BLOG PERPETRADO POR

FRANCISCO LEQUERICA

17.4.15

Sombras y migajas:
mitos de paz y patriarcado en Colombia



Hay que admitir que, al momento de escribir estas líneas, Colombia no está preparada para la paz. Y la prueba surge con las imágenes de la masacre que tantos compartieron ayer por los medios sociales. En Colombia, se han visto sangre y vísceras todo el día, como de costumbre. Hasta un gran amigo, que jamás ha compartido esta clase de videos dignos de Estado Islámico, sucumbió a la fiebre y me confesó que verlo le había aumentado la agresividad en su día.

Sí, es indignante y no cabe duda. Son indignantes tanto la masacre y la impunidad de las FARC como la hipocresía del gobierno con su mesa de diálogos de paz en La Habana. Es indignante que se hayan cumplido recientemente 67 años desde el homicidio de Gaitán, momento desde el cual se agrava una guerra civil ya vieja y recalcitrante, post-colonial, que La Haya y los periódicos se limitan todavía a designar “conflicto armado”; un eufemismo fallido, en todo caso.

En esta parte del globo terráqueo, en que es fértil el negocio del pasquín de sucesos, nos hemos especializado en formas particularmente básicas del pensamiento binario: un ser o no ser llevado a sus últimas consecuencias, y en perfecto desconocimiento de Hamlet, por supuesto. Aquí se es o no se es mamerto, se es o no se es marica, se es o no se es farcsante [sic], se es o no se es castrochavista [sic], se es o no se es estrato seis, se es o no se es una plétora de clasificaciones en blanco y negro, heredadas de una cultura del despojo iniciada por un genocidio selectivo.

En la presente dicotomía social chibchombiana, se distinguen pocas líneas de pensamiento, de las cuales casi ninguna es original. ¿Qué va a saber decir ese pobre hombre al que le mataron al hijo más que pedir que Uribe lo acompañe al sepelio? ¿Qué van a saber hacer los medios más que difundir sangre? ¿Qué harán las redes sino compartirla? Pero pocos distinguen las aterradoras similitudes de todos los grupos armados del país (ejército, policía, guerrilla, paramilitares, narcotraficantes, delincuentes comunes…): todos son hombres armados y uniformados.

El país observa la guerra como un partido de fútbol, porque no hay que pedirle peras al olmo ni esperar mayor análisis ni perspicacia de un pueblo que compra masivamente el Q’hubo y el Al Día o idolatra a James desconociendo la existencia del Dr. Llinás. Recordemos que este es el país que vende su voto por una botella de Old Parr y olvida con facilidad que el gobierno de Uribe jamás se levantó de la mesa de negociaciones del Ralito en circunstancias muy comparables a la actual.

Ya se ven en todas partes homenajes bananeros y demagógicos a los héroes, pero nadie dice quiénes son esos muchachos verdaderamente: los que caen en las batidas ilegales del ejército, los que ejecutan a falsos positivos, los que cayeron porque de arriba vino la orden de no defenderlos para crear este escándalo… Cuando caen guerrilleros se muestran también hombres armados muertos, ensangrentados, pero entonces es el regocijo. Salen a flote los comentarios sanguinarios de vikingos en las redes sociales y en los foros, defendiendo ese vaporoso concepto que es la patria.

Y este es el punto: son lo mismo. Unos y otros, otros y unos, tanto monta, monta tanto. Y si Isabel es sanguinaria e hijueputa, Fernando es sanguinario e hijueputa. Y si Fernando hace telenovelas en Cuba, Isabel hace telenovelas en Cuba. Y si uno pone oleoductos y deteriora el medio ambiente, el otro los vuela y lo empeora. Parece mentira, pobre naturaleza, pobres indígenas: lo que es indignante es lo que les hemos hecho a ellos, y la poca dignidad que tenemos al ignorar nuestras propias raíces. No hay más que pensar que hasta hoy día, la palabra indio es insulto en Colombia… Y se nota, porque Colombia está muy contaminada.

Todos los días mueren fanáticos machistas armados e uniformados en todos los frentes de esta guerra. Unos llevan un uniforme y otros, otro. No hay más diferencia que aquella: cada uno busca ejercer la hegemonía de su patriarcado, y en derredor los animalitos se entretienen con sombras y migajas. Qué hermoso fue ver a aquellos indígenas en Caldas (si no estoy mal) sacar por los pelos a los guerrilleros con una mano y a los soldaditos con la otra. Y cuando me regocijé en la cantina en que estaba almorzando al ver la noticia (pues no tengo TV desde el siglo pasado), todos se voltearon a ojearme la pinta. Malparidos, sé que me matarían, luego ¿qué paz? ¿qué otro argumento necesito para estar en contra de esa débil idea?

Y después existe esta imagen hippie de la paz, ese discursito trillado, new-age, lo que Coelho se copió de Gibran y se comparte en meme mal ortografiado por ahí – esa izquierda escandalizable y núbil que ya es izmierda, como dicen en los infiernos de los foros. Hay una pizca de peligrosa ingenuidad en esa gente que cree que porque ellos estén en paz, los demás mágicamente alinearán sus chakras. Y con cada documental de NatGeo que veneran, la violencia de la naturaleza les resbala; en su narcisismo humano, creen que están por encima del animal, donde un aura caritativa les envuelve.

Si Colombia se atreviese a votar en blanco, otro gallo nos cantaría – pero eso también resulta tan utópico como querer que alguien se preocupe por las demás masacres que nadie comparte: las de mujeres y niños en sus cristianas familias, las de homosexuales y lesbianas, las de transexuales, en cualquier lugar de este país, las de cualquiera que demuestre ser o pensar de manera diferente o que no entre dentro de ninguno de los esquemas previamente asignados por esta estrecha sociedad. Quien difiera, quien dirima, es la víctima en Colombia. Y será víctima en nombre del Dios de los colonizadores, cabe decirlo.