BLOG PERPETRADO POR

FRANCISCO LEQUERICA

16.5.17

Tuertos reyes (ejercicio de soberbia)
















Como indudablemente paso “inadvertido para esos Profesores del cocido” por no “vivir como las cosas en los escaparates”, cuando no sobrevivo “de puro sinvergüenza” en esta “nueva Arcadia del Caribe” en que “se come arroz, carne y arroz”, “puesto que voy sin rumbo” y “nada pierdo y gano poco con ser cuerdo”, intuyo que debo “dar un susto a estos mamíferos de a medio real de décima” y que “si damos escándalo, ¡qué importa!”. Ya lo dijo el Tuerto López.

Se dice que en el país de los ciegos, el tuerto es Rey. Y ya que no fue el oftalmólogo quien me descalificó para el ejercicio de la codiciada aviación, sueño infantil, prometo no hablar de dioptrías. A diario me señalan mis perpetraciones como si fuera yo algún funcionario público que debiera responder por ellas, o me dan cátedra sobre la “forma” y la “diplomacia”, o me recriminan mi consabido carácter con la saña del editor de un pasquín provinciano ante un titular comprometedor. Aquí se debe descollar con discreción, a menos que no se le tema a la guillotina, porque el que no acate a Coelho perderá el cuello.

Un pueblo manso y apoltronado hablando de inteligencia emocional: ¿tiene sentido alguno? ¿O acaso lo tiene cuando habla de religión, de política, de amor, de la inestabilidad del Cerro de la Popa, de Transcaribe, o de cualquier otro tema? ¿Y qué tanto tendrán por elucubrar tan rústicos eruditos? ¿Que se vive más tranquilo sin criticar, en una eterna y resignada abnegación, que exaltarse es inmaduro, aunque fuere contra injusticias, que la violencia y el insulto son inaceptables en cualquier contexto, y demás memeces que suenan a gabinete psiquiátrico, a caño abierto, a elección comprada y a multimillonaria industria farmacéutica? Clemencia, que yo sí he leído.

¿Y qué tienen, qué aportan y qué apartan; pretenden ser ejemplos porque no les falta de nada en la despensa, como es el caso con uno? Confieso que soy fanático de dar lecciones atronadoras, cataclismos a quemarropa, máximas a la mandíbula y demás legados de la revoluta edad del duelo a primera sangre. Ya bastante he tolerado las “formas” ajenas, que se reproducen libremente, votan libremente, compran libremente y deambulan con impunidad por el espacio público, para la inefable desdicha de quien alguna vez entendió la libertad y su concepto, sabiéndose rodeado de egos esposados. Imprudentes son al arrinconar al que denominan salvaje – las mordeduras se pueden infectar.

¡Ah, Max Stirner, cuánto debieron banalizar tu ilustre regocijo quienes otearon tus volúmenes! Así como a Luis Carlos López lo tildaron – durante décadas – de simple tuerto, de poeta menor, de costumbrista o de regionalista, sin adivinar la profundidad universal de su obra, así intuyo que se equivocarán con más de uno y – ¿por qué no? – conmigo también. La soberbia, que está tan mal vista desde que la empleó Cristo, resulta un rasgo imperdonable a ojos de mediocres, anónimos y cómodos: les recuerda que ellos no han logrado nada en especial, sino encajar perezosamente en un esquema prefabricado. Me imagino a media Viena recomendándole a Beethoven la lectura de este o de aquel libro de superación personal, porque su ego los incomodaba – afortunadamente, nunca ocurrió. Mal parado veríamos al genial compositor haciéndole caso a cualquier consejito de marras, ofrecido entre el pánico y los celos por algún mal parido – quizás hoy ni lo conoceríamos porque habría cesado de ejercer.

Existe siempre por parte de la sociedad esa facciosa tendencia a querer ponerle riendas al artista: que conserve su talento y descarte su talante. Se le querría domar, encuadernar, beneficiar de sus frutos sin padecer las vicisitudes de la cosecha; este mercantilismo,  envilecido por las deficiencias estéticas típicas de todo lo encaminado hacia el denominador común, sólo ha conseguido materializar a hordas de usurpadores que se dedican a eclipsar, con sus esperpentos masificados, cualquier noción personal del Arte. El nuevo mandato, el de entretener a las masas, se relaciona más con el circo romano y su sistema de poleas sociales y de deus ex machinas, que con cualquier dictamen estético. Por eso les parece válido el consejo bobo, el reclamo, el regaño, los ojos entornados, los hombros alzados y hasta la amenaza cuando perciben mi palabra.

Ni quepo en la academia ni quepo en el empirismo. Mi fuerza ha sido el constante vaivén de mis herramientas por todo el paisaje sonoro sin que nadie lo perciba significativamente. Debo aguantar a diario el oprobio de mis supuestos colegas, muchos de los cuales estimo insuficientemente capacitados, así como de saltimbanquis de toda índole que piensan que la lluvia de aprobación en el féisbu significa alguna forma de potestad o de capacitación por encima de la propia técnica musical. Sin embargo, ninguno es capaz de tumbarme profesionalmente (por eso han tenido que pisotear y robar mi trabajo), lo cual en sí representa una prueba inamovible. Mi labor es y ha sido silenciosa, y silenciada – aquí hay censuras McCarthyistas que ni éste blog puede mencionar.

Por eso decido, como Napoleón kamikaze, coronarme yo mismo el Rey Momo, el Rey Tuerto de esta mondá, el idiota de turno con el cetro, el del cuello pendiente de que lo seccionen con inminencia en guillotina para degustarlo en escabeche. Sin cuello ni Coelho. Y afirmo: mucho de lo que está pasando aquí está mal hecho, mal pensado, mal querido, mal ferido. Aquí casi nadie hace las cosas bien: ellos saben quiénes son, no los tengo que taxonomizar como en un burdo panfleto paraco. Lisa y llanamente: “no necesito tu aprobación”, que es lo que está de moda y que tantos acá dicen tras proponer su barrabasada. Pobre Bach.

Gusto de negros y no soy un blanco perfecto, pero no tengo porque estar en la mira. Seré escueto: yo volví aquí a robarme la música, y si me siguen jodiendo me voy con ella y no les dejo más que reggaetón. Aquí he tenido que tolerar mucha discapacitación voluntaria, ignorancia arrogante y actitud soberbia por parte de quien no proporciona ningún avance real al arte de la música ni nutre almas sino que sólo hace menear el trasero. Aquí cualquiera que haya rebuznado después de las 11 pm y lo haya difundido en vivo en redes, tiene a veinte mil amas de llaves siguiéndolo en Instagram, a veinte mil leas burdas de brazo en jarra, con voz y andar de chancleta, inundándole el muro con sandeces mal ortografiadas – y se cree artista por criterio y designio popular.

