BLOG PERPETRADO POR

FRANCISCO LEQUERICA

13.6.15

Dubái en silencio


Tener certeza tanto de la calamidad como de una victoria eventual; del desgaste, hora tras hora, hacia una gloria inaudita. Tener a la vez una autoestima vencida y una reserva latente de fantasmagoría útil. Deflagración de flores, bomba disimulada en un ramo, así venimos siendo.

Una imagen de contrarios que se yuxtaponen, de improbabilidades necesarias. Aullar, al fondo de un túnel perfectamente iluminado. Olvidar la luz natural, el cielo en tensión. De un túmulo surgen, a paso ligero, todas las incongruencias, las inverosimilitudes, las contradicciones, las incomprensiones.

Hay un hematoma de verdad en el presente. Se agrietan las sinapsis en esta dirección. ¿Y por quién nos tomarían si intentásemos vivirlo todo al revés? Ay, es que no lo entiendo. Ay, pero ¿de qué habla tu poema? (No es un poema, joder: es un arma blanquecina al umbral de tus entrañas.)  

La reproducción humana, esa irresponsabilidad, contraria a la razón, nos inunda. El genoma se divierte: tema y variaciones. Variaciones que después compiten entre sí, vulgarmente, sin cansarse de pretender reparar, subsanar, corregir, mejorar, aumentar y pegar curitas sobre una hemorragia abierta. 

Si se ha de luchar, que sea por el silencio.

Observando a esos locos de Dubái y a sus fálicos rascacielos, mientras sus mujeres siguen oprimidas, uno solo puede constatar la inutilidad del concepto de la construcción (del ladrillo a la cirugía estética), la futilidad unidireccional del llamado progreso, esa bulla sin fin.

Observando a esos banqueros dictatoriales y a sus opulentas mansiones, enquistadas de lujos estratosféricos y de seguridad privada, uno solo puede darse cuenta de que están hechas para caer – algún día – en manos de una turbamulta furiosa.

Es imposible no darse cuenta de que todo lo valioso se ignora o se destruye. Y también queda claro que, más que esculturas y papiros, legaremos pilas de basura multinacional a los arqueólogos del futuro. Nuestra civilización y su terco afán de acumular una memoria selectiva y materialista han acabado con la factibilidad del presente.

Si nos detuviéramos, la memoria colectiva volvería: se alberga en el hipotálamo, grabada en los tejidos prehistóricos como daguerrotipos genéticos. Pero tenemos prisa, tenemos hambre, tenemos hijos, tenemos TV, tenemos wifi, tenemos facturas por pagar. Y lo que no tenemos, ya no lo tenemos.  

Duré años entusiasmado por alimentar y vivir un cambio solidario en la humanidad. Cioran decía que todo hombre piensa que su época es la más significativa de la Historia. Pero todo entusiasmo tiene su correspondiente decepción, como toda mansión de banquero será derribada, como el desierto volverá a reclamarse a Dubái.  

Me fui percatando, entre lecturas y acciones, que la historia escrita había tergiversado esos cambios en el pasado, que todos los momentos mágicos de la historia eran mitos de vencedores anotados por monjes o periodistas de pacotilla. Me di cuenta de que nada iba a cambiar, y yo menos. Me fundí, creo que lo llaman el fin de la juventud.

A muchos, a cierta edad se les activa un piloto automático. Generalmente, al reproducirse. Efectivamente, el cambio ha de ser químico y algunos debemos de ser alérgicos a esos compuestos, por fortuna. El hecho es que, de lo que podrían haber sido y hecho, no acaban logrando nada ya que lo sacrifican todo por participar en esa absurda proliferación del genoma.

La capacidad analítica que le otorgué durante mucho tiempo al colectivo humano me resultó, al principio, difícil de encontrar; fue después, malherido, que supe que había creído en un espejismo. La tal sociedad, el tal colectivo, el mismo apelativo humano, me resultaron risibles, inexistentes. Pasé al cinismo oscuro, por si acaso.

Y, sí, uno encuentra humanos, generalmente en estado avanzado de suicidio con arma de fuego lento. Nos reconocemos rápidamente, sin mayor dificultad. Existe entonces la supervivencia por consuelo, el abrazo entrecortado de la vida apuñalándonos las costillas.

No duramos tanto, ni es necesario. Pronto se aprende a morir, se es experto. Pero no está dado a cualquier tonto. Claro, después hay quienes duran porque le agarran gusto al olvido; pero esos son pocos, y se suelen morir sonriendo, de viejos, con una de esas serenidades que asustan.

Es una búsqueda, una conquista del silencio. Y creemos que somos almas viejas porque buscamos desesperadamente ese silencio como si ya lo conociéramos, como si fuera nuestra patria o nuestra bandera, plegada impecablemente sobre el ataúd u ofrecida a la viuda.

Si se ha de luchar, que sea por el reposo.