BLOG PERPETRADO POR

FRANCISCO LEQUERICA

22.11.16

Un Festival sin Cartagena



Cartagena es una ciudad cruel, especialmente para los que tienen sus ideales puestos en ella. Digo ideales, y no activos, porque a menudo resultan polos diametralmente opuestos de la misma problemática. Siempre que se argumente aquel prejuicio de que los cartageneros no tenemos emprendimiento, se estará omitiendo el hecho comprobado de que nuestra ciudad perdura desde hace lustros en manos de otros. Ocurre con cada festival, con cada evento, hasta con la firma de la paz: se echa a la población para el sur o hasta la Boquilla, como se hizo en tiempos de Chambacú, para que no estorbe. Si los cartageneros no hemos brillado más, es también porque hay quien no nos deja hacerlo en nuestra propia ciudad; y eso, a su vez, es el resultado de que vengan acá a brillar todos los demás a costa de nuestros esfuerzos y miserias.

El Festival de Música de Cartagena no es un evento inclusivo, y se han excluido de él protagonistas claves del paisaje musical culto cartagenero. Los principales ausentes del FIMCI en su primera década de existencia hemos sido los músicos cartageneros y, aunque se han podido observar algunos tímidos intentos de incluir a la comunidad, las tendencias han sido la de acaparar las estructuras organizacionales y la de condescender contundentemente al talento local, así éste último tuviese (como en ciertos casos) la experiencia y la formación técnica de alta calidad que requiere tan prestigioso evento. Tampoco se ha preocupado el Festival por ayudar a formar un público entre cartageneros ni por apoyar los procesos existentes antes de su propia llegada al paisaje musical de Bolívar, y con cuyos impulsores ha tenido todo tipo de conflictos. Pero donde haya capital, existirán mejores posibilidades de cambiar la realidad a su antojo: así, el FIMCI usa Cartagena como escenario de fondo por la reputada fotogenia de su centro amurallado, mas no por convicción ni en beneficio palpable de su población.

Resulta difícil comprender que, pudiéndose contar aquí los directores y compositores sinfónicos literalmente con los dedos de una mano (creo que sobrarán dedos), el FIMCI, como parte activa de la vida musical de la ciudad que le ha dado nombre durante una década, se permita desconocer o ignorar sus trayectorias. Tal omisión sólo puede ser producto de una de dos circunstancias: la falta de una investigación sucinta sobre el gremio correspondiente a un festival de semejante envergadura, o bien la tan colombianamente diseminada mala fe, propia – una vez más – de sombríos designios políticos.

Los directivos del FIMCI parecen (o aparentan) ignorar las verdaderas condiciones del proceso sinfónico en Cartagena: son pocos los muchachos que se dedican a la música profesional y van navegando difícilmente de orquesta en parranda, de moña en chisga, por entre los inmensos postulados políticos que los encasillan y que por lo general también escogen prudentemente desconocer. No es un secreto que el nivel técnico es inferior al promedio, pero salta a la vista la abundancia de talento, carisma y curiosidad con que se destacan los músicos de esta región. Ya decía el gran Celibidache que la verdadera música no se hace en Viena ni en París sino en regiones subdesarrolladas del planeta donde, fenomenológicamente, la música cobra todo su valor intrínseco.

Durante más de diez años, algunas instituciones y maestros de esta ciudad han obrado con modestia y perseverancia en aras del surgimiento de una cultura sinfónica en la Heroica – no la han tenido fácil. En pro de ese proceso y a pesar de muchos conflictos internos, aquí nos hemos dejado la piel muchos músicos. Resulta disparatado y hasta ofensivo, al menos para quienes tanto hemos luchado por la música en Cartagena, que los medios anuncien la fundación de la Orquesta Sinfónica de Cartagena, proyecto amparado por la alcaldía y por el FIMCI, como si no hubiese habido aquí actividad sinfónica alguna previa a la fecha.