Aquí cualquier causita se pretende bardo porque rima infinitivos más de dos veces seguidas sin saber de hemistiquios ni sinalefas, y se arman batallas campales por estas necedades. Aquí cualquier estudiante se gradúa summa cum laude de moña y se parquea ahí en el árido panorama turístico e institucionalizado, echa raíces como quien se compra una moto y se queda toda la vida de mototaxista. Aquí cualquier DJ se pretende compositor porque maneja botones y laptops: ¿me pregunto si alguna vez habrán editado para orquesta sinfónica en Finale®? Zapatero, a tus zapatos – sin querer demoler lo electrónico, porque no se trata de eso, sino de poner las cosas en su lugar. Aquí hay que restaurar las jerarquías, o habrán de rodar cabezas – aunque sea la del rey de la reyerta.

1.4.17

Carta abierta a un posmodernillo
















Los posmodernillos son criaturas sin alma, fastidiosamente entrenadas en el mimetismo de posturas académicas ya esgrimidas con anterioridad. Púyelos quien guste de pruebas y verá: le vomitarán indistintamente los millares de volúmenes, taxonomías desiertas y referencias rotas en que fueron perdiendo su pasión, con tal de reprocharle la suya. Son gente cuya lucha se ha reducido a una línea defensiva sin interés ni mayor consecuencia que la degradación de sus propias percepciones, cada vez más infértiles e incestuosas, cuya angustia carece ya de valor vital, y cuyas herramientas acumulan polvo o se consumen en pólvora para gallinazos, como en este caso, aunque sus logros constituyan más un veneno que un alimento. Qué victoria saboreé al percatarme que mi último artículo había motivado, meses atrás, una filípica más larga aún que mi propio texto y en la cual un posmodernillo de turno, Juan Carlos Padilla Rincón, compositor “de profesión” (es decir con sueldo), devoto servidor de un gremio obsoleto y abusivo, se regodeaba y encarnizaba al arrojarme una plétora de vitriolos a la jeta sin darse cuenta de que caía en mi trampa a cada renglón que me espetaba, esperando causar en mí duda, rabia o impotencia.

Transcribo aquí la respuesta sin edición alguna [sic]:

“No sé aun qué es lo peor que tiene su atículo. En primer lugar hablaría del tema de las raíces. ¿Cuáles son nuestras raíces? ¿Cuáles son las raíces de cada compositor? Lo dijo con claridad el cantautor, compositor y muti-instrimentista Pedro Aznar en una conferencia, al igual que lo dijo Ernesto Jodos, director del área de Jazz y Música moderna del conservatorio Manuel de Falla, en otra. Lo que finalmente le dio vida al folklore más allá de Piazzola no fue el folklore. Jodos, considerado uno de los mejores compositores de jazz de Argentina, en una conferencia a la cual lo invité, cuando los estudiantes le hablaron de los folclores y las raíces como influencia y necesidad dijo: "mis raíces son led zeppelin y....."

Uno vino aquí para escribir lo que quiera, sin condicionantes, ni siquiera de las denominadas raíces etnocéntricas, que nadie sabe con claridad qué significado tienen dentro del mundo estético y que poseen en el fondo - si se sabe leer con cuidado - un odioso discurso antropologista y de salvación de "los buenos salvajes" neo-rousseuauniano, más eurocéntrico que el mismo eurocentrismo. ¿Y la pintura flamenca, y los impresionistas y el rock del brasil o agentina?

No existe tesis antropológica y estéticamente más débil que la del etnocentrismo musical y usted, como maestro que se hace llamar, tomando dicha postura en un mundo plural como el actual, mandará claramente a sus estudiantes al atraso.

En segundo lugar, usted habla de eclecticismo, pero simultáneamente quiere ejercer un nuevo sacerdocio, poniendo ciertos lenguajes de la música en campos de concentración, sosteniendo que dichos lenguajes hacen parte de la "decadencia". ¿Acaso esos lenguajes no deberían hacer parte de dicho "eclecticismo"?

No quiero entrar a discutir sobre lo que significa dicho término - decadencia - el cual usted usa de forma oscura y débil, pues decía un pensador que aquel que ve todo desde la decadencia, muestra a su vez altas cuotas de resentimiento. Emplea de manera descontextualizada a Bauman, pero sin complementar su lectura con otros pensadores como Illouz, Chul Han, Sloterdijk, Barthes, Foucault y toda la teoría estética y la filosofía estética en su conjunto para poder tener una visión más amplia de lo que usted piensa que es la decadencia artística, suponiendo que consiste en el empleo de ciertas formas de la expresión y del lenguaje.

Pero si hemos de citar a un compositor que pertenezca al eclecticismo, hablaríamos de Stravinsky - a quien usted no menciona - quien jamás despreció ningún lenguaje; esto por amabilidad y no nombrar compositores como Steven Stucky, Corigliano, John Adams o Reich de la "escuela norteamericana", escuela que usted pone entera en una bolsa como si fuera "una unidad", cometiendo un burdo error epistemológico, sin hacer reparos ni distinciones, a menos que suponga que toda esa escuela es Cage. ¿O es que acaso, la emprende fuertemente contra una escuela que dentro de su amplísima inclusión y diversidad, no conoce bien? Eso es como suponer que toda la escuela contemporánea francesa es de los "hijos putativos de Boulez". Qué falsas son en definitiva estas "generalizaciones", que solo muestran falta de rigor en el discurso. Creo que esto no se vería nada bien de su parte, como "académico".

A esto podemos sumar a compositores como Hillborg o Aho, de la escuela nórdica. Algunas facetas de Rihm en alemania y hasta la "nueva cara" del mismísimo Pendereki que estuvo por aquí hace poco. Son los baluartes del eclecticismo. Usted critica la música nueva pero veo que la conoce poco y solo menciona aquí prácticas que ya van para los cincuenta o sesenta años, como si fueran la vanguardia y la actualidad.

El estructuralismo musical a través del cual usted discurre, ha sido superado desde los años setenta y nadie cree que un lenguaje musical "determine" ninguna estética. Un le guaje es un instrumento, conveniente para lograr ciertas estéticas. Pretende usted acaso ¿suprimir una lengua, es decir, una forma de la cultura musical, de decir la música y simultáneamente criticar el eurocentrismo opresor? ¿No resulta eso contradictorio?

