BLOG PERPETRADO POR

FRANCISCO LEQUERICA

3.10.16

Soy mal perdedor

















Desde pequeño, la democracia siempre me ha acabado desilusionando. Además, nunca me representa: siempre he pertenecido a una minoría, y mi voto nunca ha sido ganador. Incluyo en mi “nunca”, las estúpidas votaciones que hacíamos en el colegio durante los campeonatos intercolegiales y aprovecho para imaginar jocosamente mi pésima suerte de haber sido adicto a las apuestas de caballos o a las maquinitas.

Ayer, por primera vez, me sentí extraño de estar apoyando lo que parecía mayoritario, de participar en lo que celebraba el mundo entero con mensajes alentadores. Esta sensación ya la conocía: me había pasado algo así antes con un par de canciones de Adele: sonaban en todas las emisoras, todos las cantaban, y de verdad me agradaba escucharlas. Es algo que no me suele pasar, por lo que esbocé una sonrisa; ayer también sonreí, aunque no tardé en cambiar mi expresión por la sorpresa.  

En mi juventud, me incliné bastante por la izquierda pero ésta – más que desilusionarme – casi me acaba matando. Esencialmente, aunque comparto muchos principios teóricos del socialismo, en la aplicación de la teoría a la vida real siempre los he visto estrellarse contra el suelo y hacerse añicos. Siento que lo que más me liga a la izquierda es la oposición al estado y a la autoridad que lo defiende, así como mi baja estima del sistema financiero, de su uso y funcionamiento.

Por eso, si es que hay que definirme, es que yo escojo el anarquismo de derechas, o individualismo libertario. Y laico, por favor.

¿Qué quiere decir esto? Que los que estén listos para ser libres, pueden serlo; los demás, deberán ser reeducados drásticamente en su capacidad para participar en sociedad, o de lo contrario se les limitará dicha participación.

¿O es que se va a equivaler un voto informado a uno manipulado, o los derechos y responsabilidades de un idiota a los de un profesional? ¿Cuál es este estéril baremo de redistribución en beneficio de los inmeritorios, esta nivelación por lo bajo, por el denominador común? ¿No es precisamente por este afán de querer igualar, incluir a toda costa, en sociedades sin preparación ni herramienta cognitiva alguna, a un hatajo de brutos, con tanta ambición de democracia, que hemos perdido la capacidad de generar historia? ¿Sirve para algo una democracia que ni se usa, unos sistemas políticos en los que nadie cree?

¿Qué culpa tengo yo de que a fulanito no lo hayan educado bien, o de que zutanito tenga mal gusto, o perejencito mal aliento? ¿Por qué me tengo que aguantar que otro me imponga sus hijos, su borrachera, su vehículo, su rabia, su desinformación, su fanatismo, su ignorancia en general? ¿Si esta gente no está capacitada para vivir en sociedad, por qué se le permite participar en la votación, en la procreación o en el libre consumo? ¿Por qué se le dan derechos y responsabilidades a quien, cual marrano, pisotea perlas?

Desde luego, como humanos necesitamos reeducarnos, pero quizás sea ya demasiado tarde. ¿No sería mejor entonces, abandonando toda esperanza, librarse al hecho de que la enfermedad de este país, de este mundo, es incurable? ¿Así como para el Andrei Rublev de Tarkovski, cabe el silencio como respuesta metafísica a tanta porquería, obligatoriamente hay que abnegarse en la oración y el onanismo o acaso hay que dormir con una subametralladora atrancada bajo el pomo de la puerta?  

No hay nada más lamentable que un paraco feliz, henchido de esa felicidad hueca y redonda, plena como un globo en una feria de pueblo, que arbolan los ignorantes. Dan ganas hasta de aplaudirle su ridículo Nobel a Santos, pésimo gobernante, porque – contrariamente a lo que dictamina nuestra profunda tradición nacional – no tergiversó la democracia y demostró creer ciegamente en ella al darle la opción de votar a este tan agudo pueblo de Colombia.

Lo malo es que Santos se arriesgara: constitucionalmente ni siquiera tenía que pasar por un plebiscito. Hay pueblos que – como ya se ha mencionado en este espacio – no son aptos para el ejercicio democrático. Con estos pueblos, hay que educar arrasando, y esperar un par de generaciones – generalmente funciona. Si algo radical y positivo no ha funcionado para romper nuestros ciclos de odio, será la hora de las secesiones, los rencores y las dudas. La guerra no habrá terminado.  

¡Si sólo fueron unos pocos votos de diferencia, y que estaba esa cola de huracán de nombre gringo agitando sus trenzas anticiclónicas sobre las mesas de votación! Ya entendí, ahora Uribe se muestra más manso: es parte de la estrategia. Ahora renegocian, se burlan más de todos nosotros, nos polarizan y nos mueven a su voluntad. Como dije: Uribe, Santos y Timochenko, son todos amigos y se necesitan en ese juego de poder. No tienen ideología política: sólo les gusta el lucro, a unos como a otros. Todos buscan su Nobel y poco más. El resto es una telenovela interactiva llamada Estado, y es hora de cambiar el canal, o mejor incluso de apagar la TV.

Cada vez más queda claro: la democracia no funciona, y dejar el estado en manos de un pueblo sin la capacidad de ejercerla es la peor de las torpezas. En este año fatídico, ya pasó lo inaudito con el Brexit, y hemos visto como Trump se izaba por encima de cualquier expectativa razonable. Ante la comunidad internacional, Colombia sigue quedando en ridículo y generando desconfianza, como siempre.

El peor insulto que se ha podido observar con este resultado es el que le espeta esa mayoría del pueblo colombiano a las víctimas del conflicto, que en su abrumadora mayoría habían votado por el SÍ. Es lamentable que sea esa mayoría goda e influenciable la que, sin haber vivido en lo más mínimo los estragos de la guerra, se haya dado la comodidad de ser perfectamente irresponsable en el uso fundamental de su sufragio. Si las FARC hubieran sido tan falsas en su voluntad pacífica como lo han pretendido quienes ganaron el plebiscito, esa irresponsabilidad se hubiera traducido en otra guerra desde ayer mismo. Pero son precisamente las FARC las que han salvado ahora a Colombia de esa guerra, al decir que no volverían a ella a pesar de que, roto el acuerdo, nada les obliga ya a continuar negociando ni a conservar el cese de las hostilidades.

Esas FARC-EP, que tanto daño han hecho, como todos los demás, sólo salen enaltecidas al reafirmar su voluntad de paz en vista del resultado del plebiscito. Parece que es Timochenko el gran ganador de la mejor reacción a este resultado: es una oportunidad para él y para los suyos de demostrar con actos que su voluntad de paz sí es sincera, y que el cinismo, el rencor, el fanatismo y la ruidosa ignorancia del colombiano promedio son los verdaderos cánceres que se comen al país. Si es el caso, soy capaz de volverme hasta de izquierdas. Yo no iba a votar por Timochenko, pero ahora creo que sí lo haría, porque me parece más sensato que todos los demás. De todos modos, nunca ganan aquellos por los que voto y es por eso que, desde pequeño, la democracia siempre me ha acabado desilusionando.