BLOG PERPETRADO POR

FRANCISCO LEQUERICA

17.6.15

Nunca fue tan fácil ser terrorista


Si vive usted en Colombia, desde hoy la policía puede entrar a su casa por las buenas y sin orden judicial. Así, porque sí. En cada vez más países, es así. No necesitan un motivo real, solo esbozar esa confusa noción de la sospecha. Y en el caso de que la policía ingresase a su vivienda a robar o a matar (lo cual no es inaudito), no se sorprenda si el eventual denuncio interpuesto no da sus frutos. 

Si usted vive en España, desde el 1º de Julio, no se podrá criticar gran cosa en las redes sociales ni en público, y menos a la Familia Real. Si usted lo hace, será judicializado como terrorista. Desde el atentado a la sede de la revista Charlie Hebdo (el 9/11 europeo), las comúnmente denominadas leyes mordaza han proliferado en Europa.

Si está usted en Canadá, le acecha la temida ley C-51, fiel copia de las ya mencionadas y de muchas otras que se extienden desde inicios de la década en todo el mundo. Francia, Nueva Zelanda, Inglaterra, Brasil, Rusia, Venezuela, Turquía… muchos son los países que adoptan leyes abusivas e invasivas para, dicen, protegernos de los terroristas. 

El terrorismo está de moda. Desde luego, nunca fue tan fácil ser terrorista. Es algo que surge ya sin que uno se lo proponga. Es como cuando a uno lo matonean en el colegio y que lo impactan con un nutrido rosario de groserías.

Y sino, que se lo pregunten a las autoridades gringas, para quienes Arnold Abbott, un hombre de 90 años que repartía comida a los indigentes en Fort Lauderdale (Florida) mereció varios arrestos por esa buena acción. Que lo digan las familias de todos los que ha asesinado la policía en ese país. Y por si fuera poco, el ejército estadounidense invadió Irak y hasta la fecha no han encontrado las armas de destrucción masiva que fueron a buscar en un principio.

En Francia, los líderes de los países que ahora están protagonizando esta deriva legislativa, enlazaron sus brazos y secuestraron la noción de la libertad de expresión entre velitas y farándula, mientras echaban al humorista Dieudonné tras las rejas por haber mostrado su desacuerdo con ese circo del Je Suis Charlie.

En francés, je suis significa a la vez yo soy y yo sigo a (Charlie), como un borrego. Somos “seguidores”, es nuestro lema: seguimos tendencias, trinos de Twitter. Y un twit, en inglés, es un cretino (como da fe de ello el libro The Twits de Roald Dahl, el padre de muchos otros mundos usurpados y recuperados). Twitter sería algo así como el cretinizador (esto ya lo dejó claro el cantautor belga Stromae).

Y en Google, cuando uno busca imágenes de libertad de expresión, generalmente salen estos gobernantes, en ese día en que salieron por Paris seguidos de filas de cretinos, con las cabezas hundidas en sus pequeñas pantallas. Y es mentira, ya no hay libertad de expresión; como tampoco hay memoria, ni concepto, ni propósito, ni creación, ni rincón del mundo que no se hayan apropiado, que no hayan transformado a su capricho.

Y vienen por nosotros.

¿Qué será de este blog? Ni Hitler ni Mao tuvieron GPS. A este blog, por el momento, lo salva el hecho de que quien lo escribe no es nadie, que nadie lo lee. Pero las paredes se van cerrando y se instala una claustrofobia planetaria. Cualquiera tendría ganas de irse a Islandia… allí donde metieron en la cárcel a los banqueros que querían pasar el costo de sus propias crisis a la población.

Hace aproximadamente una semana, empezaron a aparecer testimonios, fotografías y videos de lo que parecía ser un ejercicio militar de dimensiones sin precedentes en algunos estados del sur de los EE UU. Al tiempo, Rusia realiza el despliegue militar más grande jamás conocido en el Báltico mientras anuncia nuevo arsenal nuclear, superior al de la antigua URSS.

¿Qué está pasando? Vienen por nosotros, repetimos.