El juicio estético del gusto personal, pese a que hoy no existen cánones universales - menos mal - en el obrar estético, sigue siendo el más débil. Requerimos de argumentos más sólidos para establecer una crítica que el gusto personal, o la tesis de la modernidad líquida, que es apenas una visión incipiente de algo en extremo complejo, señalando por otra parte que Bauman en la totalidad de su obra se refiere al consumo, la política y la construcción de la subjetividad y más bien poco al arte. Allí es bueno discurrir desde otros lugares.

En tercer lugar, su etnocentrismo facilista lo conduce a una mala interpretación de lo que es "decolonial", porque justamente Grosfogel, que es el adalid más recalcitrante en relación con este discurso, no habla de "nuevos provincianismos" - comprende que eso también es la muerte de la cultura - sino más bien expone que todas las expresiones posean la "misma fuerza". ¡TODAS! Con lo cual queda claro algo: para ser reconocido, no es necesario pisotear la existencia de otros, ni desaparecer formas de hacer las cosas, ni denigrar de las mismas. Y que esto aplique a todas las cosas, incluyendo la estética.

En cuarto lugar, reducir la estética a una especie de "función social", - el arte es arte porque tiene una función social y blabla..... - o a las ideas kantiano-hegelianas de bien y belleza y "únicamente" a eso, es uno de los "lugares comunes" mayormente rebatidos en el arte, pero hay que decirlo, desde la primera estética de Nietzsche - que además tuvo tres - hace un siglo y medio y usted también discurre desde ahí, de una forma débil, ya superada desde el mismo sxix.

En quinto, usar todo esto y un "aparente interés" por sacar adelante una escuela para establecer una pugna entre la "olvidada costa" - victimización falsa además, pues miles de estudios, prácticas e interés hay aquí en el interior sobre el particular, que usted obviamente desconoce - y otras escuelas, fundamentalmente la del interior, porque no sucumben a sus caprichos estéticos, me pareció realmente pobre. De un regionalismo pobre que debe ser superado por todos los medios.

Pero además usar esto, la idea de hace crecer una escuela, para "darse aval a sí mismo" en un acto de abierta arrogancia, ya me pareció insoportable. Me pareció poco ético y utilitario. Y realmente inaceptable emplear esto de forma utilitaria como excusa, para poner en este artículo su bitácora de logros y obras, que si usted fuera más profesional y paciente, podríamos conocer por otros medios. Uno no habla por sus obras, son las obras las que hablan por uno y ponerse en medio, en la escena, muestra una actitud fuertemente cuestionable.

Pero, en sexto lugar y como si esto fuera poco, terminar empleando esto para hablar de sus frustraciones personales y atacar personas sin ningún fundamento y con argumentos débiles, simplemente porque su "ego agitado" - el cual debería aprender a moderar - no es capaz de reconocer que perdió un concurso de composición y que tiene que seguir trabajando para mejorar, ya raya en el absurdo. Y que lo perdió - esto lo digo por que lo sé y es mi obligación por respeto a nuestro gremio y profesión desmentirlo - porque su obra tenía una orquestación débil y fallos técnicos en ese aspecto. Y me parece realmente inaceptable y poco ético por parte de un "profesional", usar el nombre propio de un compositor de forma denigrante y usar de forma implícita el de un jurado, que ha sido considerado durante los últimos treinta años como uno de los más grandes compositores y orquestadores de este país, no solo desde aquí sino también desde fuera, para sostener que "debía haber ganado" y que no lo hizo porque no se aprecia el empleo de elementos "autóctonos" en las obras. Esto es absolutamente falso y es en extremo fácil argumentar lo contrario con las mismas obras que tienen estos elementos y han sido premiadas, empezando por ejemplo, ¡por las mías!.

Veo aquí argumentos muy pobres y una gran dosis de envidia y resentimiento. ¿Es esto lo que usted pretende transmitir a sus estudiantes? Entiendo por qué a veces, cuando a nuestros centros educativos acuden estudiantes de fuera, lo primero que tenemos que enseñarles es a que se "tranquilicen" y que tranquilicen y apacigüen su "sí mismo". Pero es inevitable que no caigan en estas posturas, si eso es lo que se les transmite. Nomlos culpo.

He sido jurado de diversos premios nacionales durante muchos años y es apenas común que nuestros estudiantes participen en ellos. Según sus absurdas lógicas, jamás un estudiante de un jurado podría participar en un concurso, porque eso "implicaría necesariamente" que ese estudiante va a ganar el concurso. ¿Esos son sus argumentos? Esto es absurdo. A menos que usted esté insinuando que le "robaron" el concurso, solo porque perdió, lo cual aparece doblemente inaceptable, ya que puedo dar fe que en esas materias, poseemos aquí una tradición impecable, pero además muestra su falta de solidez como artista y compositor. Porque este artículo que usted escribió, ha sido solo una "excusa" para llegar a ese lugar. Una excusa para sacar a relucir su situación personal.

Y pese a que también me encuentro distante de algunas prácticas de las vanguardias como compositor, siempre he preferido establecer discusiones con altura desde lo estético, desde lo ético, desde lo filosófico, lo académico y resulta pobre que su artículo termine en una especie de lucha regional, falsa victimización propia y ataques ad-hominem a otros colegas y compositores.

Música buena y mala existe en todos los lenguajes, al igual que arte bueno y malo. Cuidado con las falacias lógicas en este punto. Claro. Las falacias lógicas son fácilmente creíbles por jóvenes, porque son argumentos pontificales del tipo dogma de fé. Tienen carácter de histeria mediática además y se ve que eso es lo que usted está tratando de causar probablemente causará en su séquito de aduladores, a quienes transmitirá sus oosturas de frustración, resentimiento, indignación etc...

Terminaría esta larga respuesta diciendo varias cosas. La primera es, usando términos de un filósofo, que la muerte de toda escuela empieza cuando "solo establece monólogos consigo misma". Esto ocurre en zonas donde aparecen lenguajes de tipo pontifical y discursos metafísico-sacerdotales. Si bien algunas escuelas de la vanguardia no se han quedado atrás en esta práctica, pues usted, en su discurso, tampoco lo ha hecho. En el caso de la Nacional, pecó por ignorancia, pues es una escuela absolutamnete "ecléctica".

