BLOG PERPETRADO POR

FRANCISCO LEQUERICA

16.6.15

Leyes de mangosta


Habiéndose estudiado el lenguaje vocalizado de ciertos tipos de mangosta endémicos del continente africano, se ha llegado a la conclusión de que éstas ya forman y comprenden frases cotidianamente desde su más temprana edad. En un reciente documental de vulgarización científica de la BBC, se revela que cada mangosta del grupo tiene un nombre propio que adjunta a un verbo, lo cual permite saber al grupo el reparto de sus actividades y las localizaciones de cada miembro. En todo sentido, queda claro que han desarrollado un lenguaje complejo con el que rigen una sociedad rica y equilibrada.

Cabe preguntarse hasta dónde llega la denominación del lenguaje y si las variaciones de calor del sol en sí, por ejemplo, al poner en marcha un sinfín de procesos, no significan también un lenguaje. Y es que todo comunica, aunque lo que más nos impresiona como humanos (perdidos como estamos en las ramificaciones de un lenguaje cada vez más estandarizado, controlado e ineficaz) son las manifestaciones del lenguaje complejo en el reino animal que más se asemejan al nuestro, en las que quisiéramos ver lo que llamamos alma.

Al humano soberbio, obseso taxonómico, sapiens por definición propia, le sorprende aún que otros elementos definan el mundo; y esa sorpresa esconde el hecho que el humano se siente amenazado por cualquier noción que lo aparte de su privilegiada posición en una jerarquía de su invención. Esa misma jerarquización, se la inflige a sí mismo, mediante su desprecio masivo del ecosistema, mediante la esclavización constante (física o financiera, lo cual acaba siendo igual) y el afán de clasificar a los demás miembros del grupo.

Llama la atención hoy día la ambigüedad que existe en el lenguaje legal, especialmente en legislaciones recientes relativas al control y a la vigilancia de la población que están surgiendo en muchos estados del planeta. Algunos artículos del nuevo código de policía colombiano (que se aprobaría hoy mismo), sobre todo los que están incluidos en la sección llamada “Medios de policía y medidas coercitivas”, se parecen peligrosamente a la nueva ley C-51 canadiense, al nuevo plan de seguridad de Turquía, también del 2015, y a otras legislaciones mundiales que, progresivamente, han transformado los poderes policiales en una fuerza militarizada con tecnologías de alto calibre y claras ínfulas de privatización sistemática. Quizás sea de esta represión organizada que tanto se habla a puertas cerradas en las cumbres políticas internacionales...

En todas estas leyes, la vaguedad de ciertas terminologías deja incertidumbres, lo cual es una puerta abierta a la institucionalización de las violaciones a los derechos humanos. La libertad de expresión es algo de por sí demasiado difícil de definir: ¿qué, dicho o escrito en qué contexto, constituye una amenaza real? Sin las debidas  aclaraciones, la vía queda libre para interpretaciones individuales de la ley, lo cual es un ultraje a la naturaleza y al propósito de ésta, que debería asumirse sin privilegios ni ambigüedades y aplicarse en igualdad de condiciones. 

Pero volvamos a las mangostas: sus frases, a través de la evolución, desembocaron probablemente en lo que hoy conjeturamos como el idioma protoindoeuropeo, que fuera – a pesar de no haber rastro tangible de ella – la madre de todas las lenguas humanas. Es lógico que haya un parentesco entre estas mismas líneas y el cacareo de cualquier gallina – y a menudo el lenguaje humano se asemeja demasiado al de ciertos animales. El elemento donde parecen diferir es precisamente su capacidad de abstracción: el lenguaje animal suele expresar solo el presente mientras que el de los humanos está ampliado (o disminuido, según se mire) con proyecciones, abstracciones, dudas e inferencias.

¿En qué, si acaso, nos han servido estas protuberancias del lenguaje? Los animales también saben formular preguntas y oponer conceptos, aunque no hay prueba de que pongan en peligro al ecosistema al hacerlo. En contraste, el lenguaje humano ha sido el principal motor del llamado progreso técnico de la humanidad, así como ha tomado un valor sagrado (todas las religiones se basan en una palabra divina). En base a estas características, el lenguaje se ha convertido en un complejo instrumento de imposición/oposición y se ha ido alejando de su calidad descriptiva y de su poder de generación de imaginarios.

El declive artístico, la deriva estética de nuestra civilización se deben principalmente al empobrecimiento del lenguaje en manos de tecnocracias materialistas que manejan un proceso severamente asimétrico de mundialización. Para quienes orquestan estudiadamente estos esquemas, la explosión demográfica mundial y el próximo agotamiento de los recursos que requieren para prosperar en sus negocios, representan problemáticas cruciales que están buscando subsanar por todos los medios. La presente situación geopolítica del planeta se debe en gran parte a una reorganización necesaria para garantizar el éxito de sus planes. Obviamente, estos planes excluyen a buena parte de la población mundial.

De la misma manera que muchos conceptos de ciencia-ficción que pertenecían al patrimonio de lo imaginario están pasando a ser realidades, buena parte de aquello a los que estamos expuestos en materia de lenguaje recupera símbolos anteriores y los usa para programarnos con una utilidad ajena. Mientras Tom Cruise, el multimillonario cienciólogo que no envejece, aparece en una pantalla usurpando las obras de H.G. Wells o de Philip K. Dick, la población va olvidando poco a poco todo lo que vino antes.

Lo más probable es que, en nuestra desenfrenada carrera hacia un mundo segregado en todos sus parámetros, estemos instigando nuestra extinción. Pronto, un poco como con la neolengua de 1984, nuestras conversaciones estarán esterilizadas en contenido y aseptizadas en propósito: quedará poco por decir y habrá pocas ocasiones para decirlo. A juzgar por el contenido de muchas letras de música popular, del pop banal al siniestro reggaetón que hace mella en toda cultura, en este mismo momento la gran mayoría de humanos no tiene mayor necesidad discursiva que la de un hatajo de mangostas. Pero, a diferencia de ellas, nosotros sí le hacemos daño al prójimo.