BLOG PERPETRADO POR

FRANCISCO LEQUERICA

8.6.15

Pegida, Disney y el arroyo de la 84


Hay que escoger sus alarmismos.

Para algunos, es el arroyo de la 84; es la crecida del caudal que se lleva perros y taxis. Se le lleva la máquina del raspao al man del raspao y la moto al sicario: el alarmismo se ensancha en ellos. Y explota el transformador en un amasijo de cables y centellas.

Para muchos, es alarmante ver cómo el Islam se propaga por Europa. En realidad, se estima que la proporción de población musulmana en ese continente pase de un 6% en 2010 a un 8% en 2030. Debió de ser alarmante para los Neandertales ver como los Cromañones invadían Europa. 

A otros les alarma el clima, el deslizamiento polar, las mareas crecidas devorando litorales y temen al caos en que desenlace nuestra adicción al petróleo. Han pagado por ver cómo sería en un cine, aunque lo puedan ver gratis en la 84. En realidad, el sol, al expandir su masa, deglutirá a la tierra dentro de algunos cientos de millones de años.

Todo – dicen – es cuestión de perspectiva. Es Kant que explota en Big Bang y sigue en raíles cartesianos su loca y calculada carrera. Y a muchos también les alarma la quietud, lo plano, lo etéreo.

Nos han educado con pequeñas memorias y pequeñas capacidades de concentración. Antes un público entendía una forma sonata, le tenía paciencia a una ópera. Ahora en el cine nadie se calla: van a comer crispetas, sorber azúcar con gas y a dárselas de críticos durante dos horas.

En la era de la imagen, nada es más valioso que un eslogan y nada es más inútil que un párrafo.

La predilección de muchos de los compositores de mi generación por lo estático (y supuestamente extático) es algo que, tal y como lo discutía con un colega quebequense que también se siente algo enajenado en su enfoque, toma proporciones desmesuradas y – crucialmente – sigue alejando al público de los conciertos.

En este sentido, el de vaciar las salas y crear minúsculos guetos autosuficientes, invalidando las instituciones como focos creativos y convirtiéndolas en máquinas hegemónicas de vicios académicos plagados de burocracia, las nuevas élites de la música contemporánea internacional son herederas dignas de los serialistas, de los post-serialistas y de sus malditas madres.

Pero hay que escoger sus alarmismos.

El drama del siglo XXI será la incomunicación entre culturas inevitablemente interpuestas e impuestas entre sí. El traductor Google jamás podrá conllevar todo el giro cultural de lo que es endémico a una semántica del lenguaje; pero será el enfoque de la multinacional impersonal el que erradique, precisamente, ese giro endémico de toda cultura.

En este contexto, queda cada vez más claro que nuestros alarmismos no los escogimos nosotros. El capitalismo fundamentalista implica una desresponsabilización de la humanidad a través de una inflación del sector terciario (servicios) y de una inflación del valor otorgado a la academia (diplomas). Ni siquiera estamos capacitados para tener una variedad de alarmismos; aunque somos especialistas del que se nos haya impuesto.

Por eso reitero: hay que escoger sus alarmismos. Por sí mismo. Y que no nos hagan campaña.

Mientras tanto, ¿cuántos estamos capacitados realmente para ejercer el voto, por ejemplo? (…) Exactamente, y se nota. Dejemos de culpar a un político por ser – al fin y al cabo, lo que es – un político.

¿Cuántos estamos capacitados realmente para ejercer la labor que tenemos pendiente? (…) Es correcto, y se nota. Este es un mundo chambón y lambón, donde un diploma se compra. Este es un mundo lleno de ignorantes terriblemente poderosos.

Si el karma como la sharia se compra, ¿para qué quiero vivir en un DVD de Pegida, de Disney, de reggaetón o de Estado Islámico? Eso que llaman cultura ya es un invento de poca monta, que si alguien lo monta se desmonta. Nadie tiene las gónadas de parar, de cesar, de detenerse – pero ¡cómo los calla el aguacero… y qué olor onírico a mi tierra mojada, dama de los elementos, así me inunde la casa!