En ese aspecto he de decirle que si allí donde usted vive no hay escuela y usted es el actual pontífice sacerdote de la misma como puede verse por este escrito suyo - por eso el adagio popular "en tierra de ciegos el tuerto es rey" resulta casi siempre veraz - diría que esa escuela "ya nace muerta", lo cual me entristece, pues he tenido durante toda mi vida, "excelentes estudiantes y colegas pertenecentes a esas regiones" - y esto quiero subrayarlo - y me duele que su futuro quede en manos de discursos provinciales y resentidos. Eso generará más atraso.

Y aunque soy enemigo de las "apologías" y esta no es una, sino una aclaración sobre los hechos, ya que me veo enfrentado a un discurso de alguien que de aquí en adelante considero algo peligroso, quisiera señalar algo con una anécdota. La diferencia entre la postura de James Díaz a quien conozco y su postura es la siguiente. James Díaz ha ganado los premios nacionales de composición en música de cámara, reapertura del teatro colón, ministerio de cultura, beca del banco de la república y fue becado con el 85% en el Manhattan School of Music. Todo eso en conjunto prueba quien es. A usted simplemente lo han vencido en un concurso como nos ha ocurrido a muchos y usted se niega a aceptarlo. Pero él no siempre ha ganado. En el año 2013, yo lo vencí en el premio nacional de composición para orquesta sinfónica más importante, que es el de la filarmónica y él quedó de segundo. Conozco esa sensación porque mi pared está plagada no solo de "títulos al vencedor" sino de esas "menciones de honor". A diferencia de su actitud, lo cual muestra la calidad de James no solo como compositor, sino como profesional y humano, simplemente me escribió para felicitarme. No nos conocíamos. Yo lo invité para que charláramos sobre música. Discutimos nuestras perspectivas. Llevamos nuestras obras y las leímos. Nuestras estéticas son muy distantes, pero ya no estamos en el sxviii ceñidos a principios "universales y canónicos" de belleza. Hay que discutir las cosas, y pensar y argumentar - es lo que usted no hace aquí prefiriendo la denigración, la especulación gratuita y la falacia -. Pero es de la otra forma, como se crece y se aprende.

Remataría con una crítica filosófica diciendo que usted usa dos términos - lo sublime y el signifcado - para tratar de argumentar estéticamente en su texto. Solamente le informo que esos dos términos son los que ha usado A. Danto en sus textos - uno de los críticos de arte más importantes de la actualidad - para darle aval a la vanguardia que usted tanto desprecia. Y como decía otro pensador, no se puede combatir algo con los "mismos principios" que hacen parte de ese algo. Esto mostró un fuerte desconocimiento del tema por parte suya y lo deja mal parado.

Si usted pretende que su escuela vaya a algún lugar, es importante que aprenda a valorar y escuchar a otros y no solo a sí mismo. La arrogancia es una muestra de falta de solidez y lo que necesitan los estudiantes y una escuela, es que se les transmita todo lo contrario. Que se les enseñe a dialogar de forma siempre crítica, con argumentos realmente fuertes y epistémicamente sólidos con estéticas contrarias a las suyas. También a convivir con esas estéticas y también a sacarles provecho en su beneficio.

Le informo también que que "concierto para gaita y orquesta" - además magnífico - ya se escribió. Lo escribió Juan S. monsalve, tres veces premio nacional de composición y becario de Ennio Morricone, empleando en todos los casos elementos de las músicas colombianas en sus obras.

Ahora. En mi opinión, el mundo sinfónico colombiano hay que transformarlo. Eso hay que permitírselo. No podemos seguir en la idea de la "cumbia gallega orquestada" o el "bambuco lleno de unísonos ennla cuerda". Justamente esa actitud pobre, es la que no nos permite estar a la altura de países como Brasil, Argentina, Cuba o Venezuela. Pero para que eso ocurra, se requiere mayor apertura estética, mental, lingüística, y depurada técnica orquestal. Un pensador decía que hay personas tan pobres, que prefieren un puñado de certeza a una carreta de infinitas posibilidades. En el arte, eso resulta fácilmente en su ruina. Por eso Debussy salvó la música francesa a través de la música china y otros hicieron otro tanto. Por eso creo que lo primero que deberíamos empezar a cuestionar a fondo, es el problemático y vago concepto de "escuela" que usted usa como telón de fondo para escribir todo su artículo; esa idea, proveniente del eurocentrismo académico de las categorías, es en definitiva, la que más segrega, divide, clasifica, hace cortes inapropiados de las cosas como los que usted realiza en su escrito. Para exigir un discurso descolonizado, hay que descolonizarse primero.

Lo que me parece realmente gracioso, es lo contradictorio de todo esto, pues su artículo comienza por darle aval eurocéntrico a la práctica composicional nuestra, tratando de cndicionar la crítca hacia estos autores por ejemplo.

Piense en lo que le digo si llega a leerlo, más allá de la rabia y el odio que caracteriza a nuestro contexto.

PD: hay que señalarle a su vaca sagrada por la que empieza su escrito, que no se escriben fusas cromáticas en las violas. Si hemos de crear una nueva escuela, empecemos por cuestionar realmente a las vacas sagradas que no hicieron del todo bien algunas cosas.

Macumbia es bonito, pero es un sonido que como muchas cosas, debe ser ya transformado. Y es torpe pensar que uno puede obtener resultados diferentes obrando de la misma forma y bajo los mismos sistemas mentales. Otra actitud es vivir de nostalgias. Ya lo dijo Foucault. Es una de las mayores mentiras esta postura hacia la existencia.” 

Y así concluye…y arranca un servidor...

