BLOG PERPETRADO POR

FRANCISCO LEQUERICA

9.12.16

El arma de Chéjov



Más de uno está empacando las maletas y reservando cupo en las aerolíneas, aunque no se van de vacaciones: huyen. Ha sucedido lo que parecía impensable en esta época de falsa seguridad tecnológica, de accesibilidad, de comunicación, de transportes atronadoramente eficaces – un vuelco atroz como una mueca al peor pasado, a aquel que la memoria colectiva había enterrado entre monumentos y épicos filmes conmemorativos. Todos creen surrealista el hecho de que no sea un simulacro, de que verdaderamente no es una de esas películas que han visto tantas veces arrunchados a su pareja. Así el mundo, volátil, se ha tornado oscuro nuevamente. 

Entre los que leen la prensa se ha sembrado una contracción en la amígdala del miedo y, entre revoloteos, se han comenzado a despavorir en un éxodo sin cabeza. Así como los virus, con nombres progresivamente más exóticos y patentes privadas cada vez más recientes, se propagan sin frontera, así también la guerra y los totalitarismos van zarandeando los cuerpos de la humanidad por la orografía del mundo. Y se van pisando los terrenos ancestrales como se acata el pillaje de su savia y se destruye la memoria de cada partícula pulverizada por taladro industrial. No hay dónde huir.

Desde hace décadas, se venía preparando el desenlace mientras los corderos proliferaban en una Ilustración decadente, donde se habló de gaseosa y de desarme, donde se infravaloró la creatividad hasta volverla un producto, donde se fue implantando el olvido como cualidad transigente con el poder. En ese caldo amorfo, con referencias cada vez más restringidas a la Historia y a su análisis objetivo, se fueron sembrando delirios exponenciales de distracción y vulgaridad. Subrepticiamente, mientras contemplábamos nuestro ombligo en los “reality shows”, las piezas del juego que ahora inicia se fueron disponiendo tras bambalinas.

Cayó lo políticamente correcto, ya que siempre fue un embalse incontenible – se había vuelto un ridículo humano, una afirmación de hipocresía, una cabeza de avestruz en la arena y no la resolución del problema. Pero, con eso, también cayó la fina gasa legal que protegía a las minorías visibles e invisibles, que impedía al odio de manifestarse. No es que ese resentimiento se hubiese materializado desde la nada, más bien estuvo contenido durante décadas, tanto social como electoralmente, y ahora se ha hecho sentir porque las circunstancias del olvido político estaban maduras y que la gestión neoliberal había comenzado a mostrar los primeros signos de su ineluctable fracaso.

La situación geopolítica entonces, para los ojos de muchos, ha descarrilado repentinamente, cuando en realidad llevaba años en preparación. Mientras se inflama el Medio Oriente, Europa se ve inevitablemente confrontada tanto a crisis internas como colectivas, y amenaza con convertirse en la Roma asediada de Rómulo Augústulo. La crisis de refugiados no ha cesado de acrecentarse, motivando nuevos brotes de xenofobia en medio de economías moribundas. En América, la Pink Tide, o “marea rosa” de dirigentes catalogados generalmente como izquierdistas a partir del nuevo siglo, desde Evo hasta Obama, ha empezado a generar una marea inversa, de derecha democrática con fuertes tintes religiosos y lobbyistas. El presidente Trump confirma el auge de lo que podría llamarse una Grey Tide, o “marea gris” – un fascismo light (¿será?) a la inversa del comunismo light sugerido por el epíteto original – aprobada por Moscú.

El problema de esta preocupante balanza del poder reside en lo que hará la gente; a unos los habilitará como bully o en carne de cañón, a otros los hará trizas, a la mayoría, los empoderará a convertirse en peores individuos y sucumbirán ante los más abyectos instintos. Tantos libretos de cine distópicos y post-apocalípticos no pueden haber sido lanzados al público en vano – bien lo afirma la conocida regla de la dramaturgia apodada “Arma de Chéjov” y que emana de la siguiente cita del maestro ruso:

“Si dijiste en el primer capítulo que había un rifle colgado en la pared, en el segundo o tercero este debe ser descolgado inevitablemente. Si no va a ser disparado, no debería haber sido puesto ahí.”

A estas alturas, es posible que ya sólo Anonymous nos pueda salvar, así se sienta uno en la situación absurda y potencialmente esquizofrénica de deber invocar a un superhéroe romántico en última instancia. Pero son literalmente esas situaciones inverosímiles a las cuales nos han acostumbrado el cine y los medios, las que se han convertido en nuestras únicas referencias posibles ante el imperativo de la supervivencia, ya en un contexto primal y aterrador que ni siquiera necesitamos imaginar por nuestra cuenta; las imágenes de la historia futura ya nos han sido implantadas por celuloide al ritmo que se desintegraba la memoria colectiva.

La pregunta ahora es: ¿por dónde empezarán? ¿Cuál de los archiconocidos libretos de los que hemos libado en estos años será el primero en materializarse? Interiorizados los ensayos generales, se abre el coto para la caza. Pero pocos están preparados para lo que llega – la distanciación que se ha logrado con los medios y la insensibilización absoluta de nuestras percepciones no auguran la supervivencia de una mayoría. Admitámoslo: ello no nos ha preocupado como espectadores ya que siempre han prevalecido nuestros héroes en la pantalla, donde el fondo de millones de muertos sólo es potable si en el primer plano aún nos reconocemos. Pero el ciudadano común está lejos de ser un héroe de Hollywood, y en su distracción habrá llegado a olvidar lo que nos convierte a todos en héroes cotidianos, lejos de la pantalla. Para ese entonces, lastimosamente, puede que sea ya demasiado tarde.