Los integrantes de la orquesta son los mismos muchachos de siempre, errantes entre los escasos subsidios de transporte que se les proporciona como único pago, y que aprovechan cualquier oportunidad para aprender así se trate de una injusticia. Mientras tanto, el FIMCI pretende acceder a todos los espacios y servicios cartageneros de manera gratuita, imponiendo condiciones a todas las instituciones de la ciudad, y en especial a UNIBAC, única universidad de artes acreditada en el departamento de Bolívar, y a Comfenalco, auténticos pioneros del proceso sinfónico en la ciudad, que llevan años apartados del evento. El Festival no sólo monopoliza a los músicos cartageneros de su designio durante (al menos) dos semanas, sino que secuestra a la ciudad amurallada, convirtiéndola en ese espacio exclusivo del que pocos cartageneros pueden o saben beneficiarse y que es el único que se conoce en el exterior.

Hoy el FIMCI, apoderándose del reducido número de estudiantes de música locales, actúa con aires feudales como lo hicieron en su momento los colonizadores con las poblaciones originales de estas tierras tan codiciadas. Las condiciones de las convocatorias para los puestos de director titular y de director asistente para la nueva sinfónica discriminan claramente a cualquier director cartagenero, con lo que se constata que este proceso sinfónico, pudiendo tener titulares y asistentes locales plenamente capacitados para las vicisitudes de esos cargos, quedará en manos de otros – a la imagen de la ciudad. Con esto, es previsible que se restrinjan aún más las posibilidades – ya estrechas – de que los directores locales podamos ejercer o tan siquiera ejercitarnos.

Dirigir a músicos cartageneros en este joven siglo XXI no representa una labor comparable a la de dirigir orquestas del primer mundo, cuya cultura lleva siglos definida en términos sinfónicos. Aquí hay que conocer el terreno, y los directores que suele traer el FIMCI, aunque loables en su labor, no lo conocen. Nosotros tenemos otros desgarros que narrar y aún estamos encontrando nuestra voz. Gracias a la colaboración de empresas cartageneras (hoy día disociadas del Festival), se pudo presenciar por fin, en la 9ª entrega, la primera obra cartagenera estrenada en el marco de ese evento: Macondo, de Luis Jerez Zurita, uno de los más destacados exponentes de una nueva escuela de composición caribeña, corriente marginalizada como “nacionalista” en todo el establishment musical colombiano, hasta en el FIMCI. Si el eurocentrismo no nos representa, el posmodernismo mucho menos: el FIMCI ni siquiera contesta los correos, ignora las obras que se le ofrecen para estrenar, no responde a las ofertas ni a las inquietudes planteadas por músicos cartageneros de trayectoria, recrudece conflictos ya existentes en el endeble equilibrio local y, generalmente, actúa al margen de un conducto regular inclusivo al instaurar sus proyectos sin considerar las estructuras ni los gremios locales.

Lo que hicieron Bartók y Kodály en Europa del Este, Glinka y Balakirev en Rusia, Copland y Ives en EE UU, Revueltas y Chávez en México, entre otros: la exploración de las raíces a través del ejercicio etnomusicológico, no debe ser reducida por los críticos a la expresión de un nacionalismo ni a un gesto político, sino que corresponde a un orden más extenso aún, que es el de la identidad cultural, algo que significa una valiosa herramienta para sembrar paz – claro está, para quienes saben usarla. El Festival tiene una deuda enorme con esta ciudad y con sus músicos, relegados siempre a acomodar público o a poner y quitar atriles en los eventos. Si no va a potenciar la vida musical de Cartagena de otro modo que bajo sus términos, la Fundación Salvi debería por lo menos guardarse de monopolizar las herramientas que los demás proyectos necesitan y no obstruir lo que también son expresiones viables y merecedoras de atención.

Para la Fundación Salvi, aparenta ser más importante que la prensa anuncie su ayuda a los desfavorecidos que el mero hecho de ayudarlos. Como en cada concierto con sus interminables agradecimientos, la música parece la menos prioritaria de las consideraciones; en resumen, es menos un festival para escuchar que para ser visto. En la última entrega, durante la intervención del maestro Atehortúa al inicio del (cortísimo) homenaje que le hizo el FIMCI, la crema presente entre el público del Centro de Convenciones protagonizó una falta de respeto monumental (todavía ni se han percatado de que lo fue o por qué lo fue) al proseguir sus conversaciones por encima de la alocución del maestro, ya en silla de ruedas, así como de buena parte de su tercer cuarteto de cuerdas. Y aunque es imposible negar la calidad de los músicos que han desfilado y desfilan siempre por este evento, no se trata ésta de una crítica estética – que ocuparía otro artículo entero – sino de un reproche humano.