¿Y quién eres tú, posmodernillo de turno? Te tuteo porque me has dado bastante confianza, la verdad. ¿Así que te molestaste porque no me convence el implícito, quien en mi opinión compone y orquesta fatal, por cierto, y cuya producción no sirve para nada, ni para acabar con la guerra? ¿Quién es la vaca sagrada aquí, un costeño “resentido” o el doctor que lleva tres décadas encaramado a la cumbre, como si necesitase a sus “aduladores” para defenderlo de un costeño “resentido”? ¿Acaso su maltrecho e impotable Preludio y Danza de los Hijueputas hacía referencia precisamente al gremio del que te pretendes ahora portavoz? Tu actitud aquí es la de cualquier sapo vulgar, y si tanto “sabes” sobre el concurso que “perdí” (“ganador suplente”, se leía en el documento oficial, y no “perdedor suplente”), sólo me persuades de que estás en su rosca y de que ese tipo de información acerca del concurso no parece ser tan confidencial como era de esperarse. Tú no deberías saber nada si no estabas en ese jurado, que conste, a menos que dicho concurso no fuera tan transparente como lo aseguras; ya que preguntas, no acuso porque no hay pruebas, pero no puedo evitar arbolar algunas sospechas en el seno de un país tan corrupto, especialmente dada la insólita virulencia de tu reacción. Ojo: de haber perdido el concurso, yo no habría alzado la voz, pero me permito cuestionar esa categoría del “ganador suplente” y las propias reglas del concurso, porque constitucionalmente estoy en todo mi derecho de hacerlo. Yo lo que creo es que el mundo ese de ustedes se viene abajo: si no me hubieras contestado así, hubiera llegado a creer que el resentido era yo, me hubieses puesto a dudar. Pero tu ataque rastrero, de poca monta, la saña con que pretendes desenmascarar a quien estimas un charlatán, me resultan meras pataletas de ahogado, y me recuerdan a algunas de las nimiedades que lanzaba Spohr sobre el Beethoven tardío y sus “aduladores” (si de verdad yo tengo algunos por ahí, aprecio que me lo comuniques para evitarlos, ya que por fortuna no los conozco), así que sólo me alimenta ese “ego agitado” que tanto te acaba agitando a ti. Más bien deja de moderarte tú, en lugar de pedirme con descaro la moderación mientras incurres en injurias personales; quizás entonces valga la pena escuchar tu música. Pero ajá, el cinismo es tan posmodernillo…

Tus argumentaciones son hábiles, pero vacías. Y no caeré en tu trampa esa de refutar tus ataques uno por uno como en un debate cronometrado, sometiéndome a tu forma. No me das rabia, me da lástima cómo participas en el siglo. Dices por ejemplo que Arthur Danto ha usado los conceptos de “sublime” y de “significado” para probar lo opuesto de lo que intenté demostrar con las mismas denominaciones, por lo que concluyes que no sé argumentar (querrás decir que no pienso ni escribo como tú ni como Danto y que eso te incomoda). Pues vaya falacia: ni que lo que Danto escribiese fuera un absoluto inquebrantable de las leyes de la física. Por la misma lógica, podría yo argumentar que cualquier cosa que yo postulase es más verdad que lo que postulase otro. ¿Con esto qué quiero decir? Que caes en tu propio jueguito de onanismo intelectualoide que no hace más que engendrarse a sí mismo, encarnando una idea falsa de variedad, de equidad, de valores yuppies con suplementos de vitaminas. En otra sección del tedioso intento de defenestración que me dedicas, opinas que los “principios universales y canónicos de belleza” no existen, pero sigues teniendo un gato y amándolo porque es un gato, o sigues escuchando compositores muertos (yo también). Después decretas que hay “música buena” y “música mala en todos los lenguajes”: ¿aún estás tan seguro de que no perpetras contradicciones, di? No estaremos en el siglo XVIII, pero ustedes siguen claramente anclados en el pernicioso siglo XX. Eres, pues, un posmodernillo y has digerido mal tanto libraco; yo sólo leo por amor. Todo es vanidad, decía el otro.

Era la primera y última vez que presentaba algo a un estúpido concurso, protocolo que nunca me atrajo, ya que – como declaró Bartók, un etnocentrista exitoso que te será difícil atacar – los concursos son para los caballos, no para los artistas. Sin embargo, bien has querido igualarte a lo que en mí condenas al alardear que tus resultados son tus premios, como queriendo restregarme en la cara tu opinión de que soy un mediocre sin preparación al no haberlos ganado y juzgándote por ello en capacidad de criticar mis capacidades técnicas: allí es que te acabas desvelando como un creador vacuo e innecesario. Un compositor no comete errores, sino que toma decisiones y las asume como lo hago yo ahora: evidentemente, tú no fuiste el primero en tomar las decisiones que has tomado, y por eso hoy te ves en la triste necesidad de defender a los que te dieron el platico de comida. Por supuesto que hablo por mi obra, porque estoy vivo, como quien habla de su prole. Cuando me muera o que los desgraciados posmodernillos me acaben matando, entonces hablará mi obra. Como me resulta absurdo esperar deferencia alguna de parte de cualquiera, y menos aún si se trata de un posmodernillo, no practico la falsa modestia. Parece mentira que, teniendo tantos enemigos comunes, busques señalarme como impostor ante la comunidad. ¿No crees más bien que los impostores, los enemigos son otros? A veces creo que los compositores posmodernillos hacen más daño que el mismísimo reggaetón: al menos, ellos no usurpan totalmente la profesión, ni entran a las salas sinfónicas, porque se creen bandidos, no artistas. En el caso de los posmodernillos, bien pudiera ser lo contrario.  

Te estoy hablando sin tapujos: yo no estaba buscando pugnas en mi artículo sino estableciéndome aparte de lo ya establecido; pero tú sí andas peleando. Yo me creo capaz de profecías, pero tú todavía crees en los psiquiatras (aquellos que abofeteaba y troleaba Breton), tú serías capaz de perdonarle a Foucault y a Barthes cualquier deconstrucción, hasta a medio siglo de ese Mayo del ’68. Yo creo en la magia perceptual, en el duende de Lorca, y en esos conceptos vagos y desdibujados que te parecen débiles porque no están plagados de tus distorsiones perceptivas, tan materialistas, tan falsamente pragmáticas, tan posmodernillas, como tú. Tu música no es inmortal, ni sirve para curar a nadie. Con esto no busco asegurar que la mía lo sea, pero sé que es eso lo que busco y que tú no lo querrías, porque el cinismo de tu abnegación posmoderna a tu percibida inutilidad del Arte no es más que la frustración que genera tu incapacidad de crear eventos significativos. En eso radica nuestra diferencia: incapaz de acercarte fenomenológicamente a tus sentidos y a tus herramientas, acusándome de decontextualizar a Bauman, me endosas tres estanterías de libros con los que posas en féisbu, como queriendo añadir a tu saña la acusación de mi incultura, o como si la confusa y marmórea proliferación de citas inconexas garantizara en ti alguna superioridad cognitiva. ¿Di, y la Forma? ¿A tu vez no estarás colonizando esta región con tu discurso? Otra vez te estrellarás: la Historia es de quien la hace, no de quien la cita.

