BLOG PERPETRADO POR

FRANCISCO LEQUERICA

20.11.16

Abuso y desuso del ESMAD














En la noche del pasado jueves, hinchas del Atlético Junior sembraban la zozobra en Barranquilla, después de que los “Tiburones” perdieran ante el Atlético Nacional la final de la Copa Águila. Tras haber declarado en redes “objetivo de la barra” a quien no llevara puesta una camiseta del Junior y hasta haber advertido a los propios jugadores de su equipo que “no saldrían del estadio” en caso de perder, acabaron vandalizando ocho articulados de Transmetro, hiriendo al operador del bus TM 22019 y forzando la interrupción del servicio, lo cual afectó a unos doce mil usuarios, según el diario El Heraldo. De poco sirvieron las “excusas públicas” hechas por voceros del Frente Rojiblanco Sur ante la alcaldía, ni la afirmación por parte del comandante de la Policía Metropolitana de Barranquilla de que “la policía está 100% preparada” y que “todo tipo de amenazas también puede tener [sic] una consecuencia de orden penal” – los altercados sí se produjeron, aunque afortunadamente no haya habido muertes que lamentar.

La madrugada siguiente, en Bogotá, es a punta de bolillo y por orden explícita del flébil burgomaestre de aquella ciudad, que el ESMAD disuelve el campamento por la paz que llevaba más de cincuenta días establecido en la emblemática Plaza de Bolívar del distrito capital. Aunque la administración de Peñaloza asegura haber desalojado el campamento tras un diálogo con sus líderes y el “visto bueno de la Presidencia teniendo en cuenta que ya se había cumplido el propósito”, todos los voceros del campamento negaron estas aseveraciones oficiales e insistieron en que ni siquiera se les mostró la orden de desalojo. Pruebas en mano, muestran como alrededor de 300 uniformados hostigan, agreden y humillan a los 30 campistas, pacíficos en todo momento. Aunque la alcaldía afirma que “no hay personas heridas”, hay múltiples testigos de que miente y de que hubo (como siempre) claros abusos de autoridad y de fuerza física. En redes sociales, hubo una ola de indignación a raíz del desalojo, destacándose el comentario de la representante Angélica Lozano: “Si en la Plaza de Bolívar hacen operativo ESMAD a las 3 a.m. ¿qué harán en las veredas del Putumayo o Guaviare?”.

Lo que sí sabemos, muy estimada representante, es lo que no hicieron en Barranquilla. A pesar de que estuvieron al tanto de las reprensibles publicaciones de Los Kuervos en redes sociales, los hinchas y los bandidos estuvieron a sus anchas el jueves por la noche en esa ciudad y allí pudieron hacer lo que se les vino en gana. Nadie protegió a los ciudadanos de bien que no tenían nada que ver con el partido o que lo disfrutaban sin molestar al prójimo, nadie protegió a los doce mil usuarios del colapso del servicio, nadie protegió al chófer del bus TM 22019, nadie resultó arrestado por las amenazas en redes sociales, nadie contuvo a la obnubilada hincha del Junior que hirió (de levedad superficial, por fortuna) al jugador del Nacional (y mayor anotador de la copa en cuestión), Miguel Borja. ¿Dónde estaban los ESMAD? ¿No decían estar “100% preparados”? ¿Y si las heridas infligidas al jugador de fútbol y al operario de Transmetro hubiesen sido mayores, o letales?

A través de esta comparación, parece inequívoco que existe un criterio claro entre indeseables y desechables para los dueños del poder en este país. Indeseable es todo aquel que goce de capacidad analítica y crítica ante el ejercicio propio del poder, es decir, alguien susceptible de participar en democracia. Desechable, por otro lado, es todo aquel que – desde el punto de vista humano – ya no se puede rescatar de ninguna manera, independientemente de su contexto político o social. El gobierno siempre teme a esos indeseables, porque debilitan su capacidad oligárquica de mentir y de manipular; pero necesita siempre el apoyo de esos desechables, porque son sus súbditos perfectos, provocan siempre la distracción banal en el lugar y en el momento adecuado, porque son su codiciada carne de cañón. El resto de la población permanece bajo un cruce de fuego galardonado con un Nobel perfectamente inútil, como fue desorientador el de Obama o completamente indignante el de (el aún vivo) Henry Kissinger.

El poder es poder porque la mafia es mafia, siempre ha sido así en repúblicas bananeras como en monarquías o comunismos, y que no nos confunda el aura constitucional y burocrático que dora todo acto oficial como si acaso nos fuese a proteger de la brutal pesadilla derechista que se avecina. El país está en manos de las barras, de las Bacrim, de los paracos, de las mafias ancestrales y hasta coloniales, y de otras más recientes aunque igualmente oportunistas. El ESMAD es un subordinado eterno, una fuerza bruta (en todo sentido) que arremete con todo a su paso – es su función, proteger el poder a ciegas. Por eso actuó en Bogotá y no lo hizo en Barranquilla, por eso infiltra manifestaciones pacíficas con armas y causa disturbios y altercaciones que justifiquen sus ataques ante la tan maleable opinión pública, según la práctica vigente en los escuadrones antidisturbios de todo el mundo. Que no nos engañen sus uniformes, ni sus títulos, ni la pomposidad gramaticalmente falaz de sus voceros, ni la jerarquía visible del poder: son sólo fachadas tras las cuales ya están criando Kuervos. ¿Y el fútbol? Nada, sólo un pretexto.