Habiendo trabajado en dos festivales sucesivos como pianista acompañante para las clases magistrales y escribiendo aquí en calidad de compositor ganador suplente del Premio Nacional de Música 2015 (obra ofrecida a, e ignorada por la Fundación Salvi), como cofundador de las efímeras agrupaciones Orquesta Filarmónica La Heroica (en Cartagena, 2012-13) y Ensamble Contemporáneo Juvenil de Colombia (en Bogotá, 2013-15), una de mis prioridades al volver a la costa fue la de potenciar activamente su proceso sinfónico y compositivo y, como tal, he repartido bastantes de mis proyectos por correo – también a la Fundación Salvi; sólo puedo alegrarme de que hoy esas ideas sean de todos. ¿O no lo son?

Puesto a escoger, prefiero pasar por atrevido o soberbio que por ingenuo o por lambón, porque ya se me ha tildado de cualquier cosa aquí y hasta en otros continentes y, la verdad sea dicha, poco me importa ya – mi prioridad es dejar mi obra en buen estado de inteligibilidad y coherencia. Los insultos certeros, efectivos, los que abrogan carreras, son aquellos que surgen quirúrgicamente como críticas válidas en un contexto de ovaciones como aquellas de las que goza el FIMCI; pero esas ovaciones ni me han llegado ni me van a llegar, al menos por el momento (“y menos con esa actitud”, añadirá más de uno, con certeza). Lo único que logran quienes me cierran el camino, quienes se ocupan de ignorar y silenciar mis esfuerzos, es aumentar mi convicción en mi obra, en la de los compositores de aquí, en la regeneración de la música de la costa en general, y en la certeza de que los que hoy dominan y predominan, históricamente quedarán como unos zapatos viejos, cuando al fin haya vencido esa edad de folletín que empalaga a la Fantástica.   

Podríase intuir que tras la lectura de esta carta, el Festival elija disociarse aún más de mi persona, aunque dudo que pueda hacerle mayor daño a mi labor del que ya le hace. Obvio, primero arquearán las cejas, y habrá que recordarle a más de alguno que fui yo quien aceptó aprenderse 800 páginas de música (impresas por mí) en apenas dos semanas, quien acabó leyendo exitosamente rompecabezas mal fotocopiados de Hindemith o Milhaud a primera vista porque no se me habían proporcionado las partituras adecuadas, quien sirvió de intérprete y de guía informal en más de una ocasión, todo por un sueldo absolutamente misérrimo. Se me dijo que había “salvado las clases magistrales” con mi eficiencia, pero la Dra. Salvi nunca sabe quién soy cuando la saludo, ni tan siquiera nombraron a ninguno de los pianistas acompañantes tras el concierto de los becarios, en ambos años en que he participado. Es quizás hora de que seamos los cartageneros quienes nos disociemos masivamente del FIMCI para organizar un Festival alterno, un Fringe, un Off-FIMCI, que nos honre y represente. Acabaré parafraseando soberbiamente a uno de mis héroes, en el ya descrito contexto feudal: “Hay miles de festivales y los habrá, pero Lequerica sólo hay uno”.

¡Feliz Santa Cecilia!

Francisco Lequerica
Compositor, pianista y director de orquesta

20.11.16

Abuso y desuso del ESMAD














En la noche del pasado jueves, hinchas del Atlético Junior sembraban la zozobra en Barranquilla, después de que los “Tiburones” perdieran ante el Atlético Nacional la final de la Copa Águila. Tras haber declarado en redes “objetivo de la barra” a quien no llevara puesta una camiseta del Junior y hasta haber advertido a los propios jugadores de su equipo que “no saldrían del estadio” en caso de perder, acabaron vandalizando ocho articulados de Transmetro, hiriendo al operador del bus TM 22019 y forzando la interrupción del servicio, lo cual afectó a unos doce mil usuarios, según el diario El Heraldo. De poco sirvieron las “excusas públicas” hechas por voceros del Frente Rojiblanco Sur ante la alcaldía, ni la afirmación por parte del comandante de la Policía Metropolitana de Barranquilla de que “la policía está 100% preparada” y que “todo tipo de amenazas también puede tener [sic] una consecuencia de orden penal” – los altercados sí se produjeron, aunque afortunadamente no haya habido muertes que lamentar.