Me importa una “fusa cromática en las violas” que creas que desconozco los autores que me escupes, pero no venían a cuento en mi análisis (ni en el tuyo), ni lo expuse en función de que tú me corrigieras como si poseyeses algún tipo de potestad técnica o estética por encima de mí. Si crees que me “pasé de piña” y que me merezco algo más en retaliación por haberme atrevido a despreciar a tus gurús, sigamos: a ver hasta dónde llega esto, me puede resultar divertido. Puedes halar de Wikipedia todo lo que quieras, tú también estás en plena decontextualización y tu verborrea supuestamente cultivada no consigue impresionarme. Por eso, te doy razón en que querría recluirte a ti y a los tuyos en un “campo de concentración” estético (te cito), para que dejen de monopolizar el Arte como “vacas sagradas” y de creerse el putas porque les tocaron tres notas alguna vez en Nueva York con la excusa del exotismo (a mí también me han interpretado en varios países, ¿y qué? ¿Importa, o exporta?). Los posmodernillos no merecen respeto profesional – por culpa de ustedes están las salas vacías y el mundo en crisis semántica, ya que tenían la responsabilidad de sanarnos y sólo agrandaron la herida. ¡Qué catástrofe, que hayan llegado a pensarse hasta víctimas y no hayan contribuido un ápice a crear una sociedad, apenas un “gremio” saludable! En eso habrá de residir mi resentimiento con tu “gremio” al que me digno no pertenecer, porque no le envidio a ninguno de ustedes esa vida de compositor académicamente realizado (maniatado, gentrificado, un funcionario cultural) porque me parece una semántica mitomaníaca aquella en la que se desenvuelven, porque opino que viven en (y de) lo esencialmente falso y que para todo tienen respuestas tan previsibles como cargadas de pedantería, aunque siempre acaban sonando como un lorito y acaban aburriendo.

Me puedes acusar de muchas cosas, pero sólo me engrandecerás, harás de mí esa “vaca sagrada” que tan bien encarnas en tu propia respuesta. Si no entiendes el sentido de mi artículo, que sólo logras percibir en él resentimiento y pobreza conceptual, discursiva o analítica, me queda claro que nunca has conocido la Costa ni las circunstancias de su Música, o quizás solamente hayas venido a algún Festival, como tanto cachaco que nos desprecia así diga públicamente que le parte el alma nuestra indigencia regional. Pero también he de mostrarme agradecido contigo: he aprendido muchas cosas gracias a ustedes los posmodernillos, especialmente cómo NO componer. Nadie retiene a los compositores costeños que haya aquí de pasarse a tu lado, de dejarse seducir por tu intelectualismo anoretentivo y tu cartesianismo voluble digno de tesis de maestría atragantada. Tu petulancia carece de originalidad (no creo que la mía peque de eso), y sólo demuestra mi acierto al dar en tu llaga sin proponérmelo siquiera. El acto creador en ti no tiene potencia alguna y no sobrevivirá más que como – irónicamente – un folclorismo corolario, una falange del posmodernismo tardío en el tercer mundo, que se pasará por encima en la Historia de la Música porque no tomó riesgos, no rompió paradigmas ni desafió a nadie.

Y, para colmo, cometes el atrevimiento de declarar que “te duele” mi región por quedar en manos de gente con mi visión (yo ahí hablaba de estética, no de un golpe de estado) – tras ese amago fallido de solidaridad solemne, sólo te faltaban las medias bajo las sandalias, el vueltiao chimbo de cincuenta barras que te dejaran en cien por la Torre del Reloj, y el cóctel de camarón en la mano. Según tú, ni soy “maestro”, ni “profesional”, sino un provinciano colonizado e ignorante, fracasado, inculto y resentido, que escribe “cumbias gallegas” mal orquestadas con unísonos en las cuerdas, un “tuerto rey” (¿o sea que mi región está ciega? Pues ojalá traigas tú la luz), y “algo peligroso” (me sorprendió aquí el “algo” mitigante, como si intentaras ocultar algún pánico freudiano). Vale, mil y mil gracias por esa importancia que me brindas, con la que me buscas acribillar mientras me estimas contrincante… ¿algo más, o es que me tomas por un pastor Arrázola? Sólo te diré: ¡Posmodernillo! (para mí, no hay peor insulto entre profesionales, y aunque tus insultos rocen lo personal no me agradaría en absoluto devolvértelos en esa nota tan sobria sino cargados de un humor que, desde luego, no es el tuyo). Ya que mencionas que Debussy “salvó” (¿o sea que aquí sí te sirven las “vacas sagradas”?) la música francesa de su tiempo (¡pobre Fauré, no entendiste un c…!) con lo que fueron sus vagas percepciones folclóricas, al fin y al cabo, espero que sepas que tuvo serios problemas en el Conservatorio, perdió un puñado de veces el Prix de Rome, y se enemistó con media Europa, que repudiaba su conocida arrogancia y sus armonías paralelas, su falta de desarrollo clásico y demás reproches técnicos, mientras despreciaba públicamente la música alemana como yo desprecio la tuya y la que has elegido defender. Pero claro, ni yo seré un Debussy, ni tú un Spohr, gracias a Dios. Acto seguido, me reservo el derecho de no hablar de Stravinsky ni en bien ni en mal y de quedarme solo como Janacek o Vivier. Y amparándome en mi disfraz de “vaca sagrada” (al que me estoy acostumbrando así haga un calor tremendo por acá) te vaticinaré, por encima del criterio de cualquier premiación con la que hayas sido galardonado, y siguiendo tu lógica falaz, que sirves para crítico mas no para compositor o – dicho de otra manera – que estás lo suficientemente capacitado para ser ignorado.  

9.1.17

Schola Caribica: una escuela de composición del Caribe colombiano





F. Lequerica: Fragmento de Curura (sobre una melodía de José Lara),
del Cancionero Caribe, op. 55 (2015)

Desde la costa atlántica colombiana, los compositores Adolfo Mejía (1905-73) y Francisco Zumaqué (*1945), pertenecientes a las generaciones pioneras de la música sinfónica en el país, fueron alumnos de Nadia Boulanger (1887-1979). Recordemos que la maestra Boulanger fue una educadora francesa sin parangón en la historia del siglo XX, cuya carrera abarcó siete décadas y cuyo alumnado, preponderantemente nativo del continente americano, constituye un elenco impresionante que se extiende sobre varias generaciones: Copland, Menotti, Villa-Lobos, Piazzola, Glass, Carter, Nørgård, Gershwin, Baremboim, y hasta Quincy Jones, por no mencionar a los otros 1200 alumnos que pasaron por sus clases privadas de composición antes de desarrollar carreras ilustres en aquella disciplina. A diferencia de maestros contemporáneos como Messiaen o Stockhausen (éste último, alumno del primero y profesor de mi profesor, Michel Gonneville), el estilo pedagógico de Boulanger no buscaba impregnar al alumno de la visión del profesor sino hacerle tomar conciencia de su propia individualidad y esencia compositiva. En este aspecto, he de agradecerle al maestro Gonneville el hecho de nunca haberme impuesto sus soluciones compositivas, así como el de haberme preparado con rigor técnico.

