha debilitado la comprensión de la invasión que se ha logrado implantar desde hace ya poco más de un siglo en este país por medio de las empresas multinacionales, especialmente las estadounidenses. Y la guerrilla dejó entender hace mucho tiempo que no la motiva ninguno de los ideales que pretende defender, sino que se trata de un hatajo de criminales equiparable al mismo Estado en su interés por el lucro. Si hubiera una guerrilla o un gobierno de verdad en este país, ya habría terminado la guerra. Pero Uribe y las FARC son una misma cosa y se necesitan mutuamente para existir.

Ante esto, el pueblo yace anonadado a pesar de su pretendido avispe – panem et circensis, pan y circo – aguardando tranquilamente el desatamiento de la última carcajada estúpida, reality o chisme que pueda denigrar a quien hayan celebrado previamente. Y así es que siempre hemos exportado morbo: droga, violencia y sexo. La canciller colombiana María Ángela Holguín opinó al respecto que “la televisión es un negocio pero la gente afuera no entiende esas novelas como se entienden en Colombia, y eso hace un daño inmensamente grande. Es increíble que los propios colombianos hagamos cosas que nos generan una mala imagen”. Se nota que la canciller es pupy y no sale mucho a la calle: no tiene nada de increíble, somos un pueblo que se regocija en lo imperfecto, en lo feo, en lo chambón y en el mismo mal.

De aquí todo el mundo se quiere largar. Pero si eso es lo que se exporta, ese afán de huir, ese abandono de una causa difícil pero merecedora, ¿entonces qué se puede esperar? El aumento de la xenofobia hacia los colombianos tiene sus raíces en Colombia. Cada vez que se van los mejores (y no vuelven ni p’al putas) no dejan atrás más que tres categorías de personas: los que les quieren seguir en el éxodo y aún no han podido ahorrar lo suficiente (la mayoría), las ratas (crecen como tales), y los imbéciles como yo (en vía de extinción y/o falsa positivización). A los colombianos nos odian y nos estigmatizan porque ya nos estigmatizamos nosotros mismos, porque no hacemos nada para remediarlo y esperamos que con un doctorado en los EE UU se podrán solucionar los problemitas de nuestra familia nada más, lo cual es exactamente la misma motivación de un sicario o de un presidente. En breve, aquí todos actuamos, con variabilidad previsible, para salvar el culo propio nada más.

Este pueblo es de huevones que se dejan matar y de otros que claman por la patria, aunque de estos últimos hay en todos lados. Solo aquí se ve que se dejen pisotear tanto. El silencio y la prudencia tienen más vigencia que ese Dios que está en todas las bocas. Prudencia deberían tener ustedes al invocarlo tanto si después siguen injuriando, robando y matando – dicen que eso es pecado. Y que el que calla es cómplice. En los barrios repletos de sparrings y de mototaxistas de ojos saltones se gesta un odio sin límites. Es la única cosa que se ha podido perfeccionar en Colombia mejor que en cualquier parte (la otra es la gaita y a esa, que sí es loable y única, cada vez la tocan menos). Hiere ver hervir tanto odio en este bello país y, sobre todo, duele verlo desparramado impunemente por los foros, siempre con tan mala gramática y ortografía, como si una avalancha troglodita se nos precipitara encima armada con toda la tecnología del nazismo y de internet; ahí está el termómetro del frío que vamos dejando a nuestro paso.

¿La solución? Obliguen por la fuerza a todo el mundo a interpretar música a nivel profesional. Legalicen la droga y apliquen pena de muerte desde hurto simple para arriba. Y digan que es por caridad. Hay países que coquetean demasiado con el totalitarismo amateur para no acabar mereciéndose uno profesional.