La madrugada siguiente, en Bogotá, es a punta de bolillo y por orden explícita del flébil burgomaestre de aquella ciudad, que el ESMAD disuelve el campamento por la paz que llevaba más de cincuenta días establecido en la emblemática Plaza de Bolívar del distrito capital. Aunque la administración de Peñaloza asegura haber desalojado el campamento tras un diálogo con sus líderes y el “visto bueno de la Presidencia teniendo en cuenta que ya se había cumplido el propósito”, todos los voceros del campamento negaron estas aseveraciones oficiales e insistieron en que ni siquiera se les mostró la orden de desalojo. Pruebas en mano, muestran como alrededor de 300 uniformados hostigan, agreden y humillan a los 30 campistas, pacíficos en todo momento. Aunque la alcaldía afirma que “no hay personas heridas”, hay múltiples testigos de que miente y de que hubo (como siempre) claros abusos de autoridad y de fuerza física. En redes sociales, hubo una ola de indignación a raíz del desalojo, destacándose el comentario de la representante Angélica Lozano: “Si en la Plaza de Bolívar hacen operativo ESMAD a las 3 a.m. ¿qué harán en las veredas del Putumayo o Guaviare?”.

Lo que sí sabemos, muy estimada representante, es lo que no hicieron en Barranquilla. A pesar de que estuvieron al tanto de las reprensibles publicaciones de Los Kuervos en redes sociales, los hinchas y los bandidos estuvieron a sus anchas el jueves por la noche en esa ciudad y allí pudieron hacer lo que se les vino en gana. Nadie protegió a los ciudadanos de bien que no tenían nada que ver con el partido o que lo disfrutaban sin molestar al prójimo, nadie protegió a los doce mil usuarios del colapso del servicio, nadie protegió al chófer del bus TM 22019, nadie resultó arrestado por las amenazas en redes sociales, nadie contuvo a la obnubilada hincha del Junior que hirió (de levedad superficial, por fortuna) al jugador del Nacional (y mayor anotador de la copa en cuestión), Miguel Borja. ¿Dónde estaban los ESMAD? ¿No decían estar “100% preparados”? ¿Y si las heridas infligidas al jugador de fútbol y al operario de Transmetro hubiesen sido mayores, o letales?

A través de esta comparación, parece inequívoco que existe un criterio claro entre indeseables y desechables para los dueños del poder en este país. Indeseable es todo aquel que goce de capacidad analítica y crítica ante el ejercicio propio del poder, es decir, alguien susceptible de participar en democracia. Desechable, por otro lado, es todo aquel que – desde el punto de vista humano – ya no se puede rescatar de ninguna manera, independientemente de su contexto político o social. El gobierno siempre teme a esos indeseables, porque debilitan su capacidad oligárquica de mentir y de manipular; pero necesita siempre el apoyo de esos desechables, porque son sus súbditos perfectos, provocan siempre la distracción banal en el lugar y en el momento adecuado, porque son su codiciada carne de cañón. El resto de la población permanece bajo un cruce de fuego galardonado con un Nobel perfectamente inútil, como fue desorientador el de Obama o completamente indignante el de (el aún vivo) Henry Kissinger.

El poder es poder porque la mafia es mafia, siempre ha sido así en repúblicas bananeras como en monarquías o comunismos, y que no nos confunda el aura constitucional y burocrático que dora todo acto oficial como si acaso nos fuese a proteger de la brutal pesadilla derechista que se avecina. El país está en manos de las barras, de las Bacrim, de los paracos, de las mafias ancestrales y hasta coloniales, y de otras más recientes aunque igualmente oportunistas. El ESMAD es un subordinado eterno, una fuerza bruta (en todo sentido) que arremete con todo a su paso – es su función, proteger el poder a ciegas. Por eso actuó en Bogotá y no lo hizo en Barranquilla, por eso infiltra manifestaciones pacíficas con armas y causa disturbios y altercaciones que justifiquen sus ataques ante la tan maleable opinión pública, según la práctica vigente en los escuadrones antidisturbios de todo el mundo. Que no nos engañen sus uniformes, ni sus títulos, ni la pomposidad gramaticalmente falaz de sus voceros, ni la jerarquía visible del poder: son sólo fachadas tras las cuales ya están criando Kuervos. ¿Y el fútbol? Nada, sólo un pretexto.

