BLOG PERPETRADO POR

FRANCISCO LEQUERICA

27.10.15

Mayday boytoy


Antepuse el momento en que la azafata me preguntaría por té, café, agua, gaseosa y me hice el dormido. Con el entrenamiento que les pagan a estos sobrecargos, debería saber lo que eso quiere decir – pienso – y no me equivoco: ni se molesta en preguntarme. El señor no quiere nada, dice su yo corporativo mientras se apresura a preguntarle a mi compañero de asiento. Y por primera vez oigo su voz claramente, es cristalina aunque lo suficientemente grave. Debe de estar listo, paradito en su punto. Si el avión se fuese a estrellar, le robaría un beso. Sería egoísta; aunque sería una muerte humana. Por eso ya no voy a las piscinas: pasé mi adolescencia escondiendo erecciones acuáticas y escogí entumecerme y anestesiarme hasta la estupefacción. No porque fuese más fácil, porque no lo es – por curiosidad, mejor. Por eso, cuando el avión, aquel espermatozoide de fibra y metal en que nos desplazábamos, se dejó caer de su cornisa de crucero con un aspaviento contra el viento, cuando urracas nos agujereaban las tripas en la caída libre, decidí lo imposible. Me inmiscuí en la cabina de mando chutando su portezuela y tomé el control, reduciendo motor a idle y tirando de la columna con precaución, mientras espetaba un mayday en todas las frecuencias. Debí apagar el motor 1 y activé el APU. Establecí contacto con la torre del aeródromo más cercano y pedí todos los servicios de emergencia al aterrizaje. Puse rumbo al VOR y tomé tierra antes que sucumbir al asfalto rayado de demarcaciones. Y ya a salvo e ilesos todos, encontré al muchacho titubeando en la pista, reponiéndose de su experiencia. Fui hacia él con las palmas abiertas y me miró con iridiscencia y picardía. En el preciso instante de plantarle yo el beso con la bemba desplegada, llegó la policía a sacarme del avión. Eran las 16:37 y ya había perdido mi conexión.