Observemos como Hollywood siempre ha tenido tendencia a predecir el futuro y, sobre todo, a preparar a la población (convertida en público de seguidores) a cualquier posibilidad. Nuestra insensibilización a una avalancha de terrorismo y sangre sin sentido filosófico (solo es escándalo porque nunca hay historia, ya que en Shakespeare, por ejemplo, también hay harta sangre pero con sentido) solo induce a la indiferencia frente a una realidad que está calcada en las películas, y nos aleja del prójimo.

Lo que sea que vaya a ocurrir, se van a ocupar de que no lo podamos contar. Lo que sea que se prepara, se parece a alguna o varias películas que ya hemos visionado, que están en nuestro subconsciente. Nos han preparado para esto y nuestra pasiva mediocridad, nuestras guerras internas, nuestros prejuicios, nuestros intereses y prioridades individuales, nuestras actitudes – todas ellas denotan que estamos listos.

No nos podemos dejar avasallar por el fanatismo y la anticonstitucionalidad. ¿De qué, sino, habrán servido tantos siglos de lucha para emancipar a las mujeres, a las etnias, a las orientaciones sexuales, a las orientaciones políticas? ¿Todo esto, para nada? Cierto es que la historia está hecha de ciclos sucesivos, progresistas y luego reaccionarios; pero las consecuencias, ya de porte medioambiental, se han salido de toda proporción humana.

Por eso, y antes de que pase, solo quiero dejarle claro al policía que se le ocurra invadir mi morada, que llevaré mi defensa hasta las últimas consecuencias de vida o muerte. Y lo juro solemnemente. De paso, reitero que no reembolsaré los más de 15 mil dólares completamente imaginarios que debo a un banco en Canadá por el pago de mis estudios ni lo que debo a los bancos de Inglaterra por la misma razón. Fuck you all!

Parece mentira: es ya el ocaso. Muchos morirán en un cine, con las pupilas titilantes, sin haber sabido de qué. 

16.6.15

Leyes de mangosta


Habiéndose estudiado el lenguaje vocalizado de ciertos tipos de mangosta endémicos del continente africano, se ha llegado a la conclusión de que éstas ya forman y comprenden frases cotidianamente desde su más temprana edad. En un reciente documental de vulgarización científica de la BBC, se revela que cada mangosta del grupo tiene un nombre propio que adjunta a un verbo, lo cual permite saber al grupo el reparto de sus actividades y las localizaciones de cada miembro. En todo sentido, queda claro que han desarrollado un lenguaje complejo con el que rigen una sociedad rica y equilibrada.

Cabe preguntarse hasta dónde llega la denominación del lenguaje y si las variaciones de calor del sol en sí, por ejemplo, al poner en marcha un sinfín de procesos, no significan también un lenguaje. Y es que todo comunica, aunque lo que más nos impresiona como humanos (perdidos como estamos en las ramificaciones de un lenguaje cada vez más estandarizado, controlado e ineficaz) son las manifestaciones del lenguaje complejo en el reino animal que más se asemejan al nuestro, en las que quisiéramos ver lo que llamamos alma.

Al humano soberbio, obseso taxonómico, sapiens por definición propia, le sorprende aún que otros elementos definan el mundo; y esa sorpresa esconde el hecho que el humano se siente amenazado por cualquier noción que lo aparte de su privilegiada posición en una jerarquía de su invención. Esa misma jerarquización, se la inflige a sí mismo, mediante su desprecio masivo del ecosistema, mediante la esclavización constante (física o financiera, lo cual acaba siendo igual) y el afán de clasificar a los demás miembros del grupo.

Llama la atención hoy día la ambigüedad que existe en el lenguaje legal, especialmente en legislaciones recientes relativas al control y a la vigilancia de la población que están surgiendo en muchos estados del planeta. Algunos artículos del nuevo código de policía colombiano (que se aprobaría hoy mismo), sobre todo los que están incluidos en la sección llamada “Medios de policía y medidas coercitivas”, se parecen peligrosamente a la nueva ley C-51 canadiense, al nuevo plan de seguridad de Turquía, también del 2015, y a otras legislaciones mundiales que, progresivamente, han transformado los poderes policiales en una fuerza militarizada con tecnologías de alto calibre y claras ínfulas de privatización sistemática. Quizás sea de esta represión organizada que tanto se habla a puertas cerradas en las cumbres políticas internacionales...