10.11.16

Wrong about Trump

















I am almost proud of admitting my mistake in publishing, a year and a half ago, an article thanking Donald Trump for uniting Latin-Americans behind a common foe. Naively, I believed that it was a golden opportunity to realize our common potential and mitigate our domestic differences. But I was dead wrong: not only is Latin America becoming increasingly mass-polarized, but what appeared to be a political suicide a few months ago has proven frighteningly effective as a strategy to pave the way for the White House.

The outcome of the 2016 U.S. election has followed directly in the footsteps of other recent world polling events, such as the successful Brexit vote, the botched referendum over the Colombian Peace Treaty, the political victories of Rajoy in Spain and Macri in Argentina, the recent Hungarian referendum against refugees, and the general political turmoil in Mexico, Brazil and Venezuela. If anything, the very science of polling has displayed a consistent ineptitude at forecasting this landslide thread of popular victories, which suggests a movement growing faster than the models used for its observation.

By analyzing these trends as parts of a whole phenomenon, some sociological conclusions might be conjectured, albeit retaining the lesson learnt: that literally anything can happen and that most predictions are expected to yield tragic inaccuracies. Throughout most of the campaigns that lost – whether it be Hillary’s, the UK campaign against Brexit or the Colombian government’s pro-peace rallying – there prevailed a sense of deep-set overconfidence in victory that left a gap open for the building of a surprisingly strong opposition. In all cases, a profound sense of shock was palpable in the reactions of the victors themselves, and indeed in those of the whole world.

The ever clearer division of the world into two factions – one steeped in apparent progress, the other in clear regression, with the latter side winning by democratic suffrage – is a worrying prospect in view of the emergence of a new geopolitical spectrum. The voters who engineered all of the mentioned political surprises coincided at least on their dissatisfaction with a lingering establishment which has survived by pushing world domination for the end of the oil age.

Unfortunately, this is also an age where most institutions, educational and otherwise, are concerned with abolishing the tools for constructive criticism. This might be the reason why the change has not arisen from the intellectual sector, but from a mass of uneducated, commonplace people with a tendency for fanatical conservatism. As with examples from textbook history, from antiquity to contemporary times, a picture is surmised in which knowledge and experience are values in clear retrocession.

Intellectuals, who have been busy at deconstructing their postmodern perception of history and art, were consistently misled into believing that modern values such as gender equality, free speech and religious freedom, needed no further protection or advancement of any kind. Alone, they thought, any democracy could withstand the antagonism of totalitarians and extremists in general. The architects of this political modernity had, in fact, built a sort of Titanic, proclaimed it unsinkable, and finally left it at the mercy of the unthinkable. For decades, the gears that held History in place had seemed so robust that this collapse now appears, to many, as sudden and surprising.

Democracy is dependent on participation, yet ever more millions abstain from voting altogether, while those who do vote seem poorly informed and utterly unqualified for political analysis in general. This age of disillusionment has brought about a curious dichotomy: the more liberal and intellectual sectors of society have moved away from the process of democracy while, ironically, those who would rather shun democracy in their values have used it consistently in the polls with the observed consequences. Paradoxically thus, democracy appears compromised through its own use and exercise.  

Hence, it is not Trump who must be feared in this earthquake of reactionary hysteria, but those who believe they have found a new voice, a new strength in their common ardor. People have always been especially gullible to political scheming, in particular when reinforced with doses of populist and religious fallacy. Our whole present civilization is specialized in the taming of the masses through media: that is precisely the slot from which has emerged this unlikely opposition to an already dangerous status quo. The decisive role of the Christian vote in Trump’s victory, as is the case with every Latin American campaign or referendum, cannot be ignored any further.  