Gracias a este enfoque, los alumnos de Boulanger se convirtieron en pioneros destacados en sus propios países y muchos de ellos fundaron escuelas de composición y cánones de expresión sonora muy ligados a sus raíces culturales y a la expresión popular en general, dentro del contexto de una pluralidad estética y de una técnica moderna, ecléctica e impecable. El efecto de las músicas de Copland en EE UU, de Piazzola en Argentina y de Villa-Lobos en Brasil fue decisivo como forja de identidad de sus respectivas culturas. Sin embargo, en nuestra región, la obras de Mejía y de Zumaqué, aunque indiscutiblemente geniales, se toparon con un contexto sociocultural y político poco apto al florecimiento de sus aportes.

Mientras los mencionados compositores transformaban las realidades culturales de sus naciones, las obras de los compositores colombianos, y en especial las de los costeños, caían en el olvido mientras el país, sumido en viejas pugnas, desaprovechaba la oportunidad de rehabilitarse a través de un arte con envergadura y proyección social en el marco de una visión cultural progresista e inclusiva. Han tenido que pasar cuarenta años desde del fallecimiento del maestro Mejía en 1973 para que su obra haya empezado a ser explorada con el rigor y el criterio musicológico que requiere, gracias a las labores de investigación que se llevan a cabo en UNIBAC. El jazz costeño en general, en manos de artistas como la cartagenera Melissa Pinto o el barranquillero Nacho Nieto, ha tenido mejor suerte que la música sinfónica y ha extraído del folclor una plétora de recursos que se han adaptado a la semántica esencial del jazz con un rotundo éxito y una innegable originalidad que atrae mucho interés en el extranjero.

El Caribe colombiano se encuentra en un momento clave de su desarrollo sinfónico. En la última década han venido apareciendo orquestas y ensambles de diversa índole, han llegado festivales internacionales con sus respectivas nóminas, se han creado nuevas escuelas, semilleros, facultades e iniciativas, y el nivel técnico ha empezado a mejorar considerablemente, emparejándose poco a poco con el del interior del país. Aunque el desarrollo resulta aún insuficiente en esta etapa, su mejora es inevitable, y el momento parece propicio para el planteamiento de una escuela compositiva comparable con las ya mencionadas en otras naciones del continente, seriamente comprometida con estar a la altura de la tarea de continuar legados como los de Mejía y Zumaqué. Esto implica una reapropiación musicológica exhaustiva y cumulativa de nuestras raíces musicales a la imagen de los preceptos de la maestra Boulanger o como lo demostró magistralmente Béla Bartók. En un contexto con tan poca experiencia sinfónica como el de nuestra región, aún pueden existir ciertas ventajas para un compositor: aquí, la estupenda fenomenología musical de Celibidache (una extensión zen de Husserl) es completamente posible, así como resulta viable darse al Arte sin el trauma del postmodernismo, sin el serialismo totalitario y demás experimentos para vaciar salas de concierto, en fin, sin todo el blasé (esa apatía estética propia de lo culturalmente decadente y de difícil traducción) al que las academias europea y norteamericana han sucumbido hoy día. Curiosamente, a través de la tormenta del serialismo integral de la posguerra, el ejemplo de Bartók fue la principal brújula para muchos eclécticos que se situaron al margen de la lamentable pelea entre serialistas y “todo lo demás”, empezando por Ligeti.

La primera obra de Ligeti que sonó en el Caribe colombiano fue uno de los Estudios del 1er Libro, interpretado por Raymi Utria – quien en ese momento era uno de mis estudiantes de la cátedra de piano acústico de la Universidad Reformada de Barranquilla – en un contexto académico y por insistencia mía. Fue en 2014 y, que yo sepa, sigue siendo un caso aislado. En realidad, aquí ni han tocado a Mahler todavía: el atraso cultural (y por ende perceptivo) es secular. No obstante, así como John Cage escogió exiliarse en un recóndito bosque para poder entregarse a la creación sin interferencias culturales, las que vivimos ahora podrían ser condiciones idóneas para la construcción de un modelo propio que evite lo específicamente euro-centrista y lo clasista en su propuesta, buscando ser ante todo un fenómeno orgánico y útil para todos: un sistema que apareciese desde cero y se fuese desarrollando con contribuciones válidas tanto para la cultura regional como para la universal. Esta podría ser la fuente de la que algún día beban los europeos, cuando hayan comprendido que la sala de conciertos no puede convertirse en un lugar para el onanismo críptico y elitista cuando hay gente desangrándose del alma a borbotones y reggaetoneros dominando manu militari los tímpanos del mundo – ello sería un acto de irresponsabilidad repudiable, como generalmente lo han venido siendo la composición europea y norteamericana desde la posguerra, con notables excepciones – los Vivier, Schnittke, Pärt y Haas de este mundo, entre otros pocos, casi todos ellos rescatados por Ligeti de alguna u otra manera.

Mientras el público allá se ha ido perdiendo, acá nunca ha llegado a existir; el arte compositivo que se enraíce en nuestra región debe tener la misión enfática de crear ese público. No obstante, existe en este momento una proliferación de postmodernismos áridos en la praxis compositiva de Colombia que están calcados sobre los dictados de la música académica europea y norteamericana de la segunda mitad del siglo XX. El lenguaje, el discurso, la estética, la gramática musical, la forma, los timbres – todos son reciclados y estériles, fuera de contexto. Cualquier referencia al folclor nacional en la academia se ve confrontada a lo mejor con el ridículo, a lo peor con la indiferencia, aunque invariablemente con algún grado de sospecha y desaprobación. Es como si adoptar elementos folclóricos fuese un tabú de talla que nos impidiese cada vez más la exploración de nuestras raíces y, consecuentemente, el éxito de nuestra construcción identitaria sinfónica. Tomar como modelo a escuelas que se desmoronan al otro lado del océano y que se fosilizan en academismos utópicos sin conexión con un público hambriento de significado y de lo sublime – aquello es una actitud suicida por parte de cualquier entidad cultural. Es como si, habiendo un pueblo evitado milagrosamente una epidemia de orden mundial, anhelara a despecho resultar contagiado: un claro síndrome de la poscolonia.