En todas estas leyes, la vaguedad de ciertas terminologías deja incertidumbres, lo cual es una puerta abierta a la institucionalización de las violaciones a los derechos humanos. La libertad de expresión es algo de por sí demasiado difícil de definir: ¿qué, dicho o escrito en qué contexto, constituye una amenaza real? Sin las debidas  aclaraciones, la vía queda libre para interpretaciones individuales de la ley, lo cual es un ultraje a la naturaleza y al propósito de ésta, que debería asumirse sin privilegios ni ambigüedades y aplicarse en igualdad de condiciones. 

Pero volvamos a las mangostas: sus frases, a través de la evolución, desembocaron probablemente en lo que hoy conjeturamos como el idioma protoindoeuropeo, que fuera – a pesar de no haber rastro tangible de ella – la madre de todas las lenguas humanas. Es lógico que haya un parentesco entre estas mismas líneas y el cacareo de cualquier gallina – y a menudo el lenguaje humano se asemeja demasiado al de ciertos animales. El elemento donde parecen diferir es precisamente su capacidad de abstracción: el lenguaje animal suele expresar solo el presente mientras que el de los humanos está ampliado (o disminuido, según se mire) con proyecciones, abstracciones, dudas e inferencias.

¿En qué, si acaso, nos han servido estas protuberancias del lenguaje? Los animales también saben formular preguntas y oponer conceptos, aunque no hay prueba de que pongan en peligro al ecosistema al hacerlo. En contraste, el lenguaje humano ha sido el principal motor del llamado progreso técnico de la humanidad, así como ha tomado un valor sagrado (todas las religiones se basan en una palabra divina). En base a estas características, el lenguaje se ha convertido en un complejo instrumento de imposición/oposición y se ha ido alejando de su calidad descriptiva y de su poder de generación de imaginarios.

El declive artístico, la deriva estética de nuestra civilización se deben principalmente al empobrecimiento del lenguaje en manos de tecnocracias materialistas que manejan un proceso severamente asimétrico de mundialización. Para quienes orquestan estudiadamente estos esquemas, la explosión demográfica mundial y el próximo agotamiento de los recursos que requieren para prosperar en sus negocios, representan problemáticas cruciales que están buscando subsanar por todos los medios. La presente situación geopolítica del planeta se debe en gran parte a una reorganización necesaria para garantizar el éxito de sus planes. Obviamente, estos planes excluyen a buena parte de la población mundial.

De la misma manera que muchos conceptos de ciencia-ficción que pertenecían al patrimonio de lo imaginario están pasando a ser realidades, buena parte de aquello a los que estamos expuestos en materia de lenguaje recupera símbolos anteriores y los usa para programarnos con una utilidad ajena. Mientras Tom Cruise, el multimillonario cienciólogo que no envejece, aparece en una pantalla usurpando las obras de H.G. Wells o de Philip K. Dick, la población va olvidando poco a poco todo lo que vino antes.

Lo más probable es que, en nuestra desenfrenada carrera hacia un mundo segregado en todos sus parámetros, estemos instigando nuestra extinción. Pronto, un poco como con la neolengua de 1984, nuestras conversaciones estarán esterilizadas en contenido y aseptizadas en propósito: quedará poco por decir y habrá pocas ocasiones para decirlo. A juzgar por el contenido de muchas letras de música popular, del pop banal al siniestro reggaetón que hace mella en toda cultura, en este mismo momento la gran mayoría de humanos no tiene mayor necesidad discursiva que la de un hatajo de mangostas. Pero, a diferencia de ellas, nosotros sí le hacemos daño al prójimo.

13.6.15

Dubái en silencio


Tener certeza tanto de la calamidad como de una victoria eventual; del desgaste, hora tras hora, hacia una gloria inaudita. Tener a la vez una autoestima vencida y una reserva latente de fantasmagoría útil. Deflagración de flores, bomba disimulada en un ramo, así venimos siendo.