These issues remain: is it necessary to momentarily pause democratic values and institutions in order to uphold and preserve them in the long term? Or is it not evident that, by keeping democracy in place in the short term, the path to its own destruction is clear and imminent? Furthermore, to what point has not the population itself been deactivated from many of its individual and collective functions? Who is in full capacity of exercising democracy today? Are not all political models in urgent need of rethinking and reform? Or might brand new ones be required?

In all likelihood, smaller communities and political entities are the best antidote to these mass phenomena. The vicissitudes of the modern world arise from gigantic populations of tens and hundreds of millions, in some cases more, and growing exponentially. No good can be expected to arise from nations that have the capability of summoning huge armies; in turn, reduced communities related through common work and interest will shift their focus away from reductionist mass-thinking and reinforce real and functioning collectivity.

Education and the transmission of experience must be used as vectors for raising awareness of the responsibilities of democracy, not only to fuel the disparaged claiming of democracy’s implied rights. More than age, let alone gender or race, the cognitive capabilities of an individual should be the only decisive factor in their legal ability to vote. Voting has been usurped repeatedly throughout history, yet now that suffrage is universal in most developed nations, now that a new frontier for the legal rights of the historically oppressed had been reached, that usurpation has claimed unheard-of proportions.

Suddenly, most of the recent Hollywood sagas make sense in a global race for the polarization of the masses. Since 9/11, we have been tamed and trained, dumbed-down by media; our very customs have been swept in a mere decade by social media; police worldwide has become militarized and oppressive; laws have become intrusive, taxes unaffordable, justice unobtainable. Pharmaceutical companies have been pushing unnecessary drugs and vaccines to the world, inoculating Africa, fantasizing with pandemia; weapons industries have flourished, sparking contained, distant wars and destroying to obtain construction contracts and colonize, culturally and economically.

Nothing is new, except that through technology, this corporate neo-feudalism has become more aggressive and effective, although it has also become more exposed to the public, and this social awareness has been itself a cause for division. Hillary Clinton, as one of the strongwomen of U.S. politics in the past three decades, fully represents that establishment, which is completely oblivious to ideological or party alliances. Ironically, Trump is a corporate genius, although he has nurtured an image of financial and ideological independence and claims that nobody pulls his strings. As an outsider, he represents a break from a continuum of presidencies exhibiting adherence to this so-called New World Order: hence the link to Vladimir Putin, and their publicised and reciprocal admiration.

What will happen now? The only certitude is the absolute failure of all predictions. Most likely, geopolitics will enter a new and frightening era where stability – material and ideological – will be scarce. Polarization can be anticipated to progress in all levels of population, and the middle class will slowly begin to disappear; in developing countries, the emerging middle class will be culturally still-born and prone to behave emotionally to politics. The defeated establishment, already debilitated by war scandals and neoliberal ineptitudes, could be inclined to stage a crude comeback, accelerating their implementation of world government programs and population control.

Most of us grew up in a world where History was perceived as a thing of the past, where the relative importance of current events was dull in contrast to the exalted struggles and accomplishments of our ancestors, for all our gadgets and tech-savvy distractions. We seemed to be living a reasonably calm and prosperous era, or at least that is what we were being led to believe. In the same way as the concept of melancholy was born out of the boredom of medieval European court-life, a disillusionment began to seep into many of us, a sense of futility, a sense of disempowerment, and a strong feeling that democracy was not working any better than communism. Trump dug into this feeling and won, no surprise really.

Yet if anything, this is a time for ideas; this is a time for new thought to manifest itself, not in a defensive but in a constructive manner. Intellectuals worldwide must turn aside the navel-gazing and the critique-shocking poses and gather for a pedagogical brainstorm. Postmodernism is dead, and if it isn´t, it must be dealt with expediently. We need to be the “backward, quaint, naïve, anachronistic” anti-rebels described by David Foster Wallace in his visionary 1993 essay E Unibus Pluram: Television and U.S. Fiction. If intellectuals don’t succeed in this crucial civilizational quest to build a credible power alternative, a crusade of and for common sense and common good, only corporate sharks and illuminati pirates will stand between us and the barbarians.