La música académica nueva que se componga en la costa debería de plantearse como un proceso paralelo al de sus procesos sinfónicos, y sería ideal que ambas evoluciones estuviesen orgánicamente relacionadas en pro del arte social y no se empantanasen con las tan dañinas politiquerías que nos pueden llegar a caracterizar. Para emprender esa visión, se requiere un repertorio adaptado a la técnica de los músicos locales, que vaya tomando forma y peso a la par que se ensanchan los horizontes culturales de quienes que lo interpreten. También hace falta que los procesos pedagógicos de la región, pequeños y grandes sin distinción, manifiesten en sus currículos su interés y su compromiso por fomentar la composición de música nueva, hecha a medida para las necesidades y limitaciones del presente y evolucionando con sus vicisitudes, de una música apta para la pedagogía regional tanto del músico como del público costeño, para la creación de un entorno sonoro significativo, diseñado con una visión transversal de la sociedad y de sus posibilidades. De igual modo, se requiere en nuestra región la fundación de un archivo musical general e incluyente, que se ocupe de documentar progresivamente el desarrollo cultural de todos estos emprendimientos y de asegurar su accesibilidad, su sostenibilidad y su impacto en su sociedad y en su tiempo, notablemente a través de la edición musical crítica y de actividades varias como talleres, monografías, conferencias y concursos de composición. 

Como modelo para esta escuela de composición, llevo trabajando más de 7 años en la elaboración de un repertorio variado, que cuaja principalmente en una recomposición (no se trata solamente de una reorquestación) para orquesta de cuerdas del tema de gaita titulado Curura, compuesto por el maestro José Lora y tradicional de la sabana de Bolívar. A partir de ese modelo técnico y estético, he compuesto una serie de obras para varios formatos, tanto sinfónicos como de cámara, así como he incursionado recientemente en la música sacra. En 2014, compuse la ópera El Capitalista, de un solo acto y con texto propio, la cual combinaba un formato clásico de cámara grande con gaitas y percusiones costeñas. El lenguaje combinaba lo contemporáneo – lo que aprendí afuera, con lo autóctono – lo que supe antes de aprender. Me deshice de la retórica postmoderna (o de esa modernidad líquida que definía el recientemente desaparecido Zygmunt Bauman), del virtuosismo sin propósito, de tecnicismos que ni se escuchan, y descubrí que todavía se puede escribir música honesta.

Entre mis proyectos está el de escribir un concierto para gaita hembra y orquesta sinfónica, un concertino para flauta de millo y orquesta de cámara, de usar la tambora o la guacharaca como se usan los instrumentos orquestales, de mezclarlos con ellos en nuevas combinaciones, de explorar los ritmos y los giros melódicos tan particulares de nuestras raíces mestizadas, de forjar una suerte de realismo mágico musical, que pueda servir para curar las heridas sociales que nos acechan y nos impiden progresar como sociedad, que dé esperanza y ejemplo, que inspire a los más pequeños a ser músicos algún día y a los más grandes a practicar su arte con fervor. Se ha comprobado que la música como herramienta social es profundamente benéfica y enriquece la forma de pensar de quien la ejerce, que tiene efectos neurológicos insospechados, por lo que es necesario empezar a plantear desde ya –colectivamente, en el respeto y la inclusión – el uso de la música en nuestra sociedad.

El compositor cartagenero Luis Jerez Zurita (*1986), egresado de UNIBAC y aspirante a la maestría en la EAFIT de Medellín, ha tenido un claro sentido de pertenencia en su producción musical y se ha arriesgado a usar esta declinación estilística en contextos donde no siempre es bien aceptada. Quien escribe, Francisco Lequerica (*1978), cartagenero, quedó mencionado oficialmente como ganador suplente en el Premio Nacional de Música 2015, sin recibir premio, estreno u explicación alguna, con Kuien Uákai, una obra sinfónica para gran formato que incorporaba elementos autóctonos y una temática indígena, mientras que la obra que ganó el primer premio, del bumangués James Díaz, egresado del Conservatorio Nacional y con su profesor entre el jurado, exhibía un catálogo de técnicas contemporáneas sin digerir y una temática cósmica, claramente inspirada del postmodernismo europeo. Hay algo en la idiosincrasia actual del gremio en el interior de Colombia que reviste el carácter del émulo, del que pretende crear sin tomar riesgos, del que carece de originalidad, de individualidad, de pertenencia y de fuerza en sus propósitos porque esencialmente están calcados sobre lo ajeno, sobre lo ya inútil, sobre lo doblemente inútil donde ni hay público para percibirlo. Por eso, esas músicas suenan tan huecas y no forjan naciones (añado aquí que el Quebec sigue siendo provincia); por eso, al maestro Mejía lo han tenido que descubrir dos veces.

En diciembre de 2016, la Orquesta Sinfónica de Bolívar dio un concierto con los Gaiteros de San Jacinto en Bellas Artes de Cartagena; aunque la experiencia quedó un poco corta de repertorio, la iniciativa es del todo loable, porque con ella se demuestra que en la costa la academia, aunque tiene defectos endémicos, no los importa desde afuera, no sufre de postmodernismos decadentes ni le huye sistemáticamente a sus raíces. Ese concierto, con arreglos de Luis Jerez, señala el camino a seguir para la estética musical de los compositores costeños, para que paulatinamente se vaya moldeando un lenguaje común desde el cual cada compositor pueda formular su personalidad individual y aportar así a la colectividad. Si el excéntrico Glinka y luego el Grupo de Balákirev (Могучая кучка) pudieron construir el imponente patrimonio cultural que equivale la música rusa (considerando el estado musical de Rusia en el siglo XIX), no hay razón alguna por la cual en el Caribe colombiano, en pleno siglo XXI y con el derroche de talento y el movimiento económico que hay aquí, no se pueda elaborar una escuela de composición de dimensiones y de consecuencias históricas. Preservar y desarrollar, valorar lo nuestro, escucharse, documentar, inspirar, sanar, buscar lo sublime y lo eterno: estos han de ser los mandatos de los compositores del Caribe colombiano.

¡Larga vida a la Schola Caribica!