Una imagen de contrarios que se yuxtaponen, de improbabilidades necesarias. Aullar, al fondo de un túnel perfectamente iluminado. Olvidar la luz natural, el cielo en tensión. De un túmulo surgen, a paso ligero, todas las incongruencias, las inverosimilitudes, las contradicciones, las incomprensiones.

Hay un hematoma de verdad en el presente. Se agrietan las sinapsis en esta dirección. ¿Y por quién nos tomarían si intentásemos vivirlo todo al revés? Ay, es que no lo entiendo. Ay, pero ¿de qué habla tu poema? (No es un poema, joder: es un arma blanquecina al umbral de tus entrañas.)  

La reproducción humana, esa irresponsabilidad, contraria a la razón, nos inunda. El genoma se divierte: tema y variaciones. Variaciones que después compiten entre sí, vulgarmente, sin cansarse de pretender reparar, subsanar, corregir, mejorar, aumentar y pegar curitas sobre una hemorragia abierta. 

Si se ha de luchar, que sea por el silencio.

Observando a esos locos de Dubái y a sus fálicos rascacielos, mientras sus mujeres siguen oprimidas, uno solo puede constatar la inutilidad del concepto de la construcción (del ladrillo a la cirugía estética), la futilidad unidireccional del llamado progreso, esa bulla sin fin.

Observando a esos banqueros dictatoriales y a sus opulentas mansiones, enquistadas de lujos estratosféricos y de seguridad privada, uno solo puede darse cuenta de que están hechas para caer – algún día – en manos de una turbamulta furiosa.

Es imposible no darse cuenta de que todo lo valioso se ignora o se destruye. Y también queda claro que, más que esculturas y papiros, legaremos pilas de basura multinacional a los arqueólogos del futuro. Nuestra civilización y su terco afán de acumular una memoria selectiva y materialista han acabado con la factibilidad del presente.

Si nos detuviéramos, la memoria colectiva volvería: se alberga en el hipotálamo, grabada en los tejidos prehistóricos como daguerrotipos genéticos. Pero tenemos prisa, tenemos hambre, tenemos hijos, tenemos TV, tenemos wifi, tenemos facturas por pagar. Y lo que no tenemos, ya no lo tenemos.  

Duré años entusiasmado por alimentar y vivir un cambio solidario en la humanidad. Cioran decía que todo hombre piensa que su época es la más significativa de la Historia. Pero todo entusiasmo tiene su correspondiente decepción, como toda mansión de banquero será derribada, como el desierto volverá a reclamarse a Dubái.  

Me fui percatando, entre lecturas y acciones, que la historia escrita había tergiversado esos cambios en el pasado, que todos los momentos mágicos de la historia eran mitos de vencedores anotados por monjes o periodistas de pacotilla. Me di cuenta de que nada iba a cambiar, y yo menos. Me fundí, creo que lo llaman el fin de la juventud.

A muchos, a cierta edad se les activa un piloto automático. Generalmente, al reproducirse. Efectivamente, el cambio ha de ser químico y algunos debemos de ser alérgicos a esos compuestos, por fortuna. El hecho es que, de lo que podrían haber sido y hecho, no acaban logrando nada ya que lo sacrifican todo por participar en esa absurda proliferación del genoma.

La capacidad analítica que le otorgué durante mucho tiempo al colectivo humano me resultó, al principio, difícil de encontrar; fue después, malherido, que supe que había creído en un espejismo. La tal sociedad, el tal colectivo, el mismo apelativo humano, me resultaron risibles, inexistentes. Pasé al cinismo oscuro, por si acaso.

Y, sí, uno encuentra humanos, generalmente en estado avanzado de suicidio con arma de fuego lento. Nos reconocemos rápidamente, sin mayor dificultad. Existe entonces la supervivencia por consuelo, el abrazo entrecortado de la vida apuñalándonos las costillas.

No duramos tanto, ni es necesario. Pronto se aprende a morir, se es experto. Pero no está dado a cualquier tonto. Claro, después hay quienes duran porque le agarran gusto al olvido; pero esos son pocos, y se suelen morir sonriendo, de viejos, con una de esas serenidades que asustan.

Es una búsqueda, una conquista del silencio. Y creemos que somos almas viejas porque buscamos desesperadamente ese silencio como si ya lo conociéramos, como si fuera nuestra patria o nuestra bandera, plegada impecablemente sobre el ataúd u ofrecida a la viuda.

