BLOG PERPETRADO POR

FRANCISCO LEQUERICA

16.12.15

Franklin Willie Porto
(1987-2015)



A Franklin Willie Porto lo mataron. Lo apuñalaron porque llevaba su vida a cuestas: un violonchelo blanco. Porto vivió y murió por la música en este país ingrato que se llama Colombia, azotado por venenos internos y violencias eternas. Murió porque en este país los músicos se quieren largar – y nadie los culpa – y que él decidió volver y luchar en su país. Murió por un sueño de singular nobleza y de vital importancia, en medio de una sociedad de víboras de todo calibre, incapaces siquiera de asimilar que destruyeron el propio antídoto al mal que les acecha. Pero la música no muere, y por eso Porto tampoco ha de morir. 

Como músico entregado a su misión de vida, Franklin Willie Porto vivió desprotegido en el seno de una sociedad que desprecia al músico, condenándolo a la indignidad laboral; una sociedad que ignora repetidamente el potencial sanador del Arte, su capacidad de transformar vidas y naciones. Él conocía ese potencial, y se dedicó a impulsarlo sin importarle jamás su propia precariedad por encima de su propia misión. Porto no era un moñero, ni se puede asimilar su rostro al que hoy aparece en negras portadas; por eso es crucial que se sepa y se comprenda que fue uno de los músicos más destacados de la Heroica. Y que ese gran músico fue asesinado por serlo.  

A pesar de que nunca alardeó de su formación, estaba mejor preparado que muchos de sus colegas: egresado del INEM, estudió también en Comfenalco, en la Universidad Nacional, en la Sinfónica Juvenil de Colombia y en la Youth Orchestra of Greater Fort Worth, Texas. En su Cartagena de Indias natal, fue profesor de violonchelo en Comfenalco como en Bellas Artes, e inició a la música a muchos de sus compañeros. También fue compositor y tocaba bajo eléctrico, guitarra y gaita colombiana, además de dedicarse a la luthería de instrumentos. Fue uno de los principales impulsores del proceso sinfónico de esta ciudad. Tocaba donde fuera, lo que fuera, sinfonía o champeta, y en las peores condiciones seguía produciendo música con inmensa generosidad y con esa enorme sonrisa pícara y contagiosa que quienes lo conocimos nunca podremos olvidar. 

Franklin Porto fue un músico de este siglo, con todo lo que ello acarrea, y aunque quizás él fue demasiado humilde para admitirlo, muchos sabíamos que era un genio. Fue el puente perfecto entre la academia y la calle, y puso su excelente preparación musical al servicio de todos. Su capacidad de comprensión y de análisis eran las de un maestro, manejaba cualquier formato, pero combinó ese inmenso saber con una espontaneidad empírica, fenomenológica. Conocía la forma, algo casi ausente en la formación musical colombiana, y era de una versatilidad musical inaudita. Pasaba de Pantera a Dvořak, del Saya a Bach, con igualdad de fervor y dedicación. Fue la justa demostración de que, para ser un músico excepcional, es necesario ser un humano excepcional ante todo. Fue un maestro de los que enseña mediante el ejemplo, porque nació con ese don y nunca se desvió de su camino, aunque eso significara padecer el exilio y el sacrificio. 

Franklin se fue de Cartagena porque aquí no dejan trabajar a los músicos, ya que la sociedad en general carece de herramientas para comprender la función del Arte en la vida; se fue de su tierra porque todos se pelean contra todos, porque ni siquiera existe el nivel musical profesional para justificarlo, porque no hay desafíos artísticos, sino solo el del rebusque y la supervivencia. Franklin aguantó hambre en Bogotá; lo sé porque aguanté hambre con él, aunque él nunca se quejaba. Trágicamente, allá tampoco le respetaron su condición de músico, y de tres puñaladas truncaron a uno de los mejores cerebros de la música costeña, alguien que estaba plenamente a la altura de Adolfo Mejía o de Lucho Bermúdez. 

Lo más paradoxal es que, como guerrero de la música, Porto fue esencialmente un guerrero de paz, poseía el don de paz y hablaba su idioma como el suyo propio. Es absurdo que maten a alguien por un instrumento de paz, y es un pésimo síntoma social que debería estar disparando bastantes conciencias. Nuestra es la responsabilidad de buscarle un sentido a lo absurdo. Y solamente hay una manera de hacerlo: mediante la música. ¿No está resumida en ella toda la existencia humana como todo el cúmulo de la realidad y de lo desconocido, de lo científico y de lo emocional, el secreto de lo indescriptible? ¿No es ella la que apacigua a las bestias y rige las armonías? ¿No deberíamos estar sirviéndonos de ella como medicina?

Por encima de toda infraestructura ya establecida, los músicos colombianos debemos organizarnos masivamente para inundar este país de música, por todos los medios imaginables, para generar conciencia, para prevenir, para cuidarnos entre nosotros, para lograr la paz que los políticos no han logrado. Estamos demasiado desprotegidos como para seguir menospreciando nuestra capacidad de trasformar nuestra sociedad con la música. Debemos hacer historia y tomar las riendas de nuestro destino colectivo, educar y crear. Debemos olvidar todas las rencillas y peleas que nos dividen, sean cuales sean. 

Es recomendable que se incorpore la Fundación Franklin Willie Porto cuanto antes, que los músicos nos unamos para impulsar al menos un gran evento benéfico en el que se genere el capital necesario para crearla. Que esa Fundación que lleve su nombre, porte también su legado, que se difunda su obra, y que se asegure que los músicos colombianos tengan infraestructuras adecuadas para promover y proteger su trabajo y sus herramientas. Que en nombre de esa Fundación se pueda asegurar que no haya más músicos asesinados en el ejercicio de su labor en este país. 

Es intolerable que tenga que intervenir la muerte para que se genere solidaridad, pero si el asesinato del maestro Porto no es el chispazo de una revolución sinfónica en Cartagena, en Colombia, de un cambio de actitud y de mentalidad, entonces realmente no habrá servido de nada. Seguirá siendo éste un país del que todos huyen despavoridos, y en el que solamente unos pocos se sacrifican para mantener vivo el potencial y el talento que brotan aquí como agua de manantial. De nosotros depende ahora que esto no quede así...

Francisco Lequerica
Compositor, pianista y director de orquesta