BLOG PERPETRADO POR

FRANCISCO LEQUERICA

16.5.17

Tuertos reyes (ejercicio de soberbia)
















Como indudablemente paso “inadvertido para esos Profesores del cocido” por no “vivir como las cosas en los escaparates”, cuando no sobrevivo “de puro sinvergüenza” en esta “nueva Arcadia del Caribe” en que “se come arroz, carne y arroz”, “puesto que voy sin rumbo” y “nada pierdo y gano poco con ser cuerdo”, intuyo que debo “dar un susto a estos mamíferos de a medio real de décima” y que “si damos escándalo, ¡qué importa!”. Ya lo dijo el Tuerto López.

Se dice que en el país de los ciegos, el tuerto es Rey. Y ya que no fue el oftalmólogo quien me descalificó para el ejercicio de la codiciada aviación, sueño infantil, prometo no hablar de dioptrías. A diario me señalan mis perpetraciones como si fuera yo algún funcionario público que debiera responder por ellas, o me dan cátedra sobre la “forma” y la “diplomacia”, o me recriminan mi consabido carácter con la saña del editor de un pasquín provinciano ante un titular comprometedor. Aquí se debe descollar con discreción, a menos que no se le tema a la guillotina, porque el que no acate a Coelho perderá el cuello.

Un pueblo manso y apoltronado hablando de inteligencia emocional: ¿tiene sentido alguno? ¿O acaso lo tiene cuando habla de religión, de política, de amor, de la inestabilidad del Cerro de la Popa, de Transcaribe, o de cualquier otro tema? ¿Y qué tanto tendrán por elucubrar tan rústicos eruditos? ¿Que se vive más tranquilo sin criticar, en una eterna y resignada abnegación, que exaltarse es inmaduro, aunque fuere contra injusticias, que la violencia y el insulto son inaceptables en cualquier contexto, y demás memeces que suenan a gabinete psiquiátrico, a caño abierto, a elección comprada y a multimillonaria industria farmacéutica? Clemencia, que yo sí he leído.

¿Y qué tienen, qué aportan y qué apartan; pretenden ser ejemplos porque no les falta de nada en la despensa, como es el caso con uno? Confieso que soy fanático de dar lecciones atronadoras, cataclismos a quemarropa, máximas a la mandíbula y demás legados de la revoluta edad del duelo a primera sangre. Ya bastante he tolerado las “formas” ajenas, que se reproducen libremente, votan libremente, compran libremente y deambulan con impunidad por el espacio público, para la inefable desdicha de quien alguna vez entendió la libertad y su concepto, sabiéndose rodeado de egos esposados. Imprudentes son al arrinconar al que denominan salvaje – las mordeduras se pueden infectar.

¡Ah, Max Stirner, cuánto debieron banalizar tu ilustre regocijo quienes otearon tus volúmenes! Así como a Luis Carlos López lo tildaron – durante décadas – de simple tuerto, de poeta menor, de costumbrista o de regionalista, sin adivinar la profundidad universal de su obra, así intuyo que se equivocarán con más de uno y – ¿por qué no? – conmigo también. La soberbia, que está tan mal vista desde que la empleó Cristo, resulta un rasgo imperdonable a ojos de mediocres, anónimos y cómodos: les recuerda que ellos no han logrado nada en especial, sino encajar perezosamente en un esquema prefabricado. Me imagino a media Viena recomendándole a Beethoven la lectura de este o de aquel libro de superación personal, porque su ego los incomodaba – afortunadamente, nunca ocurrió. Mal parado veríamos al genial compositor haciéndole caso a cualquier consejito de marras, ofrecido entre el pánico y los celos por algún mal parido – quizás hoy ni lo conoceríamos porque habría cesado de ejercer.

Existe siempre por parte de la sociedad esa facciosa tendencia a querer ponerle riendas al artista: que conserve su talento y descarte su talante. Se le querría domar, encuadernar, beneficiar de sus frutos sin padecer las vicisitudes de la cosecha; este mercantilismo,  envilecido por las deficiencias estéticas típicas de todo lo encaminado hacia el denominador común, sólo ha conseguido materializar a hordas de usurpadores que se dedican a eclipsar, con sus esperpentos masificados, cualquier noción personal del Arte. El nuevo mandato, el de entretener a las masas, se relaciona más con el circo romano y su sistema de poleas sociales y de deus ex machinas, que con cualquier dictamen estético. Por eso les parece válido el consejo bobo, el reclamo, el regaño, los ojos entornados, los hombros alzados y hasta la amenaza cuando perciben mi palabra.

Ni quepo en la academia ni quepo en el empirismo. Mi fuerza ha sido el constante vaivén de mis herramientas por todo el paisaje sonoro sin que nadie lo perciba significativamente. Debo aguantar a diario el oprobio de mis supuestos colegas, muchos de los cuales estimo insuficientemente capacitados, así como de saltimbanquis de toda índole que piensan que la lluvia de aprobación en el féisbu significa alguna forma de potestad o de capacitación por encima de la propia técnica musical. Sin embargo, ninguno es capaz de tumbarme profesionalmente (por eso han tenido que pisotear y robar mi trabajo), lo cual en sí representa una prueba inamovible. Mi labor es y ha sido silenciosa, y silenciada – aquí hay censuras McCarthyistas que ni éste blog puede mencionar.

Por eso decido, como Napoleón kamikaze, coronarme yo mismo el Rey Momo, el Rey Tuerto de esta mondá, el idiota de turno con el cetro, el del cuello pendiente de que lo seccionen con inminencia en guillotina para degustarlo en escabeche. Sin cuello ni Coelho. Y afirmo: mucho de lo que está pasando aquí está mal hecho, mal pensado, mal querido, mal ferido. Aquí casi nadie hace las cosas bien: ellos saben quiénes son, no los tengo que taxonomizar como en un burdo panfleto paraco. Lisa y llanamente: “no necesito tu aprobación”, que es lo que está de moda y que tantos acá dicen tras proponer su barrabasada. Pobre Bach.

Gusto de negros y no soy un blanco perfecto, pero no tengo porque estar en la mira. Seré escueto: yo volví aquí a robarme la música, y si me siguen jodiendo me voy con ella y no les dejo más que reggaetón. Aquí he tenido que tolerar mucha discapacitación voluntaria, ignorancia arrogante y actitud soberbia por parte de quien no proporciona ningún avance real al arte de la música ni nutre almas sino que sólo hace menear el trasero. Aquí cualquiera que haya rebuznado después de las 11 pm y lo haya difundido en vivo en redes, tiene a veinte mil amas de llaves siguiéndolo en Instagram, a veinte mil leas burdas de brazo en jarra, con voz y andar de chancleta, inundándole el muro con sandeces mal ortografiadas – y se cree artista por criterio y designio popular.

Aquí cualquier causita se pretende bardo porque rima infinitivos más de dos veces seguidas sin saber de hemistiquios ni sinalefas, y se arman batallas campales por estas necedades. Aquí cualquier estudiante se gradúa summa cum laude de moña y se parquea ahí en el árido panorama turístico e institucionalizado, echa raíces como quien se compra una moto y se queda toda la vida de mototaxista. Aquí cualquier DJ se pretende compositor porque maneja botones y laptops: ¿me pregunto si alguna vez habrán editado para orquesta sinfónica en Finale®? Zapatero, a tus zapatos – sin querer demoler lo electrónico, porque no se trata de eso, sino de poner las cosas en su lugar. Aquí hay que restaurar las jerarquías, o habrán de rodar cabezas – aunque sea la del rey de la reyerta.