Si se ha de luchar, que sea por el reposo. 

8.6.15

Pegida, Disney y el arroyo de la 84


Hay que escoger sus alarmismos.

Para algunos, es el arroyo de la 84; es la crecida del caudal que se lleva perros y taxis. Se le lleva la máquina del raspao al man del raspao y la moto al sicario: el alarmismo se ensancha en ellos. Y explota el transformador en un amasijo de cables y centellas.

Para muchos, es alarmante ver cómo el Islam se propaga por Europa. En realidad, se estima que la proporción de población musulmana en ese continente pase de un 6% en 2010 a un 8% en 2030. Debió de ser alarmante para los Neandertales ver como los Cromañones invadían Europa. 

A otros les alarma el clima, el deslizamiento polar, las mareas crecidas devorando litorales y temen al caos en que desenlace nuestra adicción al petróleo. Han pagado por ver cómo sería en un cine, aunque lo puedan ver gratis en la 84. En realidad, el sol, al expandir su masa, deglutirá a la tierra dentro de algunos cientos de millones de años.

Todo – dicen – es cuestión de perspectiva. Es Kant que explota en Big Bang y sigue en raíles cartesianos su loca y calculada carrera. Y a muchos también les alarma la quietud, lo plano, lo etéreo.

Nos han educado con pequeñas memorias y pequeñas capacidades de concentración. Antes un público entendía una forma sonata, le tenía paciencia a una ópera. Ahora en el cine nadie se calla: van a comer crispetas, sorber azúcar con gas y a dárselas de críticos durante dos horas.

En la era de la imagen, nada es más valioso que un eslogan y nada es más inútil que un párrafo.

La predilección de muchos de los compositores de mi generación por lo estático (y supuestamente extático) es algo que, tal y como lo discutía con un colega quebequense que también se siente algo enajenado en su enfoque, toma proporciones desmesuradas y – crucialmente – sigue alejando al público de los conciertos.

En este sentido, el de vaciar las salas y crear minúsculos guetos autosuficientes, invalidando las instituciones como focos creativos y convirtiéndolas en máquinas hegemónicas de vicios académicos plagados de burocracia, las nuevas élites de la música contemporánea internacional son herederas dignas de los serialistas, de los post-serialistas y de sus malditas madres.

Pero hay que escoger sus alarmismos.

El drama del siglo XXI será la incomunicación entre culturas inevitablemente interpuestas e impuestas entre sí. El traductor Google jamás podrá conllevar todo el giro cultural de lo que es endémico a una semántica del lenguaje; pero será el enfoque de la multinacional impersonal el que erradique, precisamente, ese giro endémico de toda cultura.

En este contexto, queda cada vez más claro que nuestros alarmismos no los escogimos nosotros. El capitalismo fundamentalista implica una desresponsabilización de la humanidad a través de una inflación del sector terciario (servicios) y de una inflación del valor otorgado a la academia (diplomas). Ni siquiera estamos capacitados para tener una variedad de alarmismos; aunque somos especialistas del que se nos haya impuesto.

Por eso reitero: hay que escoger sus alarmismos. Por sí mismo. Y que no nos hagan campaña.

Mientras tanto, ¿cuántos estamos capacitados realmente para ejercer el voto, por ejemplo? (…) Exactamente, y se nota. Dejemos de culpar a un político por ser – al fin y al cabo, lo que es – un político.

¿Cuántos estamos capacitados realmente para ejercer la labor que tenemos pendiente? (…) Es correcto, y se nota. Este es un mundo chambón y lambón, donde un diploma se compra. Este es un mundo lleno de ignorantes terriblemente poderosos.

Si el karma como la sharia se compra, ¿para qué quiero vivir en un DVD de Pegida, de Disney, de reggaetón o de Estado Islámico? Eso que llaman cultura ya es un invento de poca monta, que si alguien lo monta se desmonta. Nadie tiene las gónadas de parar, de cesar, de detenerse – pero ¡cómo los calla el aguacero… y qué olor onírico a mi tierra mojada, dama de los elementos, así me inunde la casa!